Arranca otra legislatura

Mientras sus socios y rivales gravitan en torno a él, el PNV se hace oposición a sí mismo con ese trabajoso equilibrio entre hacer el país cotidiano con el PSE y pactar el sueño dela soberanía plena con EH Bildu

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ
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Euskadi se asoma a un cambio de tercio en la segunda mitad del mandato de Iñigo Urkullu. Por ahora se trata de una sensación ambiental, de la aparición de nubarrones preñados de tormenta en la desahogada gestión en que venía desenvolviéndose el lehendakari y su Gobierno bipartito pese a sus insuficientes 37 escaños. Continúa sin existir una mayoría alternativa a la hegemonía jeltzale, en torno a la que siguen gravitando quienes comparten el Ejecutivo -el PSE-; quienes se inclinan hoy por tender la mano a los peneuvistas antes que lanzarles el puño -EH Bildu-; quienes más se esfuerzan en distinguirse del nacionalismo institucional pero sin alejarse del todo -Elkarrekin Podemos-; y quienes preferirían no haberse cargado de agravios para tener que dejar de pactar -el PP-. Pero es el propio PNV el que parece estar haciéndose oposición a sí mismo, a la certidumbre que tantos réditos le ha reportado en las urnas, con ese equilibrio a cada día más trabajoso entre hacer el país cotidiano con los socialistas y pactar el sueño de la soberanía plena con EH Bildu. Con ese funambulismo entre el alma soberanista de Urkullu como militante del PNV, su responsabilidad y la del conjunto de su partido como principales dirigentes de un país mayoritariamente nacionalista pero plural y diverso, y el discurso netamente autodeterminista que ayer desplegó Joseba Egibar poco antes de que el lehendakari alertara de lo obvio: que una reforma del autogobierno sin otro anclaje que la alianza con EH Bildu está condenada a un «fracaso estrepitoso» ante su previsible colisión con las Cortes y el Tribunal Constitucional.

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El pleno de política general, esa jornada anual en la que el Parlamento se viste de domingo, certificó que el 'momentum' es otro; que la legislatura ya no discurre por el carril sosegado y bajo control tan del gusto del jefe del Gobierno Vasco. Un Urkullu que solo se permitió una licencia en su discurso matinal y fue fuera del hemiciclo, cuando aludió improvisadamente al oficio de costurera de su madre para dar a entender que se esforzará en hilvanar un consenso que supere la exclusiva adscripción de los nacionalistas. El lehendakari recorría ayer un camino alfombrado de huevos hasta la tribuna de oradores y evitó pisarlos, quebrarlos, aferrándose a que nadie espera de él anuncios rompedores y sustituyendo la reivindicación explícita del derecho a decidir por esa «democracia plurinacional» a la europea que suena mejor y está menos manoseada. Aunque pueda dar lugar a fenómenos tan desgarradores como el 'Brexit', al que él mismo aludió con inquietud en los compases iniciales de su alocución. Ese 'no pisar huevos' implica que su renuencia a tener de aliada a la izquierda abertzale no maniate la entrenada inclinación del PNV a apuntalar su centralidad con todos los pactos posibles con todos aquellos con los que sea posible. Implica preservar su coalición con el PSE, al que ayer EH Bildu tildó de «lastre» para el desarrollo soberano del país; conservarla a la espera del dictamen que arrojen las elecciones municipales y forales de la próxima primavera. E implica también no cerrarse puertas -singularmente con el ofendido PP- para contar con unos Presupuestos que podrían ser los más expansivos en años. No había riesgo de huevos rotos ni de nubes tormentosas en el mandato de Urkullu. Pero esta legislatura ya es otra.

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Los expertos comandados para dar letra al nuevo Estatuto lo harán bajo la sombra de la división a la que el pleno de ayer dio cuerpo y visibilidad. El lehendakari tratará de mantenerse coherente con su ejecutoria, pero puede que el único pacto presupuestario factible sea con una EH Bildu pragmática como nunca. Lo que escoraría no solo la nave peneuvista, sino también a un PSE opuesto a la reedición del plan Ibarretxe que late de arriba a abajo en la entente nacionalista sobre el estatus. Y qué decir de negociar 'con Madrid', cuando la interlocución y el futuro de la legislatura penden de inimaginables sospechas de plagio y presuntos másteres amañados. El lehendakari invitó ayer a los partidos a «acariciar» el pacto. Pero el efecto de las caricias es una cuestión de piel. De dar con una tersura singular que sirva para acoger a todos los vascos, o a su inmensa mayoría. Y que esa piel no provenga de la imitación.