Iruña-Veleia otra vez a la palestra

HENRIKE KNÖRRUPV-EHU

Hace doscientos años, Francisco Martínez Marina, en la entrada correspondiente a Iruña del Diccionario de la Real Academia de la Historia (1802), escribía del despoblado: «Está situado dos leguas cortas al oeste de Vitoria, en una colina que domina toda su circunferencia. Fue célebre en lo antiguo el pueblo de Iruña, voz vascongada, que vale tanto como «Villabuena». Pamplona tuvo el mismo nombre hasta que los romanos se lo mudaron en Pompeyópolis, y es de creer que a ésta hayan aplicado nuestros escritores algunos pasages de la historia que pertenecen a Iruña de Alava.»

Y continuaba después: «Sin embargo de haber sido un pueblo enteramente romano, como lo acreditan los vestigios de edificios arruinados, inscripciones, monedas y otros monumentos, nuestros historiadores no hacen memoria de él, y los naturales del país que se dedicaron a escribir su historia, adelantaron muy poco sobre esta materia, y aun escribieron con grande incertidumbre, generalidad y confusión».

En su lamento, no le faltaba razón al director de la Real Academia de la Historia, a quien en sus noticias sobre Álava tanto ayudó Lorenzo de Prestamero, aquel cura alavés, miembro activo de la misma institución. Sólo que ahora creemos que Iruña no es 'Villabuena'. El primer elemento es, sí, (h)iri, 'ciudad', pero el segundo preferimos relacionarlo con un, 'lugar', como en el caso de la capital navarra y el Irun guipuzcoano (y Ataun, Solaun, etc.). Y es seguro que tanto en Navarra como aquí la última vocal, Iruñ-a, es el artículo determinado, es decir, 'el lugar de la ciudad', con ese artículo que cae cuando hay algo a la derecha: muy cerca, en Víllodas, tenemos Irunbea, que no puede ser más que 'debajo de Iruña', y un poco más allá, en Ariñiz, otro topónimo es Irunbide, o sea, 'camino de Iruña'. Exactamente como en la Cuenca de Pamplona, donde son decenas y decenas los Irunbide y demás. Añadiré que Iruña es una excepción en Álava, donde los topónimos con (h)iri- cambiaron la 2 primera vocal muy tempranamente; en la Reja de Álava (1025), esa preciosa lista de pueblos alaveses, todos ellos son Huribarri. Eso nos llevaría a pensar que el nombre de Iruña se fijó mucho antes.

Se habla de Veleia en las fuentes clásicas y altomedievales, por ejemplo en la crónica del rey Alfonso III, donde leemos Uelegia Alabense. Iruña se atestigua posteriormente, aunque no hay que excluir un empleo oral del nombre. Tendríamos así un buen ejemplo de lo que el gran romanista Rohlfs llamó «toponimia de doble tradición»: aquí la gente del lugar diría Iruña, y Veleia era la forma conocida y empleada por la gente letrada y viajera, si puedo hablar así.

Esta Iruña alavesa, aun en su larguísimo letargo, ha dado lugar a apellidos conocidos, como los Martínez de Iruña, propietarios de la casa fuerte en lo alto de Badaia, en un lugar estratégico. En el siglo XV, Andrés Martínez de Iruña dona la torre a la orden de los Jerónimos, y los Iruñas se trasladan a vivir a Vitoria, a la casa de Doña Otsanda. Ocupó esta familia puestos muy importantes en la vida vitoriana y su escudo está en el ábside de la iglesia de San Vicente. No olvidemos que Iruña dio nombre a una hermandad de la provincia de Álava, como si fuera el eco de antiguas glorias.

Y de repente, he aquí que Iruña-Veleia sale a la palestra. O mejor: vuelve a salir a la palestra, después de haber salido hace unos días por otras razones. Ahora por unos testimonios lingüísticos de una importancia extraordinaria, aunque lo que conocemos es todavía, casi con toda seguridad, una pequeña muestra.

En efecto, de la Antigüedad teníamos hasta ahora en nuestra lengua, en contextos latinos, nombres vascos (o vascoides) de personas y de dioses, por no hablar de topónimos mencionados en los escritos de geógrafos e historiadores. Y en estas mismas semanas nuestros ojos contemplan, asombrados, inquietos, febriles, esperanzados, palabras de uso común, de todos los días, como:

Estamos ante un sueño, pero un sueño que es realidad: testimonios de la lengua vasca, según parece, del siglo IV (y, sin embargo, tan «moderno»).«¿Por fin podremos salir del círculo de las Glosas!», me ha escrito un buen amigo, renombrado profesor de la Universidad Complutense. Glosas ingratas, ésas del siglo X, añadiría yo, pues de ellas sólo entendemos lo que menos interesa: guec, ez y dugu, sin poder saber qué es izioqui (¿no será el segundo elemento oki, 'lugar'?) y tampoco ajutu (a no ser que esta palabra sea un eco de adiutum, participio sustantivado de adiuvo, 'ayudar', y entonces la segunda frase sería 'nosotros no tenemos ayuda').

Hoy los que estamos en esta mesa participamos a todos nuestra alegría, con la promesa de trabajar, a una con los arqueólogos (de quienes dependemos totalmente), de modo que en un plazo razonable podamos dar a conocer un conjunto epigráfico de un enorme interés. Sólo este material de que disponemos ya nos hace preguntas, y preguntas de gran calado. Ojalá sepamos responderlas, para hacer otras preguntas, y encontrar nuevas respuestas, y así sucesivamente, como la ciencia exige se haga.

Quizá Vasconia no haya sido un etnódromo, como definió Georges Dumézil a Siberia. Pero en estas tierras se percibe la huella de varios pueblos y culturas. Los descubrimientos recientes sin duda nos ayudarán a desvelar algunos secretos.

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