«Ya en 1976 ETA quiso borrar del mapa a la derecha vasca y depurar el censo»

El periodista Gorka Angulo posa en una calle de Galdakao, donde fue asesinado Legorburu. /BORJA AGUDO
El periodista Gorka Angulo posa en una calle de Galdakao, donde fue asesinado Legorburu. / BORJA AGUDO

Repasa en su libro 'La persecución de ETA a la derecha vasca' cómo comenzaron las llamadas campañas «antialcaldes»

A. GONZÁLEZ EGAÑA

En sus inicios, ETA puso a la derecha vasca en su punto de mira, como único objetivo. El periodista Gorka Angulo (Bilbao, 1968) relata en su libro 'La persecución de ETA a la derecha vasca' «la cruzada de limpieza ideológica» que sufrió este sector político entre 1976 y 1981, durante los primeros «años de plomo». Detalla cómo los afiliados de UCD, AP y de formaciones carlistas vivieron «las amenazas en absoluta soledad porque las ejecutivas de sus partidos, en Madrid, no supieron proteger a los suyos». Sufrieron, repasa, «las llamadas campañas antialcaldes y antichivatos». Angulo presentará el libro, primera entrega de una trilogía, el próximo día 13 en Bilbao, en la sede de las Juntas Generales de Bizkaia.

-¿Qué le lleva a emprender la investigación que ha dado como fruto este libro sobre «la persecución de ETA a la derecha vasca?

-Hacía falta el testimonio de un relato contra la desmemoria y contra lo que algunos pretenden que sea el blanqueamiento de ETA. He querido denunciar la persecución más absoluta de la derecha vasca. Ya desde 1976, ETA trató de borrarla del mapa y depurar así el espacio político y el censo electoral. Inició una auténtica cruzada de limpieza ideológica. Por eso, he querido recordar a un sector de la población que fue perseguido y rápidamente olvidado. Injustamente porque precisamente quienes les vilipendiaron eran también hijos de franquistas o de familias franquistas y se habían pasado al nacionalismo. Muchos tuvieron que permanecer en silencio y aparentar una ideología y un voto que no era realmente el suyo.

-Para este trabajo, se ha puesto en contacto con amenazados a los que nunca nadie les había llamado.

-En cuarenta años, nadie se había ocupado de muchas de estas personas. Incluso descubrí una víctima, de la que nadie se había acordado, pese a que fue la primera víctima de UCD. Era una familia gallega que vivió en Santurtzi. Él, Javier Capetillo, era un concejal electo, pero no llegó a tomar posesión. Les ametrallaron en el bar con toda la familia dentro y un par de semanas después se marcharon y no llegó siquiera a ser concejal.

-Recorre una extensa lista de nombres de asesinados y amenazados. ¿Los ha contabilizado?

-Es complicado cuantificarlo. Hay cosas que no se llegaron a saber en prensa, como la catarata de dimisiones ocurridas a raíz del asesinato del alcalde de Galdakao Víctor Legorburu, el 9 de febrero de 1976. Hay muchas cosas que pasaron desapercibidas, incluso los propios dimisionarios hacían ver que era por otros motivos. Eran salidas encubiertas, para no contar la realidad.

-¿Por qué puso ETA su diana en alcaldes y concejales?

-Quizás porque eran el eslabón más débil. Eran los objetivos más fáciles y contra los que más presión se podía realizar en cada municipio.

-Dedica sendos capítulos a Víctor Legorburu y a los presidentes de la Diputación de Gipuzkoa y de Bizkaia, Juan María Araluce y a Augusto Unceta, respectivamente. ¿Por qué elige sus casos?

-Son tres asesinados muy simbólicos. Entran dentro de lo que fue la primera campaña antialcaldes. Tras el asesinato de Víctor Legorburu empieza a desaparecer gente de los ayuntamientos. Este regidor era un alcalde carlista y euskaldun, que respondía a un perfil ideológico que durante mucho tiempo estuvo muy presente en este país, en lugares donde por ejemplo ahora la izquierda abertzale lo controla todo, como son algunas comarcas de Gipuzkoa e incluso de Bizkaia. Con el asesinato de Araluce arrancó el éxodo de miles de vascos que no se identificaban con el nacionalismo o que no querían pagar a ETA. Se empieza a marchar gente de la élite donostiarra de manera temporal. Y con el asesinato de Unceta es cuando se van de verdad.

-De Legorburu cuenta que estaba «olvidado hasta en el cementerio».

-Era gente cuyas vidas se hicieron de repente de noche y se les condenó al silencio, a la discreción, a la autocensura, al exilio interior y al autoexilio. Eso en todas las expresiones de su vida y el cementerio es una de ellas.

-¿Qué le relatan hoy miembros de esas familias que se marcharon?

-A la gente lo que más le indigna es que ellos siendo vascos de más de ocho apellidos y euskaldunes, -muchos de ellos han conservado el euskera perfectamente en sus familias-, lo que más les indigna es que la única preocupación hoy es que se esté pensando en traer a los etarras presos, a los responsables de que ellos se tuvieran que marchar, cuando hacia ellos no ha habido nunca ni una palabra ni un recuerdo ni intención de que puedan volver.

-El libro sale a la calle tras la disolución de ETA. ¿Por qué ahora?

-Ha coincidido en el tiempo, pero lo que pretendo es que sea un ejercicio contra el miedo a hablar del miedo a abordar determinados temas. Y este es uno de ellos. Una persona no se podía ni se puede identificar con este sector ideológico. Durante mucho tiempo había cantidad de pueblos en Euskadi en los que AP o UCD, tenían votos pero no tenían militantes. El caso más claro es el de las primeras elecciones municipales de 1979 en Gipuzkoa, que un mes antes consiguieron un diputado y más de 50.000 votos, y al mes siguiente no pudieron presentar ni una sola candidatura municipal con la sigla de UCD, teniendo incluso afiliados en Irun y Eibar.

-Dedica parte del libro a hablar del PNV. ¿Qué papel considera que jugó en este periodo?

-En el año 76 hay un boletín interno de las Juntas municipales del PNV en Bilbao, donde incluso se debate si se deben de condenar o no los atentados de ETA. Yo no tengo duda de que el PNV haya estado contra el terrorismo y haya tenido una postura clara, que creo que se fue definiendo según avanzaba la transición, pero sí considero que deberían haber hecho mucho más.

 

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