La ultraderecha no quiere gobernar

La socialdemocracia no debe abjurar de los postulados de igualdad, justicia y cohesión social, valores que han fundado Europa y sobre los que debemos seguir construyendo un modelo de convivencia democrática

DENIS ITXASOPrimer teniente de diputado general de Gipuzkoa Pse-EE

La irrupción el pasado domingo de la extrema derecha en el parlamento andaluz ha desatado múltiples análisis políticos y sociológicos, y a estas alturas parece bastante claro que no hay una única razón que la explique, sino que una vez más estamos ante un cúmulo de factores cruzados, tanto propios como ajenos a la propia agenda andaluza. Muchos analistas coinciden en que el desplazamiento de voto hacia la ultraderecha encuentra su base en la radicalización política que ha despertado el proceso independentista catalán y la tibieza con la que se percibe que han respondido los partidos tradicionales. Otro factor sin duda relevante es la identificación de la migración como un grave problema, sensación a la que hemos contribuido desde los partidos y los medios de comunicación aún cuando no hay ningún dato mínimamente riguroso que demuestre que este fenómeno represente un problema serio ni para la convivencia ni para la economía Española.

La desmovilización de la izquierda se encontraría en el otro lado de la fatídica ecuación electoral andaluza, y podría explicarse por cuestiones más propias del desgaste socialista tras 36 años de gobierno ininterrumpido, las apuestas políticas protagonizadas por la presidenta Susana Díaz y un posible castigo por el caso de los ERE, que ha sentado en el banquillo a los anteriores presidentes de la Junta de Andalucía. Con todo, la tormenta perfecta ha desembocado en un escenario endiablado que obliga a las fuerzas democráticas a reflexionar sobre las devastadoras consecuencias que puede acarrear el ascenso de Vox para un país tan inflamable como el nuestro. Quizás lo primero que debiéramos ponderar es que, a diferencia del resto de fuerzas políticas, en la naturaleza de la ultraderecha no está gobernar sino condicionar la política, instalando un estado de opinión de emergencia nacional, y en última instancia provocar un retroceso en los valores e ideales que cimentan el actual modelo de convivencia entre personas y territorios.

Vox sabe perfectamente que los problemas que denuncia tienen difícil y compleja solución. Sus dirigentes son plenamente conscientes de que la gobernanza multinivel en la que se desenvuelve la política europea e internacional, obliga a negociaciones que se demoran en el tiempo y no siempre se saldan con resultados favorables a los intereses de los gobiernos nacionales. Pero saben también que el cabreo, la impaciencia y la desconfianza han adquirido prestigio en esta sociedad individualista. Saben que las redes sociales visibilizan sobre todo un ambiente de malestar público que tiende a retroalimentarse y que la mayoría social que confía en el sistema no se moviliza ni expresa su adhesión.

Josemari Alemán Amundarain

La acción política de la ultraderecha consiste en azuzar ese enfado colectivo, engordarlo apoyándose en noticias falsas sobre el Estado y los servicios públicos, sacar provecho de la ineficiencia de algunas estructuras paquidérmicas que no ofrecen respuestas concretas a problemas inmediatos, y socavar a través de las redes sociales el ideal de la democracia asociándola a falta de autoridad y firmeza. El neofascismo no ofrece recetas políticas alternativas ni un programa electoral definido, se limita a señalar el fenómeno y a elevar el tono para buscar complicidades entre las capas más vulnerables y desfavorecidas de la sociedad y también entre aquellas que consideran que tienen mucho que perder. Asumámoslo, la extrema derecha no quiere gobernar, circunstancia que desorienta al resto de actores políticos, acostumbrados a dinámicas de competencia democrática por alcanzar el poder. Y no busca gobernar porque, de hacerlo, se enfrentaría al riesgo de generar el desengaño y decepción que producen los gobiernos democráticos más pronto que tarde, liderazgos cuya aura desaparece cada vez con mayor rapidez, cual material fungible.

Creo que más allá de las tácticas electorales y de las decisiones sobre el próximo calendario electoral, lo que merece un gran debate público son los mecanismos sociológicos y sicológicos que favorecen la militarización de las conciencias. Hay quien quiere ver en la crisis de la Socialdemocracia el factor clave de esta involución, y es evidente que la última depresión económica se ha saldado con la imposición de recetas neoliberales que han evidenciado la fragilidad de algunos gobiernos socialistas. Pero en mi opinión no es el ideario el que falla, ni su solvencia como corriente económica redistributiva que corrige las inequidades del capitalismo. La socialdemocracia no puede abjurar de los postulados de igualdad, justicia y cohesión social, principios y valores que han fundado Europa y sobre los que debemos -no hay otro modo- seguir construyendo un modelo de convivencia democrático.

Finalmente, resulta inevitable advertir de la irresponsabilidad en la que incurrirán aquellos que blanqueen la naturaleza antidemocrática de la ultraderecha so pretexto de alcanzar mayorías conservadoras que posibiliten un Gobierno a cualquier precio. Las fuerzas democráticas debemos centrarnos en mejorar el funcionamiento de las instituciones, desanudar las trabas burocráticas, buscar mayor eficacia de las políticas públicas, y mecanismos de respuesta a los problemas acuciantes de la ciudadanía, con especial atención al desempleo rampante que tanto desasosiego produce. La tecnología actual y las capacidades y recursos de la Administración permiten hacer de la esfera pública de nuevo un proyecto competitivo y atractivo, de esperanza y amparo, de austeridad, transparencia y participación ciudadana, que en definitiva genere confianza. La confianza es la argamasa sobre la que se construyen las democracias y es a su recuperación a lo que debemos dedicarnos de manera urgente y prioritaria.

 

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