Escritora
Lourdes Oñederra: «Aún existe un gran silencio sobre lo que ha supuesto ETA en amplias capas de esta sociedad»La autora de 'Azken batean' reflexiona sobre los silencios en Euskadi y el vacío moral que dejan entre las nuevas generaciones
La donostiarra Lourdes Oñederra (1958) ha publicado 'Azken batean', una mirada a la condición humana en un contexto marcado por la violencia y sus secuelas ... profundas en las relaciones personales y familiares. La autora bucea en los silencios vividos en Euskadi y se pregunta por qué «aún existe un gran silencio en amplias capas de la sociedad vasca sobre lo que ha supuesto ETA». Comprometida con las víctimas, primero desde su militancia activa en Gesto por la Paz, Oñederra se adentra desde la literatura en el laberinto de la inhibición moral.
–¿Ha sido esta novela 'Azken batean' una válvula de escape para contar lo que le sale de dentro?
–Sinceramente no sé si entiendo así la literatura, lo que sí me ocurre es que no cualquier cosa me vale para escribir una novela. Puede haber temas que me parezcan interesantísimos y sobre los que tal vez me apetecería escribir, pero que no me valen para inventar una trama, montar una novela y pasar tiempo escribiéndola. Me parece que no escribo tanto sobre temas como sobre personajes, que son personas en última instancia, imaginarias pero personas. Es seguramente lo que más me fascina, el ser humano, por lo complejo de nuestras relaciones con los demás y con una misma, porque siempre hay algo más de lo aparente. Me gusta mirar y escarbar un poco. Me parece que hay bastante de eso en esta novela, en esta novela también, como en las anteriores.
–¿Qué es lo que ha querido explicarse a sí misma y explicar a la ciudadanía vasca a través de su nuevo libro?
–Lo de la ciudadanía vasca me queda un poco grande. Ya me parece un lujo conectar con quien me lea y sienta cierta complicidad, comprensión. Mejor aún si, al menos a ratos, le gusta. No busco explicaciones, no creo que las pueda encontrar. Sí quiero seguramente mirar, detenerme en algunas cosas, observar cómo funcionan los recuerdos y los olvidos, las palabras, lo que se dice y no se dice. Esta vez parte de lo que no se dice, de los silencios voluntarios o impotentes, tiene que ver con el gran silencio que ha existido y aún existe en grandes capas de nuestra sociedad sobre lo que ha supuesto ETA.
–¿Cómo lo afrontamos? ¿Qué podemos hacer?
–Es un tema que me importa mucho y con el que realmente no sé qué se puede hacer. Si alguien lee la novela, ahora o dentro de unos años, y eso le hace ponerse a pensar en lo que ocurría entre nosotros, genial.
«Hemos caído en la comodidad de callar para no meternos en líos y seguir tomando potes, como en el franquismo»
–Los silencios han sido durante años letales en muchas familias vascas y han servido quizá para alimentar ciertos mitos. ¿Qué reflexión le surge?
–No sé si esos silencios han servido para alimentarlos. Sí para perpetuarlos, desde luego. Aún hay mucha, muchísima gente que establece una continuidad sin fisuras entre la Guerra Civil y la violencia de ETA, y que cree que la Guerra Civil de 1936 fue una contienda entre vascos y españoles. De paso, y sin ninguna discusión, va incluido en el paquete que los vascos no somos españoles. Esa mentalidad densa y opaca, sin distinción entre ideas y sentimientos, que impregna mucha de la creación artística, que claramente se ha instalado por ejemplo en las pastorales suletinas de cada verano, funciona como una barrera contra el conocimiento de la historia.
–La fuerza del mito es aún muy poderosa...
–Si los mitos valen para hacer bellas películas, bienvenidos sean, pero que no suplanten los datos históricos. Que cada cual tenga su propia ideología está perfectamente bien, pero hay que partir de la verdad.
–¿Valdría esa reflexión también para la recuperación del euskera?
– En el terreno de la recuperación del euskera, por ejemplo, durante muchos años ha habido cierta confusión, intencionada, supongo por parte de quien quería controlar el proceso y aglutinar fuerzas y cómodamente inconsciente por parte de quien no se planteaba cuestiones morales que pudieran dividir la defensa de la lengua, erigida como bien supremo aparentemente imparcial. Por eso me parece tan de agradecer el manifiesto 'El silencio no es cobijo-Isiltasuna ez da aterpe' del año 2000, injustamente olvidado tanto por defensores como por detractores de la lengua. Quiero recordar lo que decía: La violencia está sacudiendo los cimientos de Euskal Herria. Los firmantes de ese presente documento, en tanto que desarrollamos nuestra actividad fundamentalmente en Euskal Herria, y conscientes de la estrecha relación que une entre sí el desarrollo de la cultura y la sociedad vascas, manifestamos lo siguiente: toda la capacidad de decisión sobre su presente y su futuro residen, exclusivamente, en la sociedad civil. No podemos aceptar, por tanto, que ETA trate, a través de la violencia, de suplantar la dinámica democrática de la sociedad vasca, pues en eso consiste, a fin de cuentas, el único fundamento de la actividad de dicha organización. Es decir, no aceptamos las prácticas amedrentadoras de ETA, que suponen descomunal insulto a la mayoría de edad de nuestra sociedad. Decíamos en aquella declaración que queríamos una Euskal Herria formada por personas libres.
«Algo hemos hecho mal, probablemente todos, ¿qué historia se ha enseñado? ¿qué historia se ha contado?»
–¿Hemos pasado la página de la violencia antes de leerla? ¿Estamos construyendo una sociedad vasca decente desde la moral con ese peligro de vacío en la memoria?
–No la queríamos leer cuando vivíamos con la violencia. Tendríamos que pensar sinceramente en por qué hemos callado. Supongo que hay razones diversas que dependerán de las personas, de su carácter y también de sus circunstancias.
–No era lo mismo vivir en Donostia que en un municipio más pequeño...
–Vivir en algunos de nuestros pueblos ha tenido que ser muy asfixiante. Cada cual tendría que hacerse la pregunta. Creo que también hemos caído en la comodidad de callar para no meternos en líos, como hicieron muchos en el franquismo. Es triste, pero creo que con ETA y sus partidarios hemos hecho lo mismo: no meternos en líos y seguir tomando potes.
–Pero no todos callaron...
—También es cierto que no mirar a otro lado, mientras ETA estaba activa, exigía la talla heroica por la que muchos pagaron con su vida, pero asimismo es verdad que había quien, al no significarse, sufría. A uno de mis personajes le pasa eso. La presión tácita, indirecta a veces, del entorno cercano es un factor muy potente: la de la cuadrilla, la cuñada, los vecinos, los compañeros de trabajo...
–Una presión social y, a la vez, un escaqueo...
–Eso es, en una sociedad cómoda y opulenta como la nuestra que desde 1939 no estaba en guerra ha sido muy fácil escaquearse para mucha gente, aunque creo que eso, que eso mirar a otro lado, tiene un peso en nuestra salud individual y social. Creo que reconocerlo es, desde luego, muy sanador.
«La violencia ha terminado hace tiempo, pero una gran parte de la sociedad sigue inmersa en esas densas brumas»
–Pero ETA ya no existe y esa atmósfera tóxica, ¿ha desaparecido realmente?
– Ojalá, ahora que ETA se ha ido, tuviéramos la osadía de admitir ese peso que tuvo mirar a otro lado. Ya no es tan heroico, pero tampoco parece fácil. Ha terminado la violencia, pero una gran parte de la sociedad sigue sumida en aquellas densas brumas que les hicieron imaginar que la violencia era necesaria. Paradójicamente la desaparición de la violencia la ha reforzado de alguna manera al legitimar a quienes la justificaron. Ante ellos sigue siendo más cómodo para los demás callar, disimular.
–Usted dijo que su entrada en Gesto por la Paz le sirvió para dejar de pensar y empezar a sentir. ¿Piensa que en la sociedad vasca existió esa mutación?
–Pensar, seguí pensando. Yo nunca he estado de acuerdo con ETA, pero es cierto, que, a raíz de tener relación con Gesto por la Paz, se me abrió la perspectiva de la víctima: pasó de ser una idea abstracta a ser parte de mi día a día, a tocarme la conciencia como nunca antes. Por eso, tal vez, el tema ETA pasó a estar en ese lugar interior al que acudimos para fabricar una ficción. Decía el otro día Javier Pérez Andújar que escribimos con lo que somos, que hay que distinguir lo que te gusta de lo que eres y que es imposible escribir sin lo que eres. Las víctimas de ETA han debido de pasar a ser parte de lo que soy. Ojalá en la sociedad vasca fueran más quienes hicieran ese tránsito. Sería un gran progreso social y un gran alivio doloroso individual.
–A esas generaciones jóvenes que en España no conocen la dictadura de Franco y que en Euskadi no conocen el terrorismo de ETA ¿qué les podemos decir?
–Creo realmente que algo hemos hecho mal, no sé si en las familias, en la educación… probablemente todos: padres, madres, enseñantes. ¿Qué historia se ha enseñado? ¿Qué se ha contado? Y, ahora, ¿qué contamos? No nos podemos quedar tranquilos con responsabilizar el fuerte empuje de las redes sociales. Hay chavalería que escucha. Creo que hay que repensar y priorizar sin ambages la educación; en ese sentido llevamos generaciones de retraso.
–¿Qué piensa de un fenómeno como GKS, que ha emergido con una fuerza potente en la Universidad. ¿Le sorprende?
–Sinceramente no me lo hubiera esperado. Vuelve a ser la fascinación del grupo fuerte amedrentador y que prefiere pegar a convencer. Seré una ingenua, pero siempre me he sentido más cerca de quien piensa y dialoga que de quien principalmente se propone dominar, vencer al enemigo (ya en las asambleas de la facultad me asqueaban las votaciones a mano alzada). Hace falta creer dogmáticamente en las propias ideas –¿ideas?– para estar dispuesta o dispuesto a atacar violentamente por ellas. Se entiende que esa fortaleza grupal sea atractiva para una parte de nuestra juventud, que no lo tiene fácil, la verdad. Reconozco que me produce miedo, pesimismo, desazón: una vez más alguien quiere dominar para imponer sus ideas. ¿Cuándo empezaremos a inventar las formas de articular la pluralidad real? Es tan difícil y tan incómodo… Se suele decir que la pluralidad es enriquecedora pero, en el fondo, todas, todos queremos que se nos dé la razón. Hay que superar eso.
–Entre los menores de 40 años, las ideas de la ultraderecha avanzan posiciones en el conjunto de la Unión Europa, ¿a dónde nos dirigimos?
–A algún sitio oscuro. Como fan de Tolkien, le diría que a Mordor, pero, fuera de bromas, da bastante miedo y no veo a la clase política pisar el acelerador en este terreno, en trabajar sobre los valores y hacer didáctica.
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