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Bárbara Dührkop: «A mi nieta Helga le he contado que al abuelo Enrique le mataron por pensar diferente»

En Bera Bera. Bárbara Dührkop, en el salón de su casa, la misma en la que unos terroristas acabaron con la vida de su marido, Enrique Casas. / ARIZMENDI

«Ahora que se cumplen 35 años del asesinato de mi marido, creo que he aprendido a vivir con la pena, pero siento que la ausencia se hace mucho más presente»

A. González Egaña
A. GONZÁLEZ EGAÑA

Era 23 de febrero de 1984 y Euskadi enfilaba el cierre de la campaña de las elecciones autonómicas. Bárbara Dührkop acababa de salir para llevar a los niños al colegio. Su marido, el senador socialista Enrique Casas y candidato del PSE por Gipuzkoa al Parlamento Vasco, estaba a punto de salir para participar en un acto electoral en Altza. Minutos antes, a las cuatro menos cuarto de la tarde, dos terroristas de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, disfrazados con mono de trabajo, llamaron al timbre del domicilio familiar, en el número 12 de la calle Bera Bera de San Sebastián, donde estaban su hijo Richard, estudiando en su habitación, y el pequeño Andreas atendido por su niñera. Casas miró por la mirilla y escuchó a un presunto operario pidiéndole que retirara su vehículo porque debían abrir una zanja en la calle. No sospechó, giró la llave y abrió. En ese momento, uno de los terroristas le disparó dos tiros, uno en la cara y otro en el cuello, que le atravesó la yugular. Herido de muerte, el dirigente socialista retrocedió por el pasillo mientras el pistolero le descerrajó hasta trece disparos más por la espalda. Cayó desplomado en el dormitorio. Hoy, 35 años después del atentado, su viuda, la exparlamentaria europea socialista comparte sus reflexiones sentada en el mismo salón de aquella casa, la misma en la que vivió los peores momentos de su vida, pero también los mejores, junto a Enrique y sus hijos. «Creo que he aprendido a vivir con la pena, pero ahora, en esta etapa de mi vida, siento la ausencia mucho más presente», confiesa, mientras repasa aquellos momentos amargos, pero también el deseo de que sus tres nietos, Helga, Andreas y Aitana, conozcan la verdad de lo que le ocurrió a su abuelo. De momento, a la mayor, de ocho años, le ha contado que «al abuelo Enrique le mataron por pensar diferente».