La heredera de Rajoy cultiva su perfil moderado

La heredera de Rajoy cultiva su perfil moderado

Pone de garantía su experiencia en el Ejecutivo y resalta sucondición de mujer para derrotar a Sánchez y llegar a la Moncloa

AINHOA MUÑOZ

A Soraya Sáenz de Santamaría le avalan sus años de experiencia en el Gobierno. Aunque precisamente la paradoja radica en el hecho de haber sido la número dos de Mariano Rajoy. Y es que el mismo bagaje que le da ese poso de veteranía incuestionable, le pesa también como un losa por ser un reflejo, a ojos de quienes le critican, del continuismo del expresidente del Ejecutivo central que muchos dirigentes en el PP quieren desterrar.

La candidatura de esta vallisoletana de 47 años proyecta luces y sombras de igual manera. Es la aspirante que el pasado 5 de julio logró un respaldo mayoritario de las bases -aunque por la mínima, ya que apenas le sacó 1.600 votos de ventaja a Pablo Casado- para ser la nueva presidenta del PP. Y es por ello que no deja de reivindicar como un mantra que está en el ADN del PP que mande la lista más votada. Pero ante el temor a que los compromisarios no respeten la voluntad de la militancia, Sáenz de Santamaría no ceja en su empeño de ofrecer una integración de candidaturas a Casado bajo la advertencia de provocar la ruptura del partido si no van juntos al congreso. No obstante, este hecho, el de ser la próxima líder del partido, es tan solo para ella un trampolín para llegar hasta la Moncloa.

Su campaña interna, un periplo bastante plano y poco visible -su candidatura no ha destacado precisamente por haberse hecho notar- ha resaltado, eso sí, por ser un altavoz contra Pedro Sánchez y su nuevo Gobierno, y no contra sus principales adversarios en la carrera por hacerse con la presidencia del partido. «Para dolor de cabeza el que le vamos a dar a Pedro Sánchez, no va a haber Paracetamol en el mundo», ironizó a las puertas de un aeropuerto a caballo entre Almería, Granada, Algeciras, Marbella y Barcelona. Su objetivo: ser la primera mujer que presida el Gobierno español. Y no duda en explotar esa baza para ganarse la simpatía de los indecisos. ¿Se ve como jefa del Ejecutivo? Su respuesta es contundente: «Por supuesto».

A Soraya Sáenz de Santamaría, una abogada del Estado que saltó al ruedo de la política subiendo peldaños poco a poco -Rajoy la situó en 2004 en un lejano puesto número 18 de las listas de Madrid en aquellas elecciones- destaca por su solvencia profesional y dialéctica y por ser también, por qué no, un tanto cuadriculada. No obstante, le avala la buena sintonía que mantiene con todos los grupos representados en la Cámara baja. Y aunque es reseñable también de ella su capacidad dialogante, Sáenz de Santamaría está más que condicionada por su papel en toda la crisis del procés catalán del que ella era la máxima responsable.

Su frustrada 'operación diálogo' con las instituciones de Cataluña y la «tardía» -según sus detractores- aplicación del artículo 155 de la Constitución para frenar la ola secesionista catalana aún le persiguen. Y es que sigue siendo muy criticada por su inacción, que desembocó en las cargas policiales del 1-O, con unas imágenes que acapararon las portadas de medio mundo. Y su rival en las primarias del PP no duda en utilizar toda su artillería dialéctica contra ella por estos hechos.

Sin mojarse con la corrupción

Cuenta, en cualquier caso, con el respaldo del mayor número de pesos pesados del PP. Desde ministros hasta cargos internos relevantes, pasando por presidentes territoriales -entre ellos el vasco Alfonso Alonso- se han mostrado a favor de su candidatura, convencidos de que su perfil centrista es lo que necesita el PP para recuperar el Gobierno y frenar el ascenso de C's. Y es que Sáenz de Santamaría no se caracteriza precisamente por mirar solo a la derecha. Esa podría ser precisamente la herencia de Rajoy, el de la bandera del centro del PP. Ese mismo partido que ella reivindica como suyo, a pesar de que le han tildado de ser únicamente una dirigente gubernamental más sin haberse implicado en la estructura de la formación. «Soy Soraya, la del PP», respondió para reivindicarse.

Tampoco le perdonan haberse puesto de perfil y no haber dado un paso al frente para despejar dudas sobre la corrupción que golpea cada dos por tres a su partido. Refugiada en su labor como vicepresidenta, ha pasado siempre ese balón a manos ajenas para que otros dieran explicaciones.

Su última jugada, también como agradecimiento a la fidelidad del PP vasco, fue plantarse en Ermua en el homenaje por el asesinato hace 21 años de Miguel Ángel Blanco ante la cercanía que ha demostrado Pablo Casado con las víctimas del terrorismo. Nadie recuerda haberla visto antes en Ermua.

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