Dos tesoros en Huesca

La iglesia de Santa Eulalia. /
La iglesia de Santa Eulalia.

Este pequeño pueblo oscense cuenta con dos joyas talladas en piedra, ermita y cascada

IRATXE PAÑEDA

El Valle de Tena se ha quedado huérfano de esquiadores y poco a poco lo hará de las nieves que resisten en las cumbres más altas hasta la llegada de los calores del estío. Su deshielo alimenta el río Gállego para deleite de los apasionados de los deportes de aventura y las montañas, de modo que barrancos y senderos toman el relevo de las pistas de esquí de Formigal y Panticosa, en el corazón del Pirineo aragonés.

Cualquier fecha es buena para visitar un valle que rezuma naturaleza por sus cuatro costados. Sus pueblos con casonas de piedra y cubiertas de empinados tejados, iglesistas llenas de encanto, lagos de montaña -aquí llamados ibones- rebosantes de paz, barrancos para descargar adrenalina, cimas de todas las dificultades y hasta un balneario donde reponer fuerzas conforman la lista de planes de ocio en este rincón próximo a Jaca.

El río Gállego nace en la frontera entre España y Francia y recorre el valle de norte sur. En su curso alto, un conjunto de templos que comparten peculiares características -construidos entre mediados del siglo X y el siglo XI- salpican su margen izquierda en la conocida como 'Ruta de las iglesias del Serrablo'. Los especialistas no se acaban de poner de acuerdo si catalogarlas como mozárabes o, sin desdeñar la influencia árabe, como protorrománicas. En Orós Bajo, pueblecito situado a unos diez minutos de Biescas, sus escasos veinte habitantes tienen el honor de contar con una de ellas, quizás la más tardía y más románica de todas. El ábside de Santa Eulalia, cubierto por bóveda de horno, ha perdido en el exterior el friso de baquetones del resto de sus hermanas y mantiene los arquillos ciegos que descansan sobre lo que se asemeja a pilastras románicas.

Cómo llegar

Dónde
A 20 minutos de Jaca por la N330 hasta Sabiñánigo donde hay que enlazar con la N260. Tomar la salida de Oliván.

Un refrescante paseo

A la iglesia se llega por un camino flanqueado de muretes de piedras, entre huertas y árboles, para atravesar un cementerio diminuto y acceder al atrio -añadido en época moderna- que guarece la entrada del templo. Solo por disfrutar del entorno ya merece la pena su visita. En el pórtico sorprenden al viajero las fotografías invernales de la helada cascada d'os Lucas. Si las iglesias del Serrablo surgen de la mano del hombre, este salto de agua lo hace fruto del paso del tiempo y la fuerza de la naturaleza. El punto de partida para acercarse hasta ella se encuentra en el parking situado muy cerca de Santa Eulalia.

Al final del aparcamiento solo hay que tomar el sendero que discurre paralelo al río por un terreno pedregoso hasta una pequeña represa, que se sortea por la izquierda para llegar a unas rudimentarias escaleras excavadas y reforzadas con maderas. El camino a seguir resulta claro en algunos tramos, aunque desaparece en otros y es necesario mojarse los pies. Debemos tener muy presente que, aunque se trata de un paseo, nos encontramos en el interior de un barranco, por lo que hay que estar atentos con los desprendimientos de rocas, especialmente en época de lluvias, en las que además el caudal puede ser bastante fuerte.

Un estanque de aguas cristalinas recibe el agua que se precipita desde lo alto de la cascada.

A pesar de hallarnos en un terreno agreste, esta excursión puede realizarse con niños a partir de cinco años, y desde luego que la disfrutarán. En unos veinte minutos y menos de 2 kilómetros aparece ante nosotros la cascada, fraccionada en dos caídas, que pide a gritos una fotografía. Una poza recoge sus limpias aguas e invita a refrescarse en los meses de verano, eso sí, muchos son los que han descubierto este mágico rincón y lo han elegido como su favorito para el baño.

Para aquellos a los que el paseo hasta la cascada les resulte corto y estén animados a caminar unos diez kilómetros más (ida y vuelta), un buen plan es acercarse hasta la iglesia de San Salvador del cercano pueblo de Biescas desde donde parte la ruta a la ermita y fuerte de Santa Elena, que transcurre entre campos, zonas de bosque y saltos de agua.

El templo se encuentra parcialmente incrustado en la cueva en la que, según cuenta la leyenda, la emperatriz Elena de Constantinopla buscó refugio cuando era perseguida por los infieles. Elena abandonó su escondite pasado el peligro, y en el lugar brotó agua milagrosamente. Se trata del caudaloso manantial situado junto la iglesia y conocido como Fuente de La Gloriosa.

Esta zona tiene una gran carga de religiosidad. Aquí parece ser que los romanos practicaron el culto a las ninfas y no muy lejos, en otro tiempo, hubo dos dólmenes que fueron destruidos durante la Guerra Civil. El más grande de ellos fue reconstruido y hoy día se puede visitar.