A mí también me deben

MANUEL ALCÁNTARA

Tuvo suerte el gran Julio César al encontrarse la Galia dividida sólo en tres partes. Si hubiese sido diecisiete autonomías no llega a Emperador. Como era previsible, después del Estatuto catalán, que desaprueba el 75 por ciento de los españoles, se nos ha venido encima una serie de reclamaciones de las otras dieciséis comunidades. Sumadas las deudas históricas con las deudas histéricas alcanzan unos 37.000 millones de euros. «Oiga, que a mí también me deben», gritan los presidentes autonómicos. No es la hora de los estadistas, sino de los modistos: tendrán que diseñar nuevos modelos de financiación, para congoja del señor Solbes, que creo que ya no puede más. Van a aparecer facturas con pinta de incunables, que ya sabemos que la memoria histórica jamás ha padecido Alzheimer. Cuentas antiguas que han ido creciendo con la espera, pero que pueden hacer adelgazar al Estado, que se calcula que perderá algo más del 40 por ciento de sus impuestos al tener que cedérselos a las distintas regiones centrifugadas.

Si bien se mira, las pérdidas estatales son proporcionalmente idénticas a las que sufrirán los kiosqueros a los que se les prohíbe vender tabaco.

«Zapatero, deja vivir a los kiosqueros», se leía en una pancarta de la manifestación, pero ¿por qué iban a ser los kiosqueros una excepción?

Vivimos un momento muy caliente, por no decir que esto está que arde, a pesar del frío. Ha nevado hasta en Ecija, la archivera del sol, y los periodistas menos dados a la innovación de la metáfora siguen hablando del «blanco sudario» y del «manto de armiño», que ya hay que echarle valor.

Aquí de lo que hay que hablar es de la deuda histórica. Nos va a salir por un pico y una pala para enterrarnos por separado.