Dando tumbos

La 'crisis de los títulos' demuestra que no hay brújula que oriente hoy la ejecutoria política

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

En un país con sucesivos gobiernos señalados -y castigados- por el terrorismo de Estado y el uso a conveniencia personal de los fondos reservados, por camuflar y tergiversar la autoría de un atentado yihadista con casi 200 asesinados y por arrostrar una catarata de causas derivadas de la corrupción política, el futuro de la legislatura que abrió Mariano Rajoy y que aspira a culminar Pedro Sánchez ha pendido en los últimos días -a saber mañana- de un puñado de másteres y una tesis doctoral. La versión más edulcorada de nosotros mismos se jactará de que nos hemos vuelto exigentes y sofisticados; que bien venido sea un nuevo escenario en el que a los dirigentes institucionales y partidarios no se les mide ya solo bajo la sospecha o la certeza de las peores tropelías, sino a la luz de los méritos verificables que lucen en sus currículums. Pero esta, decíamos, es la interpretación bienintencionada de lo que está ocurriendo. Es el maquillaje -son solo dos ejemplos, hay más- que permite a los socialistas tratar de 'vender' la dimisión obligada de la ministra Montón como un gesto postrero de «ejemplaridad» y a Pablo Casado enrocarse porque su caso está ya judicializándose ante el Supremo. La cúspide de la Magistratura española teniendo que investigar un máster universitario. Ver para creer y hacerse cruces.

Lo cierto es que la política, y no únicamente la que se ejerce en Madrid, lleva tiempo operando como si se asemejara a un pollo sin cabeza; dando tumbos bajo la ilusión de sus protagonistas de que, en realidad, tienen una estrategia tasada, de que son capaces de adaptarla a un terreno de juego movedizo y cambiante casi a cada paso y de que acabarán materializándola al fin, por encima de déficits propios y escollos ajenos. Lo primero que cabe preguntarse es hasta dónde esa inestabilidad es fruto de las circunstancias y del contexto histórico -los duraderos efectos de la crisis económica, las desigualdades emanadas de ella, la herrumbre del edificio institucional, el fin del monopolio bipartidismo-nacionalismo en el Congreso...- y hasta dónde responde a la incontinencia de los actores políticos. A las prisas, al pedaleo constante como si pararse implicara una caída estrepitosa e irreversible, a las inercias propias de quienes se ven en condiciones de alcanzar el poder por la fragmentació electoral y porque todo parece haberse vuelto posible. En apenas un trimestre -y de nuevo podrian citarse más ejemplos-, Sánchez se ha hecho con la Moncloa gracias a una inverosímil moción de censura, el PP con traje 'casadista' ha borrado al 'marianismo' que se presumía poco menos que imbatible y Cataluña está gobernada por un president en el Palau de la Generalitat y por otro refugiado en un autoexilio en la simbólica Waterloo. Todo se ha vuelto tan posible como para que aquí, en la Euskadi acunada por el bienestar y la paz, el PNV haya pactado el nuevo estatus con EH Bildu después de haber lanzado un salvavidas a Rajoy para quitárselo días después y de haberse erigido, a renglón seguido, en el socio más fiable de Sánchez. Nunca los escaños jeltzales habían remado a favor de un Gobierno tan débil. Otro signo de los tiempos.

Es tal el movimiento para aguantar la legislatura o para tumbarla, y es tal la esclerosis de problemas como la gobernabilidad presente y futura de Cataluña, que no hay brújula que oriente la ejecutoria política, por más que sus protagonistas se esfuercen en transmitir que están firmemente aferrados al timón de sus respectivas responsabilidades. Es lo que lleva al presidente Sánchez a asegurar que su proyecto de país se proyecta hasta 2030 cuando ha tenido que hacer caer a dos ministros en apenas cien días en la Moncloa. Es lo que lleva a Casado a confiar en que su imprevisto liderazgo devolverá los laureles al PP, soslayando la pegajosa sombra que el máster cierne sobre él y sobre el conjunto del partido. Es lo que lleva a Rivera a seguir soñando con que derrocará el régimen del bipartidismo tras toparse con los límites de las urnas y con sus propios errores de cálculo en el Congreso. Es lo que lleva a Iglesias a bascular entre el auxilio por la izquierda al Gobierno y el instinto de escorpión sin domesticar que aún se vislumbra en Podemos. Es lo que lleva al independentismo catalán a pactar primero y retirar después una moción por el diálogo con el Ejecutivo del PSOE, con un boicot a una -vaya paradoja- entre el radicalismo de Puigdemont y sus afines y el posibilismo a falta de prueba de ERC. Y es lo que lleva al péndulo del PNV a compatibilizar públicamente los llamamientos a la conciliación del lehendakari con la apuesta del partido por la sintonía soberanista con la izquierda abertzale, mientras la oposición solo parece reconocerse a sí misma gravitando en torno a los pactos con la sigla de Ortuzar y Urkullu.

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