La vuelta de la filosofía

La única seguridad que tenemos sobre el futuro es que habrá que seguir siendo humanidad sea en un entorno analógico o digital, con inteligencia artificial o sin ella

JAVIER CORTÉS SORIANODirector de Summa Aldapeta

¿Qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué me cabe esperar? ¿qué es el hombre? De esta manera desvelaba Inmanuel Kant los grandes motores de toda su empresa filosófica manifestada en su planteamiento de una metafísica renovada a la luz de la razón liberada de la tutela teológica, su propuesta ética articulada en torno al imperativo categórico, su reflexión sobre la religión o su antroplogía. Lástima que a menudo el estudio de la filosofía que se practica en nuestras escuelas vaya directamente al análisis de las respuestas que cada filósofo ha elaborado sin siquiera imaginar cuáles han sido las preguntas que las han motivado privando así a nuestros estudiantes de la auténtica perspectiva de ese estudio. Se entiende mucho mejor la reflexión existencialista de Albert Camus cuando uno se ha sumergido en su novela 'La Peste' y se encuentra a esa intensa interrelación de personajes en busca de algún posible sentido para tanta desgracia gratuita entre los cuales emerge como un alter ego del autor el doctor Rieux entregado en cuerpo y alma a su trabajo pero incapaz de formular el más mínimo sentido para su vida.

La filosofía no es el terreno de las elucubraciones autorreferenciales ensimismadas en un diálogo endogámico a mayor gloria del intelecto ocurrente aunque algunos, efectivamente, llegaran a discutir sobre el sexo de los ángeles. La filosofía nace de la pregunta, a veces angustiosa pero siempre apasionada por la vida. Una pregunta en busca del intelligere, del entender, del sentido, de la posible narración sobre nuestra existencia, que sea capaz de calmar el horror vacui que tanto inquietaba a los medievales.

Siempre he procurado que mis alumnos de filosofía sintonizaran con la pregunta base de cada uno de los filósofos con el fin de que el estudio de los diferentes sistemas adquiriera un mínimo de significatividad. La filosofía es la pasión por la vida convertida en una búsqueda ardua y costosa porque solo admite el tribunal de la racionalidad comunicable y para eso es necesario un enorme esfuerzo por adentrarse en ese camino desde la libertad, alejados del prejuicio, de la pereza mental, de los lugares comunes, de las modas, de la superficialidad y de la mediocridad. Un camino, además, que nunca se transita en soledad aunque se esté solo.

El 'Sócrates' de Platón estableció el paradigma del trabajo filosófico con sus diálogos dejando claro que no hay pensamiento filosófico sin encuentro dialógico constante y permanente, sea este con el pasado en la lectura intencional de los que nos precedieron y en el presente con los compañeros de momento histórico. La filosofía, antes que el estudio de sus diferentes sistemas es una actitud, un modo específico de arrostrar responsablemente la tarea de vivir. Por eso no hay realidad de la vida humana que escape a su consideración. Lamentablemente hoy la estudiamos empaquetada (ética, sociología, psicología, antropología) y desgajada (es más bien una cosa de letras que no tiene nada que ver con la ciencia y la técnica).

Pasión por la vida, pregunta apasionada, razón libre y comunicativa, diálogo y esfuerzo, conocimiento de las diferentes respuestas que la humanidad se ha ido dando a lo largo de la historia a las cuestiones más radicalmente humanas, he aquí algunos de los tesoros educativos que la reducción de la filosofía en el sistema educativo ha producido en estos últimos años. Todo eso se han perdido nuestros alumnos desde que la LOMCE redujo estrepitosamente la presencia del universo filosófico en el sistema educativo. Resulta muy difícil comprender las razones, sobre todo para los que vivimos con intensidad el compromiso por una educación integral que de verdad proporcione a nuestros alumnos y alumnas los elementos imprescindibles para afrontar con profundidad el reto de vivir la vida. Quizá es que hemos reducido lo importante a lo útil en una educación cada día más marcada por las pretendidas exigencias de la futura competitividad. Si no fuera tan grave resultaría ridículo. Es precisamente la tradición filosófica la que nos sigue mostrando una y otra vez que la única seguridad que tenemos sobre el futuro es que habrá que seguir siendo humanidad sea en un entorno analógico o digital, con inteligencia artificial o sin ella y que las grandes preguntas no solo permanecerán sino que algunas de ellas alcanzarán nuevos estadios de urgencia. Desde Aristóteles hasta Kant pasando por el superhombre de Nietzsche o el personalismo, todos y cada uno de los filósofos han intentado responder a la pregunta clave ¿qué es el hombre? ¿No será mucho más irrenunciable responder a esa persona rodeados de inteligencia artificial? ¿Desde dónde se va a afrontar todo el enorme conjunto de nuevos retos éticos que nos plantea un futuro marcado por la omnipresencia de a tecnología? ¿Serán las grandes empresas digitales o más bien los intereses de sus cotizaciones en bolsa los responsables de aportar sentido a la vida de nuestros alumnos dentro de cuarenta o cincuenta años? Ojalá el futuro sea de los filósofos. Bienvenido sea el acuerdo parlamentario que se nos anuncia.