Tallada en piedra

Recorrido por la localidad italiana de Matera, una ciudad insólita, un laberinto de cuevas abandonadas por insalubres a mediados del siglo pasado y rescatadas desde que recibió el título de Patrimonio de la Humanidad

La torre de la catedral y el singular casco urbano de Matera, vistos desde la entrada a una cueva./
La torre de la catedral y el singular casco urbano de Matera, vistos desde la entrada a una cueva.
ROSA MARTÍNEZ

No es ninguna novedad decir que Italia está llena de sorpresas, de joyas que darían para decenas de viajes sin necesidad de pisar Roma, Milán o Florencia y sin echarlas de menos. Uno de estos tesoros poco conocidos es Matera, en la región de Basilicata, 260 kilómetros al sureste de Nápoles. Una ciudad fascinante enclavada en el profundo sur de la península y declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1993. Al igual que el agua hace de Venecia una ciudad única, en este caso la autora de lo excepcional es la tierra profunda, las casas excavadas en la roca, las grutas que narran el recorrido de la ciudad desde la prehistoria.

Matera, la ciudad de I sassi (las piedras, aunque esa palabra se refiere hoy a las casas-gruta), surgida en las laderas de un gran cañón, es una de las ciudades más antiguas de Europa, habitada desde el Paleolítico. Muchas de estas cuevas fueron durante la Edad Media refugio de eremitas y monjes que huían de la persecución iconoclasta en Oriente. Más tarde se convirtieron en morada de campesinos y poco a poco fue surgiendo una madeja de construcciones, plazas, callejuelas, escaleras, cisternas para el agua...

Dónde dormir

En Matera, como en toda Italia, sentarse a la mesa y disfrutar de la cocina tradicional es un placer. Muy cerca de la plaza Vittorio Veneto, Alle Fornaci, en la plaza Cesare Firrao, es una elección garantizada. Hay opciones más económicas y genuinamente italianas como Altrapizza, en la calle Giambattista Pentasuglia, con variedades exquisitas de pizza. Pero dejarse guiar por los consejos de los materanos puede ser también una agradable sorpresa. De postre, un paseo por la céntrica Via Ridola con un helado artesano de I Vizi degli Angeli, un verdadero vicio celestial.
Merece la pena elegir un alojamiento en la zona de I Sassi, y también aquí hay decenas de opciones, desde el majestuoso hotel Palazzo Gattini, cerca de la catedral con spa en una gruta natural, a albergues como LOstello dei Sassi, en la calle Castelnuovo. En medio, numerosos bed and breakfast como Il Belvedere, también en la calle Castelnuovo, que ofrece la posibilidad de desayunar con vistas a la ciudad.

En estas casas excavadas en la roca calcárea vivieron durante siglos miles de personas, hasta que la crisis de la sociedad rural rompió el equilibrio entre el hombre y la naturaleza. Cuando el escritor Carlo Levi llegó a Matera desterrado por el fascismo, aseguró que la ciudad era como «se imaginaba de niño cuando en la escuela les hablaban del infierno de Dante», con callejuelas que eran a la vez tejados, con casas e iglesias clavadas en el precipicio.

En aquellos años y los posteriores a la II Guerra Mundial, Matera era una ciudad superpoblada, con 18.000 personas viviendo en grutas a menudo con el establo de los animales al fondo con muy malas condiciones higiénicas, que enseguida fueron puestas como ejemplo del secular atraso del sur de Italia. Y así, en la década de los 50, los cientos de familias que habitaban esta humilde ciudad fueron evacuados y realojados en bloques de edificios construidos en las cercanías.

Ciudad fantasma

Durante más de 30 años el centro histórico, con sus casas apiñadas, iglesias, terrazas, arcos y callejones se convirtió en una gran ciudad fantasma a la que no se podía acceder. Pero la belleza permaneció intacta y el cine fue el primero en descubrirla: Pasolini rodó aquí El Evangelio según Mateo, como lo hicieron también directores italianos como Rosellini o los hermanos Taviani. Las piedras y casas abandonadas fueron la Jerusalén de La Pasión de Mel Gibson, e incluso un pueblo vasco en El árbol de Guernica de Fernando Arrabal. Hasta James Bond se paseó por aquí en Quantum of Solace.

Cuando en los años 80 se levantó la prohibición de vivir en los sassi, algunos de sus antiguos habitantes empezaron a acondicionar sus cuevas y hoy día muchas de ellas se han convertido en modernos hoteles, bed and breakfasts y restaurantes que acogen a los cada vez más numerosos turistas que recorren sus calles. Porque Matera es un destino cada vez más popular, sobre todo desde que la Unesco la convirtiera en Patrimonio de la Humanidad por ser «el más destacado ejemplo intacto de un asentamiento troglodita» en el Mediterráneo.

Así, Matera ha pasado en pocos años de ser la vergüenza nacional a representar su belleza y su esencia, y de hecho ha sido elegida Capital Europea de la Cultura para 2019. Sus palacios barrocos, sus fascinantes iglesias rupestres y el paisaje bíblico que la rodea con los cientos de cuevas, muchas de ellas convertidas en criptas e iglesias, gozan del reconocimiento que durante tanto tiempo les fue negado.

La ciudad tiene una configuración particular, con dos enormes anfiteatros naturales, los dos barrios de sassi: el Sasso Barisano y el Sasso Caveoso, y en medio, a modo de espolón, la civita, el centro barroco con la catedral y sus palacios. Es aquí donde suelen comenzar las visitas a Matera, en la plaza Vittorio Veneto, donde se puede visitar el Palombaro, una impresionante cisterna de 15 metros de profundidad. Merece la pena detenerse en la iglesia de Mater Domini, muy ligada a los Caballeros de Malta, con una escalinata que sube hasta el campanario. Y junto a ella, es obligado acercarse al balcón bajo tres arcos desde donde admirar, de un solo vistazo, el impresionante perfil de los sassi con la catedral al fondo.

Frescos rupestres

Y es por aquí por donde hay que perderse para poder decir que se ha visitado Matera, por sus callejuelas en cuesta, sus escalinatas talladas en la roca como las casas, sus terrazas y, por supuesto, sus iglesias rupestres llenas de verdaderas obras de arte en forma de frescos que recubren sus paredes. Elegir cuáles visitar no es una decisión sencilla, porque entre la ciudad y el parque de la Murgia que la rodea hay más de 150.

Entre ellas, destaca Santa Lucia e Agata delle Malve, con frescos del siglo XII; el convicinio de San Antonio, un complejo que engloba cuatro magníficas iglesias: San Nicola dei Greci, Santa Maria de Idris, San Pietro o la iglesia de la Madonna delle Virtù, un templo del siglo XI que sirve de escenario a interesantes exposiciones. El Sasso Barisano es el barrio más grande, con casas-gruta transformadas en moradas señoriales que ahora son restaurantes y hoteles con encanto.

El Sasso Caveoso es más antiguo, con más ecos de la ciudad rupestre y de la humildad de sus habitantes. En el corazón de este último se encuentra otra de las visitas obligadas, el Museo de Escultura Contemporánea, ubiado en uno de los edificios más significativos de la ciudad, el Palacio Pomarici, conocido también como el Palacio de las Cien Habitaciones. Y si lo que se quiere es conocer cómo vivían los antiguos habitantes, en este mismo barrio se puede visitar la Casa-Gruta de Matera, una casa habitada hasta 1957 por una familia de 11 personas más animales, con un único espacio decorado con muebles de la época, la cama con el colchón de hojas de maíz, el pesebre del mulo o la cisterna para el agua.

Buscando asimismo hacerse una idea del modo de vida de la ciudad durante siglos, es interesante sin duda acercarse al Museo de la cultura campesina.

Parque natural

En la civita se abandonan los paisajes medievales para sumergirse en la majestuosidad de la catedral, del siglo XII, verdadera obra maestra de la arquitectura románica, o de iglesias barrocas como la de San Francisco de Asís, o la del Purgatorio, con una fachada muy peculiar dedicada a la muerte y decorada con calaveras y esqueletos. También merecen parada la iglesia románica de San Juan Bautista, San Domenico o Santa Chiara, junto al monasterio, sede en la actualidad del Museo Arqueológico Nacional. Y por supuesto los numerosos palacios, entre los que destaca el Palacio Lanfranchi, que acoge el Museo de Arte Medieval y Moderno.

Pero el viaje no acaba en la ciudad. Dejándola a la espalda y cruzando el puente peatonal de madera y cuerda que atraviesa el abismo, comienza el Parque de la Murgia, una mezcla perfecta entre naturaleza y cultura. Son 8.000 hectáreas de senderos entre peñas, cascadas y grutas naturales utilizadas por el hombre desde la Prehistoria, con decenas de iglesias rupestres por descubrir.