Las etapas vascas del Camino Ignaciano

Este itinerario te ofrece la oportunidad de vivir una experiencia de peregrinación única, siguiendo el proceso espiritual que hizo el fundador de la Compañía de Jesús

El Camino Ignaciano es una perfecta ocasión para disfrutar de la verde Euskadi./IGNACIO VILLAMERIEL
El Camino Ignaciano es una perfecta ocasión para disfrutar de la verde Euskadi. / IGNACIO VILLAMERIEL
IGNACIO VILLAMERIEL

Con la mochila a la espalda y la cantimplora sujeta a la hebilla del cinturón, el peregrino recorre la senda y los pueblos del Camino Ignaciano. La ruta que Iñigo de Loyola realizó en 1522, siendo aún caballero, desde Loyola a Manresa. Es el suyo un caminar lento, con mañanas de atmósfera limpia, mediodías calurosos y noches que a veces se le echan encima en el camino. De pueblo en pueblo, empezando por la verde Euskadi, este itinerario le ofrece la oportunidad de vivir una experiencia de peregrinación única, siguiendo el proceso espiritual que hizo el fundador de la Compañía de Jesús. Esta es la crónica de las etapas vascas del Camino Ignaciano.

  • 1

Unos días antes

El peregrino está sentado en la recepción de un hotel. Mira distraídamente el techo y deja volar libre la imaginación, que salta como una torpe mariposa moribunda. Es un hombre joven, alto, delgado, y lleva ya varias horas sin hablar, varias horas que no tiene con quién hablar.

En el hotel todo es silencio. El peregrino se levanta, pasea por la recepción, ojea unos libros en una estantería. Ante un mapa de la península se para, ambas manos en los bolsillos del pantalón.

Habla despacio, muy despacio consigo mismo, en voz baja: el Camino Ignaciano. Debe ser un buen sitio para andar. Empezaría la caminata en la verde Euskadi, para cruzar el desierto de los Monegros bajo un sol de plomo, y terminaría junto a los riscos de Montserrat. Etapas ni cortas ni largas. Veinte o veinticinco kilómetros al día ya es una buena marcha, es pasarse las mañanas en el camino.

Parajes de las etapas vascas del Camino Ignaciano. / IGNACIO VILLAMERIEL

Después, sobre el terreno, todos estos proyectos son papel mojado y las cosas salen, como pasa siempre, por donde pueden. El peregrino se distrae un segundo y toma, de la estantería, el primer libro que alcanza: Henry David Thoreau. Elige un poema al azar y recita en voz alta.

«Fui a los bosques porque deseaba vivir en la meditación, afrontar únicamente los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella había de enseñarme, y no sucediera que, estando próximo a morir, descubriera que no había vivido».

El peregrino sonríe. Tiene los ojos semicerrados, como de estar soñando. Se queda un rato en silencio, pensando muy confuso. Es ya muy tarde. Se cansa de golpe, piensa que ya sólo falta empezar, que quizás esté dándole demasiadas vueltas a un viaje que quiere hacer a la que salga. Al fin y al cabo, si lo que buscase fuese ir a tiro fijo bien se podría decantar por el sobredimensionado Camino de Santiago, pero busca una peregrinación no tan masificada como la ruta tradicional jacobea. 

Sin embargo, es consciente de que ello tiene sus pros y sus contras. En primer lugar, no se encontrará con muchos otros peregrinos por el camino y, por eso mismo, las infraestructuras existentes son aún escasas. El presupuesto, por tanto, será necesariamente mayor.

  • 2

El camino de Loyola

A los pocos días, se levanta a la última noche. Se viste en medio del silencio. Una hora antes de la salida del bus baja las escaleras de su casa. El único ruido que se oye a esas horas por la calle es el sonar de sus botas. El sol aparece sobre el horizonte al dejar San Sebastián. En menos de una hora llegará a Azpeitia, y de ahí, enfilando la recta de la basílica de Loyola y dejando el macizo del Izarraitz a su derecha se perfilará la silueta del 'Vaticano pequeño'. 

Ante él, se para un instante. Como aún es pronto permanece cerrado. Sin embargo, el Uranga, más madrugador, ya ha abierto sus puertas. El peregrino se percata entonces de que sigue en ayunas, y recuerda que su padre le dijo una vez que «no conviene hacer las cosas en hipoglucemia». Lo cual, ahora, constituye la excusa perfecta para meterse un buen chocolate con churros entre pecho y espalda. Al fin y al cabo, piensa, no sólo de fe vive el hombre y, por otro lado, el peso de la mochila no se puede llevar sin el gobierno de las tripas. Esa debería ser, quizá, la primera premisa de cualquier peregrinación.

Mientras da cuenta del último churro, el peregrino se pregunta si esperar a que abra la basílica o empezar a andar cuanto antes. Por delante le quedan 650 kilómetros, así que no es cuestión de remolonear ya desde el primer día. Paga por tanto la cuenta, se ajusta la mochila a la espada, y parte solo y a pie, a imitación de aquel otro peregrino que casi 500 años atrás hizo lo propio, en ese mismo lugar. 

El peregrino deja atrás la basílica de Loyola y comienza a seguir las flechas naranjas. Se cruza con mucha gente andando, corriendo o en bici. El sol, a su espalda, le va calentando poco a poco, haciendo que su sombra se refleje tímidamente en el asfalto. A su derecha se escucha el rumor del río Urola, que baja manso en este punto. De vez en cuando se escucha cantar a algún pajarillo, y el zumbido de alguna abeja distrae de tanto en tanto al peregrino, que avanza con paso decidido entre un camino rodeado por manzanos y huertas en las que descansan silos de hierba recién cortada.

Distintos puntos de las etapas vascas del Camino Ignaciano. / IGNACIO VILLAMERIEL

Como aún es pronto, el canto de un gallo rasga el cielo anunciando la llegada de un nuevo día. Los primeros metros del Camino Ignaciano discurren por un paisaje bucólico en torno a la vega del Urola. Tanto es así que al peregrino le vienen a la cabeza los versos de Machado a los que Serrat puso música después: «Caminante son tus huellas el camino y nada más. Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino en estelas en la mar». O, como en este caso, en el río. 

Lamentablemente estas ensoñaciones duran poco, porque antes de llegar a Azkoitia se pasa por un polígono industrial que hace aterrizar de nuevo los pensamientos del peregrino, retornando de lo espiritual a lo mundano. Ya en el centro del pueblo, junto a la parroquia de Santa María la Real, hay un mercado de fruta, ropa, encurtidos y hasta de bacalao en salazón. El peregrino decide aprovisionarse de 200 gramos de jamón serrano, porque no es verdad que con pan y vino se hace el camino. O al menos, no es del todo cierto. Con un poco de embutido se hace mejor. Por el mercado pasan un grupo de siete txistularis, a los que la gente presta poca o ninguna atención, pero que alegran el ambiente. El peregrino come unas lonchas de jamón, que entra bien, aunque está salado de solemnidad. Se fuma un purito con sabor a vainilla y piensa que la vida puede ser maravillosa. 

El peregrino, al menos este peregrino, no necesita gran cosa para ser feliz. Quizá su ascendencia castellana le hace ser bastante austero. Da otra bocanada al purito y, de repente, la ceniza acumulada hasta ese momento se desprende. Ha consumido un tercio del habano y piensa en la metáfora de que, probablemente, su vida ya se ha esfumado en esa misma proporción. El cigarro se apaga por la inacción y el peregrino lo tira al suelo, impulsándolo entre el dedo pulgar y el índice. Se pone en pie de nuevo y continúa la marcha paso a paso y golpe a golpe por el Camino Ignaciano, que en este punto comparte trazado con el bidegorri del Urola. 

El valle se ve salpicado por fábricas aquí y allá que afean el paisaje. Varios kilómetros después de dejar atrás Azkoitia, el peregrino vuelve por primera vez la mirada. Aún se sigue viendo el imponente Izarraitz, que parece interpelar al peregrino, calibrando sus intenciones. «No vas a llegar hasta Manresa», parece decirle. Sin embargo, el peregrino está determinado a ello, y piensa que si Iñigo de Loyola lo logró hace casi 500 años estando medio cojo y sin las comodidades que aporta hoy en día el camino, él no va a ser menos. En ese preciso instante se para a pensar cómo sería esta travesía medio millar de años atrás. Pareciera como sí, el caballero de Loyola hubiera cogido un arco, hubiese lanzado una flecha y hubiera abierto un nuevo camino hasta entonces solo visible en su imaginación. Y, de ser así, el color de esa flecha sería naranja, como el color elegido ahora para señalizar esta senda.

El peregrino se para a cada rato, no tiene ninguna prisa. No mira el reloj, ni falta que le hace. Tiene como única compañía al sol, que cada vez se eleva más y más en la bóveda celeste, sin que por ello moleste lo más mínimo. Todo va bien, hasta que, de improviso, en lugar de la luz se hace la oscuridad. Un túnel. ¿Sin iluminación? El peregrino se adentra en él unos pasos y ¡plaf! un sensor de movimiento enciende unas luces cenitales. Cada 200 metros aproximadamente hay una nueva galería. El patrón se repite durante un buen tramo. Túnel, camino, un pequeño puente sobre el río y otro túnel. Así hasta perder la cuenta. Y mientras, unos metros más abajo, el Urola va haciendo meandros y la carretera, curvas serpenteantes. El camino transcurre por lo que antes era una vía férrea y se ve que algunos de los túneles, si no todos, fueron excavados a mano. Como es una zona de mucha humedad, de vez en cuando caen grandes goteras de la parte superior de las galerías que, si se meten por el cuello, refrescan una barbaridad.

Parajes de las etapas vascas del Camino Ignaciano.
Parajes de las etapas vascas del Camino Ignaciano. / IGNACIO VILLAMERIEL

Por fin, los subterráneos se espacian cada vez más y el sol vuelve a calentar. Hasta donde alcanza la vista todo es verde. A excepción del cielo, que, aunque hace buen tiempo, tampoco es azul del todo. El mar está cerca y la bruma se adentra en estos valles como un cuchillo en la mantequilla. El peregrino se refresca con el agua de una cascada y sigue caminando. No todo el suelo está asfaltado, algunos tramos son de grava. Cada vez que el peregrino se cruza con un ciclista contiene la respiración para que no salga volando alguna piedra por el efecto del canto de la rueda. No sería la primera vez que una china acaba impactándole en la espinilla, y solo de pensar en esa posibilidad, le recorre un escalofrío por la espalda. El valle se expande por fin y el peregrino se acerca a Zumarraga. Aunque está en buena forma, las piernas le empiezan a pesar un poco. Podría seguir caminando hasta Legazpi, pero por ser el primer día de marcha quizá no convenga empacharse de kilómetros. Así que come algo y se dispone a buscar alojamiento para la primera noche fuera de casa. Por la tarde tal vez suba a la ermita de La Antigua, la catedral de las ermitas, pero de momento se impone una ducha y una buena siesta. Después ya verá.  

  • 3

Arantzazu

Al día siguiente el peregrino se levanta sin prisa. Por la noche, desde la cama, ha escuchado fuertes chaparrones, y al abrir la ventana se confirma que el día está gris y amenaza lluvia en cualquier momento. En cualquier caso, no queda otra que abrigarse bien, coger el bordón, y echar a andar. Pero antes, claro, conviene tomarse un buen desayuno en una cafetería cercana a la estación de tren de Zumarraga.

Al salir de este pueblo, el paisaje fabril, lleno de cadáveres industriales, no es especialmente bonito camino de Legazpi. Por no decir que es bastante feo. Las ventanas de las fábricas abandonadas están rotas en su mayoría. Le entran ganas de tirar una piedra para romper las pocas que aún se conservan intactas. Por el camino hay multitud de babosas y lombrices, que dejan una estela de babas a su paso. Mucha gente pasea despreocupada entre ambos pueblos. Hablan mayoritariamente en euskera y saludan al peregrino con un 'aupa'. Nada de 'buen camino', como se estila en el Camino de Santiago. La mayoría de estas personas quizá ni han oído hablar del Camino Ignaciano y miran sorprendidos las pintas del peregrino, como preguntándose para sí: «¿dónde irá éste?».

En las paredes desconchadas de las fábricas se pueden leer varias pintadas de grafitis. Al peregrino le hacen gracia estas dos: 'Arrancad la esperanza del hombre y haréis de él un animal de presa', y otra más corta, pero muy apropiada para los primeros días de cualquier peregrinación: 'Nunca te rindas'. Como si la hubieran puesto ahí a propósito.

Al salir de Legazpi hay más fábricas, pero pronto se llega al paraje de la ferrería Mirandaola, y el paisaje se vuelve mucho más campestre, pastoril, recordando incluso al de la película 'El Señor de los Anillos'. En el río aparecen patos de distintos plumajes y el agua está límpida. Hay musgo en las raíces de los árboles que sobresalen por entre el camino. La humedad es, en esta parte, la dueña y señora del ambiente.

En el barrio de Telleriarte, un apicultor carga en su todoterreno unos panales de avispas, de los que se usan para hacer miel. Crecen multitud de ortigas por el camino y las gotas del rocío matutino se quedan en sus hojas hasta que una ráfaga de viento las hace caer de súbito. Por lo demás, reina un silencio sepulcral, tan sólo roto por el bajar renqueante del río. Al llegar a Brinkola, unas vacas imponentes reciben mascando hierba en un prado al peregrino, que piensa que con gusto se comería una buena txuleta de cualquiera de ellas. Pero lógicamente se queda con las ganas.

El camino a su paso por Gipuzkoa. / IGNACIO VILLAMERIEL

Quizá por eso, unos metros más adelante, al llegar al caserío Igarralde y ver un cartel que anuncia: 'Se vende pan de caserío', el peregrino comienza a llamar insistentemente a la puerta. Un vecino que pasa por ahí le dice que el dueño no está, pero se ofrece a ir en su busca. Al rato aparece con él. Se llama Tiburcio y hace pan sólo los sábados y los domingos. «Perdón por la espera, pero estaba poniendo la calefacción de la iglesia para el servicio de esta tarde», dice a modo de saludo. Tiene sonrisa de buena persona. «Puedes llamarme Tibur», comenta mientras envuelve en papel uno de sus panes caseros. «El mío es un nombre poco común», sostiene entre risas, y después se interesa por el itinerario que seguirá el peregrino. «Ahora te toca subir bastante, y con este día, no sé si vas a poder disfrutar mucho de las vistas que ofrece la montaña», avisa. Pero el peregrino está concienciado en seguir adelante pase lo que pase. Por eso, paga a Tibur su pan, se despide, y sigue caminando.

Sin embargo, el vaticinio del panadero-sacristán no tarda en cumplirse. A la salida de Brinkola hay una subida de tomo y lomo que hace que el corazón del peregrino se ponga a casi 200 pulsaciones por minutos y tenga que pararse un poco para recuperar el resuello. El peregrino se despoja de su abrigo. Aunque el día es fresco, ha roto a sudar inopinadamente. En ese punto observa que otra peregrina asciende también el cruel repecho. Se saludan, y descubren que ambos están haciendo el mismo camino. Se llama Nadia Mohamed, y es una farmacéutica salmantina con ascendencia sudanesa. Tiene una conversación agradable, una sonrisa dulce y hace buenas migas con el peregrino desde el primer momento. Empiezan a caminar juntos y pierden por un momento la atención sobre las flechas naranjas que marcan el camino.

Parajes de las etapas vascas del Camino Ignaciano. / IGNACIO VILLAMERIEL

Al rato se dan cuenta de que están perdidos, pero deciden no desandar sus pasos sino seguir adelante y confiar en que tarde o temprano se puedan reenganchar a la ruta principal. Para colmo de males empieza a llover con fuerza y los dos se tienen que cobijar bajo el paraguas de ella al principio, y después en un pequeño refugio de montaña. Cuando por fin cesa la lluvia, lo primero que ven al salir del refugio es un pequeño zorro que huye despavorido al percatarse de que tiene compañía en sus normalmente tranquilos dominios.

Por suerte, ella, más previsora, tiene una aplicación en el móvil que les permite hacerse una idea de la dirección por la que queda Arantzazu, y hacia allí se encaminan. O al menos lo intentan. En un momento dado, cuando ya estaban perdiendo la fe de encontrar de nuevo el camino, se topan con una tropilla de caballos de los que pastan en los montes durante meses. Estos, al verles, echan a correr entre la lluvia y la peregrina le espeta al peregrino: «Qué bonita estampa. Sigámosles». Así lo hacen, y, casualidad, o no, encuentran de nuevo una de las flechas naranjas.

Tras reponer fuerzas con un poco de pan casero con chocolate y sacudirse el miedo del cuerpo, los dos peregrinos continúan la ascensión. El último tramo es especialmente duro y tienen que pararse cada cien metros, o menos. Por fin hacen cumbre y comienzan a bajar hacia Arantzazu, donde llegan pasada media tarde. Es momento de buscar refugio en el albergue, acicalarse, e ir a cenar para reponer fuerzas. Al día siguiente toca otra etapa de montaña.

  • 4

La subida a Urbia

El albergue de Arantzazu es en verdad confortable. Es nuevo, limpio, y ofrece todas las comodidades que el peregrino puede necesitar. Y no solo las físicas, ya que Joseba, su hospitalero, es una persona especialmente atenta y servicial. Con gente así da gusto echarse a andar.

El peregrino pasa una buena noche y se levanta con ánimos renovados. Pero el tiempo, para variar, vuelve a ser gris. Puede llover en cualquier momento. En el desayuno, el peregrino conversa con dos jóvenes checas. Tendrán aproximadamente su edad, y al parecer, en la República Checa ya han oído hablar de esta nueva peregrinación. «San Ignacio es muy conocido en nuestro país», explican ambas al unísono. Las dos se llaman Jana. «Ayer nos perdimos y llegamos casi de noche al albergue», dicen con una sonrisa de resignación. «Un poco más tarde que vosotros», apostillan en referencia al peregrino y a su nueva amiga Nadia, que tiene pensando hacer algunas etapas del camino. En ese momento aparece ella portando un secador de pelo, que le devuelve al hospitalero de Arantzazu. Joseba no había tenido reparo en desplazarse hasta su casa para tomarle prestado el secador a su mujer y ponerlo al servicio de la peregrina salmantina.

El peregrino piensa que sólo por esos detalles, por conocer a gente tan bien dispuesta como Joseba, sólo por eso, ya merece la pena echarse a andar. Le parece como si, por unos días, se pudiese sacudir de encima el egoísmo que se le pega a uno en el día a día de la ciudad. Tras desayunar, el peregrino paga la cuenta de la hospedería. 13,20 euros en total. Un chollo, vamos. Le devuelve a Joseba una guía del Camino Ignaciano que este le había prestado la víspera, y se despide del hospitalero sin artificio, pero con gratitud.

La primera parada del día, ya con la mochila a la espalda, es obligada. Hay que visitar la imagen de la Virgen de Arantzazu y, de paso, pedirle su bendición. La visita pretendía ser breve, pero como quiera que en ese momento va a dar comienzo una misa, el peregrino decide quedarse. Entre otras cosas porque el cura ya se dirige al altar y le parece feo marcharse en ese punto. Se sienta en un banco con Nadia, y unos metros más atrás, 'las Janas' hacen lo propio.

La celebración resulta ser íntegramente en euskera, por lo que ni las peregrinas checas, ni Nadia, se enteran de nada. No así el peregrino, que, aunque no habla el idioma con total soltura, al menos sí lo entiende a la perfección. De hecho, le gustan los cantos en euskera y no puede evitar que se le pongan los pelos de punta con alguno de ellos.

Cuando se disipa el humo de las últimas velas, el peregrino y Nadia comienzan la ascensión hacia las campas de Urbia, que transcurre por una pista para todoterrenos con una pendiente tendida que se sube relativamente bien. Los peregrinos hacen de vez en cuando un alto en el camino para echar un trago del espeso y saludable vino tinto que les había sobrado de la cena.

En poco más de dos horas llegan a la taberna de Urbia. La lluvia les ha respetado hasta entonces y parece que el día quiere levantar. En el cielo se empiezan a ver los primeros claros. Lo celebran tomando unos caldos de carne bien calientes, que les entonan el cuerpo. Luego comparten un par de bocadillos, y de postre, una ración de queso de Idiazabal con membrillo. Con el estómago lleno, retoman la marcha por uno de los lugares clásicos del pastoreo vasco. Se ve mucho ganado suelto pastando despreocupadamente por las campas de Urbia.

Los peregrinos no saben exactamente en qué punto, pero han cambiado por primera vez de provincia. Dejan Guipúzcoa para entrar en Álava. En principio, según tenía previsto el peregrino, tendrían que atravesar el túnel de San Adrián, para acceder a la llanura alavesa. Pero, sin saberlo, deben de haber seguido alguna otra ruta alternativa, porque el túnel ni lo ven. Al peregrino le fastidia un poco, porque le ha oído muchas veces a su padre que ese fue «el único lugar en el que se arrodilló Carlos V », y le hubiera hecho ilusión pasar por ahí. Pero, en fin, qué se le va a hacer, rumia internamente mientras rasca el suelo con su bastón, como un niño chico. Entonces Nadia, como para consolarle, comenta que al Camino Ignaciano aún le hace falta un pequeño empujón en lo que a señalización se refiere.

  • 5

En busca de la Llanada Alavesa

Comienzan a descender hacia Araia, adonde llegan hacia las cuatro de la tarde. En ese momento empieza a llover con ganas. Se refugian en una cafetería cercana a la iglesia y se plantean por primera vez dónde pasar la noche. En Araia hay una casa rural, pero está completa. Existe la opción de continuar camino hasta San Román de San Millán y dormir en un hotel de carretera, pero al peregrino no le puede seducir menos esa opción. En cualquier caso, determinan seguir hasta San Román, que está a unos cuatro kilómetros en línea recta, y después ya se verá.

Cesa un poco la lluvia y se echan de nuevo a andar, siguiendo la flecha naranja hasta el polideportivo de Araia. En principio, continúan todo recto por lo que parece la senda que tienen que seguir, pero al tiempo se dan cuenta de que se han debido de despistar, porque avanzan y avanzan durante casi una hora, pero no ven sin rastro de San Román.

Efectivamente, sus temores se confirman tras una rápida ojeada al móvil de Nadia. Entonces se dan cuenta de que han andado un buen trecho en la dirección que no es. El peregrino escupe sapos y culebras por la boca, hasta que se le pasa un poco el cabreo. Poco antes de las siete de la tarde llegan por fin a San Román. El casco urbano es pequeño y no hay alojamiento alguno, más allá del referido hotel de carretera de las afueras. El peregrino no está dispuesto a pasar allí la noche y remueve Roma con Santiago, y Loyola con Manresa, para intentar que algún vecino cortés tenga a bien hospedarle en su casa, aunque eventualmente tengan que rascarse el bolsillo. Pregunta a dos o tres, pero todos le remiten al «hotel de camioneros». Hasta que, en un momento dado, aparece Eduardo, que resulta ser el antiguo alcalde del pueblo, y que recibe con campechanía a los peregrinos. «Cuando yo era el alcalde, alguna vez ya dejé que durmieran peregrinos en un gimnasio-sociedad que tenemos en el pueblo. Pero desde hace poco ya no lo soy y, por tanto, no lo puedo decidir yo», sostiene.

Pero, el peregrino siente abrirse un pequeño resquicio de luz, y pregunta: «¿Quién lo tendría que decidir entonces?», y Eduardo responde de manera directa y con la contundencia que se acostumbra en los pueblos: «pues el nuevo alcalde», como si la pregunta del peregrino fuese de Perogrullo, y este le hubiera resultado de pronto un poco tonto.

Al darse cuenta, rebaja un poco el tono, y añade. «Se llama Edu, como yo, si queréis le puedo llamar para preguntarle si os deja». En ese momento interviene Nadia, que hasta ese momento ha permanecido callada, pero a la que se nota a la legua que es bastante reacia a pasar la noche en un local social: «¿hay ducha al menos?», pregunta. «No, baño sí que hay, pero ducha no», responde el exalcalde de San Román.

Sin embargo, ante la insistencia el peregrino, Eduardo saca por fin el móvil y le llama a su sustituto en el cargo, quien responde afirmativamente a la opción de que dos completos desconocidos a los que ni siquiera ha visto aún, pasen la noche en el local social del pueblo. Edu es un hombre joven, de mediana edad, y pese a lo avanzado de la tarde, parece que se acaba de despertar de una larga siesta. A priori no responde a la imagen que a uno le viene a la cabeza cuando piensa en el alcalde de un pueblo pequeño. Cuando los peregrinos le plantean si tienen que darle algo por dejarles las llaves de un local que, entre otras cosas, cuenta con una buena televisión, responde: «Nada, hombre, faltaría más». El peregrino piensa entonces, por segunda vez en un mismo día, que en verdad hay gente buena en el mundo. «Mañana, cuando os vayáis temprano, me dejáis las llaves en el buzón y listo», les dice Edu al despedirse.

Los peregrinos colocan como colchón unas cuantas esterillas de las que se usan para hacer gimnasia y evitarse así dormir sobre el duro y frío suelo. Se cambian de ropa, y se van a cenar, ahora sí, al Aldamur, el hotel de carretera que está a las afueras del pueblo. Al llegar, ven que las peregrinas checas con las que habían coincido en Arantzazu, sí que van a pasar allí la noche. Una estampa, piensan, poco acorde a lo que debería ser una peregrinación. Tras la cena, Nadia compra una manta con la que poder cubrirse en el local social de San Román de San Millán y el peregrino busca quitarle hierro a la situación con un poco de humor. «Piensa que dormir en el suelo es bueno para la espalda».

  • 6

Hasta Laguardia, pasando por Campezo

Al cuarto día sale por fin el sol en todo su esplendor. La mañana está diáfana y el campo luce como una postal. Así da gusto, piensa el peregrino. Lo primero que toca nada más dejar San Román es subir el puerto de Bikuña. Es una bonita ascensión desde donde se va viendo, según se ganan metros, buena parte de la Llanada Alavesa. Por lo menos hasta Vitoria, y más allá incluso, si el tiempo está despejado.

Lo único malo es que las lluvias de los días previos han embarrado considerablemente el camino. Al llegar arriba, se crestea durante un buen rato antes de llegar a la llanura de Zezama, en la que pastan multitud de caballos con sus potrillos. Otra etapa realmente bonita para andar. Además, en la parte alavesa, la señalización del Camino Ignaciano está curiosamente mejor que en la guipuzcoana.

Tras la subida, toca bajar de nuevo hasta Ullibarri, donde Nadia y el peregrino reponen fuerzas en un bar. En la sobremesa valoran si no es mejor prolongar la etapa más allá de Alda. Al fin y al cabo, aún es pronto, y no se ven pasando toda la tarde en un pueblo que no debe tener ni un triste bar siquiera. Finalmente se deciden por seguir hasta San Vicente de Arana y, allí, como todavía se ven con fuerzas para seguir andando, se decantan por continuar hasta Orbiso, donde se aseguran previamente de que haya alojamiento.

Al llegar allí, ya de atardecida, les recibe Mariví, al frente de su casa rural. Es una mujer amable, que sonríe al hablar, y que está lleva de buena intención. Les sirve unas lentejas con panceta para cenar, seguidas de una tortilla francesa con pimientos rojos. «Todo ecológico», asegura. Al terminar la cena es ya noche cerrada, y los peregrinos no tardan en irse cada uno a su respectiva cama. En el mismo alojamiento también se hospeda un matrimonio suizo que durante un mes va a seguir las huellas de San Ignacio, «hasta Manresa, si todo va bien».

Al día siguiente toca realizar la última etapa por el País Vasco, aunque esta discurre en parte también por Navarra. Es aún temprano cuando el peregrino y Nadia salen otra vez al camino. La mañana está más bien fresquita y el cielo aparece algo cubierto. Caen unas gotas de lluvia aquí y allá, pero el día fuerza por levantarse. Poco más tarde, cuando el sol empuje, las nubes desaparecerán y el aire se irá calentando. El primer pueblo al que llegan los madrugadores peregrinos es Campezo, cabecera de la comarca, o cuadrilla, del mismo nombre.

Como ya habían desayunado donde Mariví, atraviesan el pueblo sin pararse siquiera. Los vecinos aún duermen, a tenor de las ventanas cerradas y de las persianas bajadas de las casas. Al poco de salir de Campezo el terreno empieza a ondularse ligeramente, pero trascurre sin ninguna complicación técnica, más allá de la remota posibilidad de resbalar con un limaco. Al menos hasta llegar a una subida bastante exigente camino de La Población. Las vistas desde este pueblo son notables, con la ciudad de Logroño unos kilómetros más abajo. En Meano hacen una parada técnica para comer un buen chorizo pasado por la sartén, regado por un tinto de la zona, antes de seguir camino hasta Laguardia. A la capital de La Rioja Alavesa llegan pasadas las siete y media de la tarde con un algo de pena en el cuerpo por no poder seguir andando unos cuantos días más, pero se consuelan pensando que seguramente tendrán una nueva oportunidad más adelante.

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