Berlín, exoesqueleto

La ciudad es un fragor. De gente joven. De turistas. Fragor de autobuses. Un fragor de libros rebajados en la Humbolt. Fragor de grúas y obras. Aun hoy. A 30 años de la Caída del Muro

Siempre habrá ángeles ferozmente humanos bajo el cielo sobre Berlín./MICHAEL KAPPELER
Siempre habrá ángeles ferozmente humanos bajo el cielo sobre Berlín. / MICHAEL KAPPELER
Begoña del Teso
BEGOÑA DEL TESO

El muy hermoso boulevard berlinés Unter den Linden ('Bajo los tilos') está en obras. En obras desde hace dos, tres, cuatro años. Obras que obligan a autobuses, coches, turistas, los espectadores que se dirigen a la ópera (que estuvo en obras hasta antesdeayer) y policías de servicio ('Bullies', 'toros' llama la ciudadanía irredenta a los guardianes de la casaca verde a encoger, alargar, contraer, enderezar, ralentizar el paso) en un sugerente y extraño baile que maravilla a quien lo contempla desde el segundo piso de los autobuses 100, 200 o 48.

Baile, sí. Y maravilla, sí. Puede que en otras ciudades del planeta las obras fueran o sean un incordio, una molestia. Aquí no. En Berlín, desde los días posteriores al 9 de noviembre de 1989 cuando el Muro empezó a caer y al hacerlo sentimos derrumbarse el Telón de Acero, la topografía invisible de la Guerra Fría y la gélida política de bloques, las obras, las excavadoras, los buldozers, las grúas, las casetas para los operarios, los agujeros sin fondo abiertos en la inmensa llanada que es la capital de Alemania son parte de su amada fisonomía. Las grúas, magníficas, orgullosas, altivas, compiten por la noche con la mismísima Estatua de la Victoria, tan esbelta ella en su rotonda de piedra. El punto de luz de esas grúas se confunde bajo el cielo de la ciudad de Wenders y sus ángeles con el resplandor de las estrellas mientras los faros de los coches rasgan la negrura de la noche. Porque Berlín, tan amable, tan acogedora, al anochecer se envuelve de tal forma en la oscuridad que el visitante primerizo puede sentir inquietud. Pero quien ya la conoce experimenta placidez porque sabe que allá al fondo, lejos del titileo de las farolas y el resplandor de los neones de los cabarets no habitan los monstruos sino el ronroneo del tren tardío, la euforia de los hinchas del Hertha Berlin o el silencio de los agentes especiales que en una bocacalle de la avenida Ku'dam, dirección al glorioso espacio de cultura, arte, cine y buen café que es Haus der Berliner Festpiele, nada lejos de un bistro más que interesante (Piter, en el 14 de la Schaperstrasse), custodian una librería judía cercana a un Lidl y a un negocio de máquinas de café.

Olivaer Platz está en obras. Desde hace menos de un año. Pero más de una década llevaban los vecinos de la zona reclamando que lo estuviera. Escenario de alguna de las mejores historias de Sándor Márai, el escritor húngaro de 'El último encuentro' y 'La mujer justa', convertida en terreno baldío para el paseo o la contemplación, en 2011 el estudio Rehwaldt de arquitectos paisajistas de Dresde ganó el concurso de rehabilitación del lugar. Dentro de algunos meses habrá allá una pradera, los viejos árboles supervivientes rejuvenecerán, los perros trotarán felices y nada lejos, en la Leibnizstrasse, los clientes habituales seguirán fumando en el Smoke Bar. Porque en muchos bares berlineses se fuma. De hecho, el salón del Hotel Savoy (frente al magnífico cine Delphi Palast y la soberbia cueva de música Quasimodo, en Kantstrasse 14) es uno de los centros neurálgicos del buen fumador berlinés. Entre ceniceros de plata y largas cerillas de madera se reivindica como la vera 'Cava del Habano' que es. Los cócteles te retrotraen a la época de los espías, el capuccino se prepara con arte y en los platillos no faltan almendras con un toque de washabi.

Olivaer Platz está en obras pero los vecinos se sienten orgullosos de ello y lo comentan en la cola de la panadería artesanal que glorifica la masa madre antigua de muchos años. En el supermercado bio, en el atrio de la iglesia católica San Luis X. O en la asombrosa tienda del señor Kloeden (Wielandstrasse 24), una bazar de soldaditos de plomo, espadas de madera, castillos para construir, libros animados, escobas de brujas. Sí, francamente, podríamos habérnosla encontrado en el Callejón Diagon del universo de Harry Potter pero está en Berlín, se llega a ella desde Postdamer Brücke en el autobús 129 y te atienden en alemán, inglés francés, español, italiano, portugués y ¡latín! Cerca, al fondo de la parada de las líneas que llevan al aeropuerto Tegel (la 109 o la TX) las damas berlinesas toman champagne en las terrazas con fantásticos dogos afganos de pelo largo acostados a sus pies

Unter den Linden está en obras. Los alrededores de la Isla de los Museos está en obras. Las cercanías del barrio judío (Scheunenviertel, lleno de vida, humo, recuerdos y sombras, no lejos de ese teatro cargado de rabia, habitado por cómicos de la legua airados, el Volksbühne de la plaza Rosa Luxemburgo) están en obras. Pero esas grúas, el asfalto barrenado, las retroexcavadoras y esas señalizaciones de desviación son otro espectáculo alucinante de esta ciudad, un territorio movedizo donde coches, peatones y skaters bailan mientras los estudiantes venden baratos sus libros en el mercadillo de la Universidad Humbolt. Esas grúas son el exoesqueleto de una ciudad sin tregua.

Roth, Wilder y Sally Bowles

Antes de partir hacia Berlín, durante la escala en los aeropuertos de Múnich o Fráncfort (mejor elijan el trayecto Loiu-Múnich-Tegel pues el aeródromo de la ciudad del inmenso Bayern es más pequeño, elegante y gastronómicamente sutil) o cuando estén alojados en alguno de los hostales del barrio de Charlottenburg como el Castell, situado en una casa racionalista de 1925 que resistió las bombas de los Aliados, no tiren ustedes de guías de viaje al uso. Lean auténticas biografías de esta ciudad como las 'Crónicas berlinesas' de Joseph Roth aparecidas en una cuidadísima edición de Minúscula y puestas al día en un asombroso epílogo-posfacio de su editor alemán y de Michael Bienert. Lean la (nada) canónica 'Berlín Alexanderplatz' de Dóblin. O vean la película de Fassbinder.

Lean 'Adiós a Berlín' de Christopher Isherwood en edición de Acantilado. Podrían también ver la mitológica película a la que dio pie: 'Cabaret' de Bob Fosse. Así, cuando pasen por la Savignyplatz recordarán que es ahí donde Sally Bowles-Liza Minnelli grita bajo el puente de ladrillos rojizos. Y sobre ella, los trenes elevados que traquetean por la ciudad.

Repasen la vitriólica 'Un, dos, tres' de Wilder e introdúzcanse en ese 'laberinto de la felicidad compartida' que es 'El cielo sobre Berlín'. Libros del Zorro Rojo editó hace poco una novela gráfica basada en esa película que fue oro en Cannes 1987 y marcó el paisaje de esta ciudad. La revisitación de Sebastiano y Lorenzo Toma, dramaturgos, exploradores dramáticos y diseñadores nos obliga a no olvidar, con su blanco y negro y sus ocres que en este Berlín ya sin Muro 'la cicatriz, indeleble, pervive'. Con esas referencias, su viaje a Berlín será un baile dulciamargo de ácida intensidad y alto voltaje.

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