«Fue un acto de autogobierno. Por primera vez la violencia era un problema de los vascos»

«Fue un acto de autogobierno. Por primera vez la violencia era un problema de los vascos»

Valora que «tuvimos que construir desde la nada un consenso que parecía imposible», aunque lanza también una crítica por el desarrollo del Pacto

Miguel Villameriel
MIGUEL VILLAMERIEL

Kepa Aulestia (Ondarroa, 1956) fue el encargado de representar a Euskadiko Ezkerra, una formación que años después se integró con el PSE, en la negociación del Pacto de Ajuria Enea. Sin quitar mérito al consenso que partidos tan diversos trabaron en 1988, el ex secretario general de EE se muestra crítico con el desarrollo del acuerdo. «ETA atentó durante más años después que antes del Pacto», subraya.

-¿Los atentados de Hipercor y Zaragoza hicieron ineludible un pacto unitario contra la violencia?

-Esos atentados tan graves y sangrientos nos interpelaron de una manera tan directa que los partidos no pudimos escurrir el bulto. Aun así, había un contexto de división, porque las posiciones políticas respecto a la violencia formaban parte del cuadro de identidades que se confrontaban en el país. El terrorismo era un factor de división política y social enorme. Recuerdo que nadie creía que el pacto fuera posible, muy pocos lo creíamos. Reinaba el escepticismo y el desarrollo de las propias reuniones tampoco permitía augurar un acuerdo. Al final, el efecto que generó estar reunidos durante horas y decirnos las cosas de manera franca hizo posible el acuerdo.

-¿Hubo mucha tensión en aquellas negociaciones?

-Hubo algo de vértigo, confusión, muchas consultas, pero no hubo tensión entre los que protagonizamos aquellas reuniones. Sabíamos que una parte del país estaba fuera de aquella mesa (por la izquierda aber-tzale). Si algún gesto de valentía mostró ese pacto fue la capacidad de decir que aquello solo podía escribirse, en esos momentos, entre los que estábamos allí sentados. Precisamente porque era como una carta a los que no estaban y seguían apoyando la violencia. Aunque fueron horas muy intensas porque tuvimos que construir desde la nada un consenso que parecía imposible. Ahora puede parecer poca cosa, pero en aquellas fechas la tarea fue muy ardua.

«Fue un gesto de valentía ver que, en ese momento, solo era posible escribirlo entre los que estábamos»

«Con el paso de los años, el consenso resultó incómodo para los propios firmantes»

-Cuando estaban reunidos, ¿sentían la presión de que de ahí tenía que salir algún tipo de acuerdo?

-Sí, esa presión existía, seguramente con una intensidad mayor o menor respecto a las convicciones o el compromiso que cada cual había asumido. Yo sí sentía que no podíamos fallar, y tampoco podíamos salir del atolladero con un textito de mínimos; tenía que suponer un paso adelante importante. En ese momento lo fue, aunque con la perspectiva que da el tiempo también puedo hacer una lectura crítica. Pero entonces tenía que notarse que se doblaba una esquina en la historia del país, y eso estaba en el ánimo de todos.

-El lehendakari Ardanza considera clave la complicidad que encontró en EE para que todo llegara a buen puerto. ¿Lo comparte?

-Sí fue fundamental la sintonía entre Ajuria Enea y Euskadiko Ezkerra; a mi juicio fue la clave de bóveda para que se alcanzara un acuerdo.

-¿Fue el primer gran pacto entre vascos contra la violencia?

-Es de justicia recordar que un año antes había surgido Gesto por la Paz, por lo que nosotros tampoco fuimos los fundadores de un movimiento de respuesta cívica con ánimo unitario. Estos días he releído el texto que firmamos y, de alguna manera, me he reconciliado con el Pacto de Ajuria Enea, porque en los últimos años había tenido una visión más crítica. Fue importante y en ese momento no podíamos hacer mucho más, pero señalaría tres críticas que cabría hacerle: la primera es que el pacto prácticamente soslaya a las víctimas, porque solo las menciona como sujetos de derecho a ayudas. El acuerdo tuvo una carga ética fundamental porque vino a decir que la violencia no podía erigirse en expresión de reivindicaciones políticas, pero los partidos y la sociedad tardamos muchísimo en aceptar el papel protagonista que debían tener las víctimas.

-¿En qué más pudo fallar?

-Una segunda carencia es que caímos en un error de apreciación, al pensar que el aislamiento político de ETA iba a propiciar el acercamiento de aquellos que la apoyaban políticamente. Fue una lectura ingenua, porque el tiempo demostró que no iba a ser así y la violencia se perpetuó hasta antes de ayer. En perspectiva histórica, el pacto tuvo lugar ocho años después del Estatuto y luego hubo 23 años de violencia posterior. Por tanto, no podemos encumbrar el pacto como si hubiera sido de una importancia atronadora. Fue imprescindible, fue clave, pero también mostró sus ineficacias.

-¿Cuál es su tercera crítica?

-Que no dio lugar a una estrategia y una gestión unitarias. De la misma manera que la firma final representó una certeza después de todo el escepticismo que había rodeado al pacto, ese mismo acto supuso una rebaja excesiva de la tensión que requería su puesta en marcha. Después no hubo un esfuerzo ni parecido para definir una estrategia duradera y eficaz. Sí, nos reuníamos y respondíamos ante cada atentado, también celebramos la manifestación del 89 en Bilbao, pero quizá faltó una estrategia más decidida por parte de todos.

-En el lado positivo, ¿cuál sería la principal aportación del Pacto?

-Para mí fue sobre todo un acto de autogobierno porque fue la primera vez en la que, de manera expresa, se dijo que se trataba de un problema de vascos. Que no era un problema de los vascos con España o algo que debía resolver otro. Por primera vez se asumió que este problema teníamos que resolverlo nosotros. Y que éramos corresponsables de la violencia que se generaba en Euskadi y de la que se exportaba fuera de Euskadi. Ese fue el elemento más importante, y también el que se desmoronó con el paso de los años, con la vuelta de los partidos a la utilización de la violencia como elemento de confrontación política.

-¿Cuál es su balance final?

-Hay quien lo considera un Rubicón en la historia de ETA, pero es que después siguió un cuarto de siglo de terrorismo, así que tampoco fue tal punto de inflexión. Debemos hacer autocrítica y reconocer que pudimos haber hecho más. El pacto salió con mucha fuerza, descolocó sin duda a ETA y a la izquierda abertzale, también los encabritó, y luego nos dormimos en los laureles hasta que se malogró. El consenso, en un momento determinado, resultó incómodo. Gran parte de la historia política de la Euskadi de los últimos 30 años se escribe por la incomodidad que generó el Pacto de Ajuria Enea en algunos de los propios firmantes.

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