Goyas

JOSÉ JAVIER ESPARZA

Ellos estarán muy contentos, y quizá con razón, pero someter al espectador a cuatro horas de gala televisiva es un suplicio sólo comparable a seguir una tertulia de Versión española. Eran las diez, cuando comenzó la ceremonia de entrega de los premios Goya 2005; pasaban las dos de la madrugada cuando Isabel Coixet se alzaba como ganadora. Concha Velasco y Antonio Resines llevaron lo fundamental de la gala. No hubo nada más que ellos y sus papeles: ni charangas, ni soflamas, ni números cómicos ni relato de fondo. Hubo, sí, un tema narrativo que sirvió de guía a la ceremonia: los veinte años de «goyas», lo cual dio pie a la Academia para poner en imágenes lo que el cine español ha dado de sí en estos últimos años, tanto los veinte «académicos» como los anteriores. Misteriosamente, en estos últimos aparecía siempre Fernando Fernán Gómez. La selección de fragmentos, bastante atractiva, servía para dar entrada a los presentadores de cada premio. El recurso habría compensado la pobreza del guión si la fiesta no hubiera durado tanto, pero aquello no había quien lo soportara. Esta vez los Goya carecían del atractivo de la bronca, que en los últimos años ha sido uno de sus principales alicientes. Está claro que contra Aznar vivían mejor o, se lo pasaban mejor. Algo de mal rollo sí que sobrevolaba el ambiente; los crípticos comentarios sobre Garci, Méndez Leite y el requisito de no citar nombres sigue oliendo a chamusquina.

Pero todo eso quedaba para los iniciados en los herméticos secretos del cine español. En materia de política, hubo una mención expresa de la guerra de Irak, pero vino en boca de un argentino. Y hay que subrayar que, después, Juan Luis Galiardo se permitió reprochárselo al recomendar a los premiados «que seáis breves aunque seáis argentinos». En otro orden de cosas, llamó la atención el largo parlamento en inglés de la hermana de Woody Allen, sin duda conmovedor, pero que nadie tuvo el detalle de traducirnos; menos mal que toda la gente de nuestro cine habla inglés y supo tributar una larga ovación a la entrañable oradora. En cuanto a las gradas, nunca una ministra ha salido tantas veces en pantalla como la señora Calvo. Sería porque a su lado estaba la directora general de RTVE, Carmen Caffarell. También se vio mucho a Antonio Banderas, que llevaba años sin aparecer por allí. El balance de audiencia fue lamentable: un millón y medio de espectadores menos que el año pasado, 5,7 puntos menos de share en un año. Serio.