Las caricias y la piel

El lehendakari ha evitado pisar los huevos que alfombran una legislatura vasca que ha cambiado de tercio, que ya es otra cosa

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ

Si el estado de ánimo y las expectativas de un Gobierno pueden calibrarse por los discursos de sus presidentes, habría que concluir, escuchando y leyendo la intervención del lehendakari en el Pleno de Política General, que el bipartito PNV-PSE no solo no atraviesa su momento más airoso, sino que es consciente de que se adentra ya en otra legislatura. Porque la resultante de la sesión de hoy, en medio de una creciente incertidumbre en Madrid pero también sobre el devenir del propio mandato de Iñigo Urkullu, es que arranca una cosa distinta. Que el 'momentum' es otro, aunque la contagiosa inestabilidad ambiental invite a no arriesgar apuestas sobre dónde va a acabar el contexto político. Las palabras de Urkullu ante el -se supone- día grande anual del parlamentarismo vasco han radiografiado una Euskadi en la que el pasado de violencia comienza a ocupar el mismo espacio discursivo que cualquier otro asunto de interés público y tan confiada en su potencial económico como para que el lehendakari haya lanzado el anzuelo presupuestario a la oposición de un incremento de la inversión propia del 7% en las Cuentas aún nonatas de 2019. Pero esas palabras también proyectan la imagen de un país atascado donde casi siempre, en el debate sin acuerdo entre lo que somos y lo que queremos -o podemos permitirnos- ser. Aunque ese laberinto al que sigue sin verse una salida mancomunada y viable casi 40 años después de la ratificación del Estatuto de Gernika empieza a resultar muy sofisticado cuando la legislatura aparece entrampada irremediablemente en la duda y la zozobra. ¿Es factible, nada menos, que aspirar a una reforma estatutaria que comportaría cambios constitucionales si se aceptara la «democracia plurinacional» acuñada hoy por Urkullu cuando existe una quiebra a cada día más palpable en este terreno entre los dos socios del Gobierno que lidera el país? ¿Es factible cuando ese mismo Gobierno no sabe si va a poder aprobar sus próximos Presupuestos? ¿Es factible combinar el pacto por un estatus netamente soberanista y buscar los votos del PP 'reaznarizado' para esos Presupuestos? ¿Es factible explorar el aval de EH Bildu a las Cuentas sin que eso escore la acción del Ejecutivo y acentúe la distancia en la renovación del autogobierno entre el PNV y el PSE? ¿Es factible, en fin, aspirar a objetivos consistentes y a largo plazo cuando la interlocución en Madrid pende de algo tan inimaginable como acusaciones de plagio intelectual y másteres presuntamente amañados?

Todos esos huevos, y algunos más, han alfombrado hoy el camino del lehendakari hacia la tribuna de un Parlamento donde al Gobierno, por las circunstancias y la proximidad de las elecciones municipales y forales, se le ha encarecido el escaño 38 que necesita para gobernar sin que en las filas de la oposición se atisbe una mayoría alternativa que no pase por seguir gravitando en torno al poder jeltzale. Más que nunca, Urkullu se ha afanado esta mañana por no pisar esos huevos, por no romperlos. Por seguir dejando en un 'sí, pero no' su posición institucional sobre el acuerdo cerrado por su partido y EH Bildu sobre el estatus mientras él capea con los socialistas las cuitas cotidianas del país. Por evitar plantear un 'plan Urkullu' que remede a Ibarretxe, cuyo espíritu permea de arriba a abajo el pacto de las fuerzas abertzales aunque nadie haga bandera explícita de la paternidad. El lehendakari ha invitado a los partidos a «acariciar» un acuerdo más amplio que ayude a sortear los escollos y la inevitable frustración que comporta encelarse en lo imposible. Pero el efecto de las caricias, ya se sabe, no solo depende de la habilidad, de la pericia propia. Es cuestión de piel. De la receptividad de esa piel, de su capacidad para estremecerse con lo que se siente compartido, de la complicidad de que lo que se percibe como propio. El cuerpo de los vascos se acomoda bajo una piel que es única y singular, pero que está llena de recovecos, de arrugas, de cicatrices, de heridas. Esa piel no es la misma que la de los escoceses, los belgas, los suizos y los bávaros. Y si no se asemeja a la de los madrileños, tampoco lo hace con la de los catalanes.

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