Curvas peligrosas

Un disenso entre el PNV y el PSE sobre el estatus de autogobierno debilitará a la actual coalición

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Jesús Eguiguren, expresidente de los socialistas vascos, sorprendió el pasado miércoles a sus compañeros del Comité Provincial de Gipuzkoa cuando advirtió de la necesidad de que el PSE marque más perfil en un futuro y se distancie del PNV si sigue en la senda soberanista más radical. Eguiguren sostenía que es el PNV el que tiene que aclarar qué compañeros de viaje desea, porque, a su juicio, las bases del proyecto de actualización de autogobierno pactado entre los jeltzales y EH Bildu contiene elementos más peligrosos para la convivencia que el propio plan Ibarretxe. Eguiguren piensa que, en este contexto, el PSE debe marcar su espacio, entre otras cosas porque su posición es más fuerte que la que tenía hace dos años, con la presencia de Pedro Sánchez en el Gobierno. Marcar perfil sin descartar que, si el PNV continúa en una apuesta de radicalidad y cooperación con EH Bildu, el desenlace pudiera ser incluso el final de la actual coalición.

La reflexión de Eguiguren expresa una opinión personal como militante de base sobre el papel del socialismo en la política vasca. Pero sus ideas, sean o no versos libres, suelen dejar con el paso del tiempo su huella entre sus correligionarios.

Cuando hace dos años el lehendakari Urkullu apostó decididamente por un Gobierno de coalición con el PSE lo hizo a pesar del escepticismo de su partido y de los recelos de los jeltzales guipuzcoanos. Pero Urkullu se empeñó en defender esta fórmula porque ya estaba pensando en la conveniencia de implicar al PSE en un proceso de reforma estatutaria que ampliara las bases del actual autogobierno. Sin embargo, las bases pactadas entre el PNV y EH Bildu no concuerdan con esa filosofía del lehendakari, sino todo lo contrario. Alguna pieza no encaja del todo en el puzle.

No obstante, a pesar de que la relación entre el PNV y el PSE-EE ha vuelto a su cauce -atrás quedaron los amargos reproches jeltzales a la etapa de Patxi López como lehendakari- algunos nubarrones asoman a la vista. El primero tiene que ver con el sentido que tiene la coalición, en la que el pez grande siempre se come al pequeño a la hora de rentabilizar la gestión. Además, el moderantismo de Urkullu ha entrado en los caladeros sociológicos del PSE y del PP y eso plantea al socialismo vasco un problema de espacio a la hora de articularse como alternativa y no como un mero acompañante del nacionalismo.

Esto es, el pacto PNV-PSE históricamente se ha presentado como un dique de contención de la inercia abertzale más rupturista. En su momento, los experimentos de coalición sirvieron para ubicarse en la 'centralidad', bajo un prisma de concertación entre nacionalistas y no nacionalistas que alumbraron desde el Pacto de Ajuria Enea hasta la confluencia de las ikastolas en la red pública vasca. Era el acuerdo entre 'diferentes', con una pátina socialdemócrata, lo que concedía cierta épica a esta cohabitación.

Si el acuerdo PNV-PSE no sirve para moderar al nacionalismo y los jeltzales se sienten con las manos libres para acordar las nuevas bases del autogobierno, la reflexión está servida en bandeja en el socialismo vasco. ¿Tiene sentido la coalición si el PNV decide otros compañeros de viaje y antepone el derecho a decidir al consenso entre nacionalistas y no nacionalistas? Si tras el trabajo resultante de la comisión de expertos, el texto no sufre una significativa reorientación, la oposición del PSE será la crónica de un desencuentro anunciado, lo que se resentirá en la alianza, aunque el programa de gobierno entre ambos partidos deje fuera el debate ideológico sobre el derecho a decidir.

La segunda parte de la legislatura de Urkullu se antoja pues decisiva con algunas curvas peligrosas en el horizonte. Urkullu tiene claro que su apuesta sigue siendo la de mayorías transversales y amplias que eviten planteamientos de ruptura de la sociedad, lo que forzaría al PNV a tener que modular su posición en los próximos meses para buscar el respaldo del PSE y de Elkarrekin Podemos. Entre otras cosas porque salió escarmentado del debate del plan Ibarretxe. Si no fuera posible esta aproximación, uno de los escenarios más probables es que quede aparcado el asunto a la espera de tiempos mejores. La coalición PNV-PSE obtendría así un colchón de confort para completar la legislatura. Sin embargo, la presión del sector más soberanista del PNV es muy fuerte para no descafeinar el proyecto.

El ecuador de la alianza PNV-PSE coincide también con un año preelectoral que endurecerá las relaciones entre ambos socios. Hasta hace poco parecía probable que tras las municipales y forales la experiencia se repitiera. Además, los nacionalistas sostienen a Sánchez en la Moncloa. Pero los escollos en el horizonte revelan la otra cara de la moneda y dejan claro que el futuro en la política vasca, como el de la española, no está escrito de antemano.

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