Universidades jesuitas y misioneras

Su labor evangelizadora implica la necesidad tanto #de reorientar y redoblar los esfuerzos por anunciar la fe como de dialogar junto a los estudiantes con las nuevas corrientes culturales y científicas

BORJA VIVANCO

Bajo el lema 'Transformar juntos el mundo', alrededor de 200 universidades de la Compañía de Jesús celebran estos días, en Deusto, su congreso internacional. Ninguna otra institución de iniciativa social aglutina tal elevado número de universidades repartidas por todo el mundo. Los jesuitas no solo ignoraron fronteras geográficas y políticas sino también culturales y científicas. Cruzaron los océanos y atravesaron cordilleras portando el instrumentaje científico más avanzado o las obras más preciadas de las bibliotecas europeas. Las tierras de misión multiplicaban las posibilidades no solo de evangelización sino también de investigación científica y etnográfica. Los jesuitas se convirtieron en exploradores, dando nombre a ríos, lagos y volcanes, a la vez que elaboraban trabajos de cartografía de territorios que, no rara vez, fueron los primeros occidentales en avistarlos.

En la América española, edificaron universidades en ciudades como Santiago de Chile, Córdoba, La Plata, Cuzco, Bogotá o Mérida de Yucatán. Sin embargo, todas ellas desaparecieron de un plumazo cuando el rey Carlos III expulsó a la Compañía de Jesús de la península y de los territorios de ultramar en 1767. El exilio de los jesuitas asestó un duro golpe a la promoción cultural en urbes florecientes en aquellas naciones a punto de emerger.

Los jesuitas también inauguraron, en lejanas misiones, docenas de estaciones de meteorología y de sismología u observatorios astronómicos. Muchas veces fueron las primeras instalaciones científicas que aquellos lugares conocieron y su labor fue muy apreciada. La Compañía de Jesús destinó allí a muchos de sus jóvenes científicos más prometedores y sus descubrimientos fueron estudiados con gran interés en las academias y en muchas universidades de Europa y Estados Unidos.

Especialmente en las civilizaciones avanzadas de Extremo Oriente, la credibilidad de la doctrina cristiana dependía en gran medida del bagaje cultural y científico de los misioneros. Por lo tanto, los jesuitas debían estar bien capacitados para debatir -en las lenguas autóctonas- no solo de teología y filosofía, sino también de cosmología u otras disciplinas científicas. De hecho, resulta al menos curioso que los emperadores chinos solicitaran el envío desde Europa de jesuitas astrónomos y que algunos de ellos llegaran, incluso, a presidir el Observatorio Imperial de Pekín.

La crisis de vocaciones religiosas y las nuevas prioridades apostólicas de la Compañía de Jesús, alineadas con el trabajo por la justicia social, han provocado que disminuya con rapidez el número de jesuitas científicos. Si bien, en torno a 1960, inesperadamente se habían multiplicado los jóvenes novicios interesados en emprender la carrera científica; a la luz del liderazgo intelectual marcado por la vida intrépida y las reflexiones originales en las fronteras de la fe y la ciencia del paleontólogo e irrepetible jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin, fallecido en 1955.

En 1913, la Compañía de Jesús abrió en Tokio las puertas de la Universidad Sophia. El alto prestigio académico y científico que alcanzó la posicionó, en las décadas posteriores, como 'cabeza de puente' del catolicismo en Japón, donde el cristianismo era profesado por menos del 3% de la población. En la actualidad, las universidades jesuitas de Europa, Estados Unidos e incluso América Latina se asemejan cada vez más a la Universidad de Sophia, en la medida en que a sus aulas acude un creciente porcentaje de jóvenes que no han tomado previo contacto con el cristianismo o que no han recibido educación religiosa alguna. Ahora las universidades de la Compañía de Jesús sí tienen, en suma, la posibilidad de tomar contacto con amplios colectivos juveniles que nunca han acudido por ejemplo a una parroquia.

Advertidas de esta realidad, la labor evangelizadora de las universidades jesuitas está llamada a adoptar cuanto antes una mirada más misionera que pastoral. Esto implica la necesidad tanto de reorientar y redoblar los esfuerzos por anunciar la fe como de dialogar junto a los estudiantes con las nuevas corrientes culturales y científicas, muchas de las cuales ignoran o se muestran hostiles respecto a las aportaciones del cristianismo y en general de la trascendencia.

El hacer atractiva la fe cristiana requiere naturalmente el testimonio y ejemplo de los profesores universitarios que se propongan difundirla. Hace ya más de veinte años asistí a la administración de los sacramentos del bautismo y la confirmación a una estudiante en la capilla románica de la Universidad de Deusto, presidida por uno de sus profesores, que había animado sus inquietudes existenciales y luego le había acompañado personalmente en el itinerario de descubrimiento y formación en la fe.

Hay quienes pueden pensar que el intentar transmitir la fe entre los jóvenes universitarios de hoy, que engrosan las filas de los que el filósofo Jürgen Habermas denomina «ciudadanos secularizados», es tan difícil como predicar en el desierto. Pero la perseverancia, el coraje y la creatividad para descubrir 'odres nuevos' en la labor evangelizadora ha sido connatural a la Compañía de Jesús. Valga recordar que los jesuitas llegaron a desprenderse de la sotana y se revistieron de mandarines, con el objeto de ser admitidos en la Ciudad Prohibida y poder allí discutir y polemizar con los chinos más eruditos sobre fe y ciencia. Eran conscientes que solo así podrían transformar juntos el mundo.

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