La investigación

MANUEL ALCÁNTARA

El azar es insolvente. Pesa y condiciona nuestras vidas en mucha mayor proporción que el destino y que el carácter. Quizá por eso los chinos dicen que una cucharada de suerte vale más que un barril de sabiduría, pero en todo caso, y muy especialmente en el caso Cougar, no debemos dejarnos engañar como chinos. Los investigadores de la catástrofe son catastróficos. Más de cuarenta días después del siniestro y después de sucesivas peticiones de aplazamiento, han mostrado las conclusiones de sus pesquisas. El informe final apunta a un fallo humano. Por lo demás, todo es un parte meteorológico: condiciones meteorológicas adversas, posible maniobra agresiva a muy poca altura del suelo, el radar altímetro apagado...

Después de cinco meses de arduas investigaciones se nos da a conocer que los dieciséis militares que llevaba a bordo el Cougar murieron «por causas desconocidas». No hace falta ser Sherlock Holmes, ni Maigret, ni siquiera Marlow, para llegar a semejante conclusión: basta con ser Bono. El ministro de Defensa únicamente habló de certezas para descartar un ataque o la posible explosión del armamento que viajaba en las mismas, pésimas, circunstancias que los viajeros.

Siempre que sucede una tragedia el impulso primero es buscar culpables. Los muertos están completamente indefensos pero parece que se les ayuda si encontramos las causas de su defunción. Si castigamos a alguien suponemos que les aliviamos, pero lo cierto es que tenemos derecho a saber y aquí sabemos menos cada día que pasa y han pasado muchos. La destrucción y el incendio de la aeronave hace imposible comprobarlo. Sólo conocemos una cosa: los muertos, como en el poema de César Vallejo, siguen muriendo. Ya no sufren «el estrés producido por el vuelo en ambiente de amenaza».