Aznar tal cual

Aznar, durante su comparecencia este martes en el Congreso. / Efe

El expresidente se despachó como solía, duro, altanero y desafiante

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

Como si no hubieran transcurrido 14 años desde su última aparición en el Congreso, José María Aznar fue el de siempre. Duro, altanero y desafiante. Chulo, para los interrogadores. Debía explicar qué sabía de la financiación irregular del PP, y no dijo nada, pero abroncó a todos. Hasta con el comedido Mikel Legarda, del PNV, se las tuvo medio tiesas.

A efectos prácticos de la comisión, las respuestas del expresidente se las llevó el viento porque aunque fue el líder del PP durante 14 años, alegó ignorar cómo se cocían las cuestiones financieras. El desconocimiento alegado llegó al punto que dijo no conocer a Francisco Correa, aunque en aquellos primeros años noventa era el perejil en todas las salsas del PP.

El motivo de la comparecencia era lo de menos. Había ido a fajarse cuerpo a cuerpo. Sobre todo con algunos. Gabriel Rufián se encontró con la horma de su zapato y sus ocurrencias se toparon con aceradas contestaciones. «Ni el más mínimo de los desprecios» le merecieron los comentarios del de Esquerra.

Pareció por un momento que Pablo Iglesias sería capaz de sacarle de sus casillas con las alusiones a la boda de su hija. Pero tampoco. Tenía ganas de medirse con el líder de Podemos, al que de entrada situó en la categoría de «peligro para las libertades y la democracia en España». Luego escuchó sus precisas preguntas y dio vagas respuestas. Despachó a su interlocutor «con un felicidades señor Iglesias, se ha quedado usted a gusto, se ha quedado esponjado». Iglesias, educado, respondió «muchas gracias».

Fueron cuatro horas y media largas a cara de perro y Aznar no flaqueó. «Me lo he pasado bien esta mañana», llegó a decir, aunque el ambiente en la sala Cánovas se podía cortar con un cuchillo. Combinó los silencios densos con frases cortas aderezadas con miradas desafiantes marca de la casa. Los suyos palmoteaban las mesas con entusiasmo ante la imposibilidad de aplaudir. Era lo que buscaban, un líder aguerrido y sin refugiarse en dobleces administrativas. Un Aznar tal cual.

 

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