Domingo, 12 de marzo de 2006
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CULTURA
música | Salar Aghili
Sutilezas persas
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Muy en familia, recogido de la destemplada noche sabatina al calor del Kursaal pequeño, el no muy numeroso puñado de gentes curiosas que acudió ayer a la nueva cita donostiarra con las músicas orientales tuvo el privilegio de viajar por un rato en el tiempo a una de las cunas de la sabiduría: la vieja Persia. Y lo hizo con un sentido recital de canciones y melodías ofrecidas a la más vieja y pura usanza: sin un solo cable o enchufe de por medio, a palo seco, en un auténtico y genuino ejercicio sonoro unplugged.
Se recibía al joven y asentado intérprete Salar Aghili, que está considerado como uno de los valores claves de las nuevas generaciones de cantantes tradicionales iranís. De presencia simpática y esbelto tupé, Salar estuvo cercanamente flanqueado por un muy hábil Hamed Fakouri, que toca el târ o laúd de mástil corto (usó dos diferentes), y Mehdi Bageri, con el kamantché, instrumento de cuerda que se ejecuta mayormente con arco, pero también directamente con los dedos (quien usó también dos diferentes).
Harir Shariat Zadeh, esposa del cantante, profesora de música como el mismo y especialista en el enorme pandero daf, era la única mujer en escena. Y completaba el elenco Arsh Farhang Far, con el tombak, tambor en forma de cáliz. Todos sentados. Ellos con coloristas chalecos y elegantes botines bajos. Harir, de vistoso vestido largo oriental y con su melena al aire, sin pañuelo, velo islámico o similares.
Una de las claves de ese viaje a las esencias músico-poéticas del viejo imperio fue el lento y relajado fluir de la velada. Con una larga introducción instrumental y algunas paradas para entonar los instrumentos de cuerda. Como se ha hecho durante siglos, afinando en directo, ante la gente, sin trucos, prisas o agobios. Dejando que la canción y su arrope instrumental fluyan al desnudo ritmo que marcan la voz y los instrumentos, sin la parafernalia de filtros técnicos por la que hoy están obligados a regirse los repertorios de la mayoría de conciertos, forzosos rehenes de la tecnología. Posee Salar Aghili una voz aparentemente dulce, pero que en algún leve momento se tornó vozarrón. Domina con bien aprendida disciplina los ejercicios respiratorios, corretea con igual soltura en tonos altos y graves y canta unido muy de cerca los instrumentistas de cuerda, de forma un tanto similar a como lo hacen cantaor y tocador en el flamenco, pero sin la cercanía estilística al jondo que tienen por ejemplo los cantantes sufís. En su caso se trata de tradiciones chiís, religión mayoritaria en Irán.
Fue un recital acariciante, recogido, íntimo y amable, sin sobresalto alguno. Los dos especialistas en cuerda dieron una lección de sensibilidad y similar tarea protagonizó la pareja de percusionistas que les secundó a ratos. Destaca en el trabajo con el amplio pandero daf la habilidad que exige tenerlo suspendido en el aire, soltando los dedos percusivos manteniendo el ancho instrumento a pulso.
Pishdaramad shour, Saz o Avaz, Mashno Ey Doost (dity), Fly, Art, Mane bidel y Pashte bikaran fueron los títulos ofrecidos, compuestos por Shahnazi, Medhi Bagheri, o de corte tradicional, y las dos últimas piezas salidas de la mano del laudista Hamed Fakouri. Los poemas pertenecían a los clásicos Saádi y Akhavan Sales.
Entrañable encuentro con unos músicos que viven las viejas melodías con recogida seriedad para explotar al final de algunas canciones en camaraderil alegría comedida.Sabias sutilezas de la histórica civilización persa.



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