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Westminster unilateral

Si el Parlamento británico opta por posponer la aplicación del 'Brexit', Bruselas deberá obligar a Londres a que salga de su marasmo

El Parlamento de Westminster votó el martes en contra del acuerdo alcanzado por la 'premier' Theresa May con el presidente de la Comisión Jean-Claude Juncker para añadir una declaración propia al acuerdo sobre el 'Brexit', a modo de salvaguarda irlandesa. Ayer los parlamentarios británicos se opusieron solo por cuatro votos de diferencia a una ruptura sin contemplaciones con Europa. Su postura contraria les conduce hoy a una tercera votación sobre si quieren o no posponer el 29 de marzo como fecha de salida de la UE. Claro que esta última opción cobrará sentido si los demás socios de la UE aceptan prorrogar, al parecer en dos meses, la aplicación del artículo 50 del Tratado de Lisboa y, en definitiva, si en ese tiempo May logra inclinar el parecer de Westminster hacia la aceptación del acuerdo. Ayer se evitó el peor de los males, una desconexión abrupta del Reino Unido respecto al resto de la UE de la que continúa formando parte. Tal supuesto habría obligado a Londres a determinar en solitario las circunstancias de su salida. Conviene no engañarse, esa es la razón última de que Westminster eludiera salir por su cuenta; porque solo la litigiosidad a la que daría lugar empantanaría las perspectivas de futuro del Reino Unido. Pero aunque ayer se haya evitado por la mínima una aplicación abiertamente desordenada del 'Brexit', los meses precedentes y las semanas que puedan sumarse al dilatar la salida refrendada en 2016 está generando un desconcierto insostenible. Este período está comportando muy serios costes, en inversiones y decisiones empresariales que también se posponen, en movilidad ciudadana que se retrae, en horizontes que se orillan en la vida de tanta gente. El hecho de que el 'Brexit' sea gestionado por alguien -May- que en 2016 se mostró contraria a romper con la UE refleja el despropósito de una operación cuyos promotores continúan sin responsabilizarse política y personalmente de sus consecuencias mientras azuzan al Gobierno británico. El Consejo y la Comisión Europea no tienen más remedio que obligar a Londres a que salga de su marasmo renunciando a transferir a la UE las cargas de una conducta unilateral y caótica.