Vuelta al campo

Las ciudades han despoblado la tierra. Nadie puede negar sus logros. Una buena parte de la humanidad vive mejor, pero incluso esta parte no puede negar la desertización de la vida

REYES MATE

En 'El nombre de la Rosa', un monje, el bibliotecario Fray Jorge, envenena a sus hermanos en religión porque quieren conocer un libro nuevo. Lo que le mueve al crimen es el convencimiento de que la humanidad ya dispone de los conocimientos suficientes para salvarse, de modo que toda novedad representa un peligro. Este monje era un benedictino y no podía ser ni dominico ni franciscano. Los benedictinos, en efecto, responden a ese momento civilizatorio en el que hubo que salvar la cultura encerrándola en abadías amuralladas. Se trataba de salvar lo que se había conseguido. Luego los caminos de Europa se abrieron y poblaron de peregrinos y romeros. Y, como decía el poeta, se hizo camino al andar. De aquel cruce de pueblos y culturas nacieron asentamientos abiertos, los burgos o ciudades, en los que vieron la luz instituciones como los Estudios Generales o conventos mendicantes donde se podía y debía encontrar respuestas a los nuevos retos. Se recibía lo ya sabido y se generaban nuevos conocimientos. De la mano de traductores árabes llegaban a las nuevas universidades de París o Palencia los libros de Aristóteles, por ejemplo, el autor del nuevo libro por cuya lectura algunos monjes estaban dispuestos a morir y, Fray Jorge de Burgos, a matar. Ya no se podía, en efecto, enseñar sin investigar; tampoco recibir conocimientos sin generar otros nuevos.

Hoy, tantos siglos después, vemos el final de ese proceso iniciado en la Edad Media. Las ciudades han despoblado la tierra y se han convertido en el vórtice del humano vivir. Nadie puede negar sus logros. Una buena parte de la humanidad vive mejor, ciertamente, pero incluso esta parte no puede negar la desertización de la vida. Se crean artificialmente parques y jardines y se pueblan las calles de colegios, institutos y universidades, pero todas estas instituciones, que vienen de muy antiguo, no escapan al ritmo feroz que imponen las ciudades. Es como si el precio de tantos logros como hemos conseguido fuera la despersonalización, el vaciamiento, el hombre masa que viste igual, come lo mismo, tiene los mismos gustos, habla con los mismos giros y baila al son que toca. Aquellas instituciones mendicantes que en su momento fueron el pulmón y el cerebro del nuevo tiempo corren ahora el riesgo de convertirse en una anécdota más del momento que vivimos. No ya su contrapunto sino su prolongación.

Nada extraño entonces que se empiece a pensar de otra manera la relación entre la ciudad y el campo. Si ya las ciudades nos permiten esos espacios de sosiego y meditación, ¿por qué no salir a campo abierto? En la inmensidad de la abandonada geografía española -o italiana o francesa o portuguesa- siguen en pie reductos de un pasado que admiten y esperan ser activados para generar la energía que el citadino necesita.

Alguien tan atento a la deshumanización del progreso como el malogrado Walter Benjamin proponía a quien no quisiera verse arrastrado por la corriente el frenesí de la vida y la lógica implacable de sobrevivir a cualquier precio, que tomara nota de la vida monástica. A los jóvenes que llamaban a sus puertas se les enseñaba a meditar «para alejarse del mundo y de sus pompas». La meditación es lo que permite tomar distancia, escapar al embrujo y rescatar un ritmo vital que permita metabolizar las vivencias puntuales en sólidas experiencias. Este pensador marxista no proponía la revolución sino la meditación; no un máster en buena vida sino algo tan al alcance de todo el mundo como pararse un poco.

Lugar apropiado para estas experiencias de silencio y meditación son, entre otros, esos antiguos monasterios a punto de clausurar una historia milenaria. Sus muros han oído historias que ya no se cuentan; sus claustros invitan a deambular sin prisa; el gregoriano nos devuelve un ritmo vital que se corresponde con el andar del ser humano, tan lejos de la aceleración de internet que camina a la velocidad de la luz.

El lector podrá poner nombre a alguno de estos lugares porque empiezan a multiplicarse. Por mi parte, me permito referirme a uno de ellos, El Monasterio de Montesclaros, en la Cantabria de los templos rupestres. Los organizadores, vinculados con su historia monástica, nos convocaron para meditar. Es decir, había que ir dispuestos a escuchar voces y silencios. Hubo evidentemente palabras, unas que comunicaban experiencias vitales y otras que recordaban experiencias antiguas recogidas en libros y relatos, por ejemplo, el Apocalipsis de Juan o La Carta al Padre de Kafka. La convocatoria daba importancia a gestos artísticos -como la poesía, la arquitectura o la música- porque no se trataba sólo de un curso sino de una celebración o, mejor, de representar la celebración real que era la convivencia entre los participantes. Hablar de éxito sería una frivolidad. Lo que hubo, en este caso como en otros semejantes, fue sencillamente respuesta y estas respuestas indican que quizá el futuro de las ciudades sea el campo. El problema es si estamos aún a tiempo de crear y salvar esos espacios. Hay monasterios en pie que tienen vida; hay también testigos de ese modo de vivir; hay conciencia de su necesidad. Quizá mañana sea demasiado tarde.

 

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