Almas arrojadizas

El riesgo del olvido es como el salitre. Hemos pasado con rapidez la página del terrorismo sin haber cerrado del todo el duelo y sin superar los estragos morales que provocó

Almas arrojadizas
Alberto Surio
ALBERTO SURIO

No hace mucho, no muy lejos». Ese es el lema de la exposición sobre el campo de concentración de Auswitzch abierta en Madrid hasta en febrero. Un golpe en la conciencia que recuerda la falta de límites de la barbarie humana. «Los hombres normales no saben que todo es posible». La frase de David Rousset, miembro de la Resistencia Francesa, confirma que todo es posible. En esta sociedad vasca donde se cultiva una gastronomía exquisita, en la que se producen excelentes películas que ya no giran en torno al 'conflicto', con un turismo que bate récords, con servicios sociales en vanguardia... no hace demasiado tiempo se propagó una enfermedad que hizo estragos.

Siete años después del final de ETA, un entonces veinteañero militante de Gesto por la Paz, que salía a la calle en los 'años de plomo' y sufría en carne y hueso el acoso, no oculta una sensación agridulce. Sabe que un inmenso alivio se ha extendido sobre el país, liberando energías. Eso sí, el riesgo del olvido es como el salitre. Todo lo impregna. Pero no todo es sombrío. Está convencido de que en una nueva generación, la de sus hijos, el porcentaje de los jóvenes que justifican el empleo de las armas es mínimo. Y ese dato es decisivo, en comparación con el pasado, con una ETA que se cebó a partir de la aprobación del Estatuto de Gernika: el 95% de sus atentados fueron cometidos después de la muerte del dictador. Segunda clave a no olvidar.

Aquel horror carcomió tejidos vitales de la convivencia que aún no se han reconstruido del todo por mucho que nos empeñemos en ver siempre la botella medio llena. En pleno éxito editorial de ' Patria' -la novela escrita por Fernando Aramburu- uno paseaba por San Sebastián y entraba en sus librerías pensando que se había producido de la noche a la mañana una catarsis colectiva. Era, claro, un espejismo. La memoria emociona pero también incomoda. A los jóvenes les aburre. No conocieron aquellos años. A muchos de los mayores tampoco les parece un ejercicio atractivo, rodeado como está de alto voltaje. Incluso hay a quienes les escuece y les duele.

La memoria emociona pero también incomoda porque nos interpela a todosLa deslegitimación del terrorismo tardó tiempo en cuajar y vencer los prejuicios

Abrimos el baúl de nuestra historia reciente y emerge un amargo remordimiento entre algunos que confundieron en su momento algo tan humano como «no llamar la atención» con la indiferencia o la cobardía. Otros veían siempre contrapesos en otras violencias que aconsejaban ponerse de perfil. El terrorismo de los GAL y la 'guerra sucia' que le precedió hicieron muchísimo daño. Otros justificaron los crímenes de ETA y hoy asumen con naturalidad el 'cambio'. Algunos, incluso, tampoco desisten en su empeño de 'reescribir' todo el relato. Como si al final sentenciaran: «No nos han derrotado». Y había también quienes resistieron entre nosotros con una considerable dignidad. La deslegitimación democrática de la violencia terminó cuajando en Euskadi, pero costó tiempo porque había que superar tópicos, estereotipos y enormes prejuicios políticos.

Asistimos a una disputa atroz por apropiarse de la gestión del final de ETA que simplifica las cosas y las lleva a discusiones desquiciantes. Y esa batalla coloca a las víctimas -un mundo a su vez muy diverso- en un territorio sensible de exposición pública. Han sido las grandes olvidadas durante años y encima deben soportar esa confrontación sin siquiera haber podido digerir del todo su duelo.

Vivimos la resaca de una época convulsa. La derrota de la violencia fue el producto complejo de múltiples factores: la presión policial, la inteligente combinación de firmeza y diálogo, la unidad entre nacionalistas y no nacionalistas, la contestación social, las fisuras que provocaba en la izquierda abertzale el inmovilismo de ETA, el miedo que suscitó Aralar y el agotamiento de la vía armada tras el 11-S.

En ese contexto, el Día de la Memoria debiera servir para reivindicar un mínimo común denominador y escribir una narrativa más allá de las grandes palabras con mayúsculas que se lanzan como puñales al aire. Volvamos a las esencias: algunos mataron y otros tantos murieron injustamente. No es una obsesión con un sentimiento de culpa que nos encadena al pasado. Supone escuchar el testimonio de las víctimas que ayer mismo relataban la soledad que han padecido; una mochila de desprecio y de vacío a sus espaldas. Y un mensaje: «Aún nos queda mucho por recorrer». Miremos a los ojos a los supervivientes que sufrieron aquella persecución. Consiguieron salir vivos pese al estigma bordado en sus vidas como la estrella de cinco puntas que llevaba el niño con pijama de rayas de Auswitzch en la novela que a todos nos conmovió.

Los gestos de empatía con las víctimas son necesarios. Como las placas de recuerdo y las declaraciones de autocrítica. Pero serán insuficientes si las sombras de la división terminan por moldear una emoción prefabricada, una liturgia forzada. Las lágrimas de trámite son lágrimas de hielo. Evitemos el juego perverso de las almas y las armas arrojadizas. El terrorismo trajo un desplome moral, un páramo que todavía forma parte del paisaje cotidiano en el que hay que sembrar las plantas de la ética y la pluralidad. Será costoso, porque durante las décadas de los cristales rotos, el fanatismo dejó un potente disolvente que hoy parece disimulado. Pero aún no ha desaparecido.

Conmemoramos hoy cien años del final de la Primera Guerra Mundial. Aquel armisticio de 1918 selló en Europa una paz precaria, que cerraba en falso las heridas. En nuestros camposantos no se ven las amapolas que crecían en los cementerios donde yacen los jóvenes soldados que murieron en los frentes. La alegría por el adiós a las armas tampoco puede borrar los surcos tramposos que dejaron en las conciencias. La historia nos enseña a no repetir aquellos errores y a admitir que, como escribió Benedetti, «todo depende del dolor con que se mire». Pero solo si extirpamos de raíz la semilla del odio y del resentimiento lograremos mirar al futuro con esa humilde esperanza que las palabras de Naiara, Ainara, Sandra, Maider y Jaione depositaron ayer en muchos corazones.

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