Voluntario para listas negras

Armand Robin creyó que el 'idioma universal' será la traducción

JUAN AGUIRRE

En vista del aspecto cada vez más gualtrapa de nuestras instituciones democráticas y de sus agentes, echémosle algo de humor y travesura a este mundo que si tiene aún arreglo vendrá de la mano, antes que de los realistas cuerdos, de los artistas locos. A esta clase pertenecía Armand Robin, anarquista consecuente y tipo singular de cuyo natalicio pronto se cumplirán 107 años (¿hay prestigio más injustificado y absurdo que el de los números redondos?, se preguntaba Enrique Vila-Matas).

Robin solo hablaba bretón antes de entrar en la escuela donde aprendió francés, primero de una larga ristra de idiomas que hicieron de él un políglota sin parangón: ruso, polaco, alemán, italiano, hebreo, árabe, español, chino, finés, húngaro, japonés... Nunca creyó en una lengua franca futura, ya fuera el esperanto o el inglés, sino que el 'idioma universal' será la traducción. El tiempo le ha ido dando la razón.

Tras viajar a la URSS en 1933 adoptaría el ruso como 'lengua nativa' en solidaridad con los millones de proletarios masacrados por los pequeñoburgueses bolcheviques. El Comité Nacional de Escritores, controlado por los estalinistas, lo incluyó en su lista negra. En respuesta, Armand envió una carta, muy celebrada, mediante la que se postulaba candidato a todos los índices inquisitoriales: «Una lista negra en la que no figure mi nombre me resultaría ofensiva».

Durante la Guerra Mundial fue enrolado por el régimen de Vichy para redactar informes sobre lo que se decía en las radios de las potencias extranjeras, tarea que aprovechó para sabotear a los colaboracionistas y ayudar a la Resistencia. Hasta que fue denunciado. Pero le tomó gustó y así creó un género literario muy personal, los 'boletines de escucha', que cultivaría el resto de su vida. En ellos fue desmontando los mecanismos de la propaganda política en la que veía un instrumento para colonizar los cerebros y asesinar aquello que nos hace humanos: la palabra.

Presentándose como anarquista presuponía que estaba libre de todo pensamiento, deseo y actitud tendente a la dominación del prójimo. Por su amigo Georges Brassens, otro anarco de pro, supimos que una de las diversiones favoritas de Armand consistía en llamar por las noches a la policía del barrio pidiendo que le pasaran con el jefe para un asunto urgente. Empezaba identificándose con nombre y dirección, y a continuación le soltaba: «Señor, tengo el honor de declarar que es usted un perfecto gilipollas». Fue detenido en un altercado y llevado a comisaría. Acabaron ahí los días del poeta de 'Mi vida sin mí'. Tenía 49 años.

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