«Por atreverse a discrepar»

Hace 20 años ETA mató en Ordizia a María Dolores González Katarain, 'Yoyes', que había abandonado la organización, en un atentado que marcó un antes y un después

JORGE SAINZ
«Por atreverse a discrepar»/
«Por atreverse a discrepar»

SAN SEBASTIÁN. DV. Había decidido abandonar ETA en 1979 y llevar una nueva vida. No compartía el rumbo que la organización estaba tomando y se desmarcó de la lucha armada. Ello le valió críticas y acusaciones de ETA y su entorno. Pese a ello, y tras cinco años en México, decidió regresar a Euskadi. Sabía que su vida podía correr peligro pero pesaba más el deseo de volver a su país. En 1985, al poco de su llegada, aparecieron en diversos pueblos pintadas que la acusaban de «traidora» y «chivata». María Dolores González Katarain, Yoyes, de 32 años, no llevaba ni un año en el País Vasco cuando un etarra le disparó a bocajarro mientras paseaba con su hijo de tres años por las calles de su Ordizia natal. Fue el miércoles 10 de septiembre de 1986, el día grande de las Euskal Jaiak, hace hoy veinte años.

Dos décadas después, familiares, amigos y ex compañeros siguen recordando su figura y consideran que su abandono de ETA fue una evolución «lógica» como la de otros muchos militantes que dejaron la organización durante la Transición y que apostaron por vías exclusivamente políticas.

El asesinato de Yoyes ha sido uno de los atentados más significativos de la historia de ETA e inspiró, incluso, una película, estrenada en 2000. Había sido la primera mujer dirigente de ETA y su muerte la elevó a la categoría de «mito». Así lo cree Iñaki Gurrutxaga, compañero de militancia de Yoyes en ETA durante el franquismo y que después siguió su actividad política en Euzkadiko Ezkerra (EE), que explica que «era muy admirada» en el entorno de ETA, en el Goierri y en «sectores más amplios» que le consideraban una persona «comprometida, con clarividencia política», y también por «su condición de mujer» en una organización liderada mayoritariamente por hombres.

Su muerte también supuso un punto de inflexión en la repulsa social al terrorismo, señala Kepa Korta, elegido alcalde de Ordizia por EE meses después del asesinato y uno de los impulsores de los posteriores homenajes. Korta compara el impacto en el nacionalismo de la muerte de Yoyes con el que tuvo en el constitucionalismo el asesinato del edil del PP Miguel Ángel Blanco en 1997. «Fue un revulsivo importante en el mundo nacionalista. Se perdió el miedo a ponerse en la calle detrás de una pancarta. También parte del mundo de HB lo vio mal», rememora.

La periodista Elixabete Garmendia, amiga de Yoyes, coincide en que muchos nacionalistas se dieron cuenta de que «el silencio era inadmisible» y se «empezó a romper el tabú de que ETA era intocable».

Fue en 1979, en plena Transición, cuando Yoyes decidió abandonar esta organización. Rompió con ETA por razones personales -quería llevar otra vida-, y políticas. Un libro elaborado por sus amigos con motivo del décimo aniversario recoge fragmentos de su diario y unas reflexiones de 1985 en las que Yoyes señalaba que la lucha armada estaba «degenerando en algo terrible, dictatorial y mítico, contrario a mis valores y sentires más profundos».

Gurrutxaga añade que es un proceso que se dio en mucha gente. «La historia de ETA viene a demostrar que muchos que pensaron que era un proyecto revolucionario al servicio del pueblo ven que empieza a tomar vías absolutamente militaristas y se convierte en violencia por violencia», argumenta. El ex militante de EE, actual asesor del grupo municipal del PNV en San Sebastián, considera que Pertur había hecho esa evolución tiempo atrás y recuerda que también fue asesinado diez años antes, en un caso todavía sin esclarecer. «Pertur marcó un antes y un después en que no era lo mismo la ETA con Franco que sin Franco», subraya.

Amnistía de 1977

En el comunicado de ETA militar que justificaba el asesinato de Yoyes se aludía a que las medidas de reinserción del Gobierno español buscaban «debilitar» a la organización. Informaciones de la época también señalaban que Yoyes se había acogido a las medidas de reinserción social. Desde la familia han precisado que esto no fue exactamente así, sino que regresó al País Vasco en virtud de la Ley de Amnistía de 1977 y al no tener cargos pendientes con la justicia española, tal y como la propia Yoyes recoge en varios extractos de su diario. Finalmente volvió a San Sebastián en 1985 con su marido, Juanjo Dorronsoro, y el niño de ambos, Akaitz, y llevó una vida discreta sin hacer declaraciones públicas.

El paso del tiempo no ha apagado su recuerdo. Sus familiares colocan todos los años en la céntrica plaza donde fue asesinada una foto de Yoyes con flores y una inscripción que recuerda que la mataron «por atreverse a discrepar y por usar la libertad».

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