Los últimos en llegar

F. L. CHIVITE

Empiezo a tener la sensación de que va a ser necesario otra vez defender lo obvio. De que nuevamente vamos a necesitar voces capaces de reivindicar la humanidad, la libertad y la razón. Y de recordar y proteger la vieja y querida Declaración Universal de los Derechos Humanos. Me gustaría hablar hoy en defensa de los inmigrantes del mundo porque creo que han empezado a ser atacados y me temo que esto puede durar. La tasa actual de extranjeros en mi ciudad es algo menor que hace diez años. Ronda el 11% y es muy similar a la media nacional. En el último año no ha crecido prácticamente nada. No creo que aquí seamos ni más ni menos racistas que en cualquier otro sitio. El racismo es miedo, más que otra cosa. Y como casi todas las clases de miedo, tiene mucho que ver con la ignorancia. Mucho. Además, puede ser inducido y manipulado con una facilidad espantosa. Y se hace. Por las redes circulan cantidad de bulos sobre la inmigración. ¿Qué es un bulo? Es una mentira deliberada contada con detalles concretos, nombres y a menudo fotos falsas para que sea percibida como un hecho real. «Nos quieren quitar el jamón», decía uno de los líderes en la pasada campaña andaluza. Que quede claro: los inmigrantes no quitan trabajo a los españoles, no acaparan las ayudas sociales, no saturan la sanidad pública, no bajan el nivel educativo, no hacen aumentar la violencia machista. En cualquier caso, el racismo es una pulsión que cada cual tiene que combatir dentro de su propio cerebro para no acabar convertido en un miserable.

Hace poco leí un libro de divulgación científica en el que se contaban con amenidad algunos de los últimos descubrimientos sobre los inicios de la especie humana. Y entre otras cosas se decía que todos llevamos a África en el ADN porque todos procedemos de África. Y que no hay un solo ser humano sobre el planeta Tierra cuyos ancestros no salieran de allí. Seguro que lo sabían, pero está bien recordarlo. Los motivos por los que aquellos primeros hombres abandonaron su lugar de nacimiento eran fundamentalmente los de siempre: la necesidad de encontrar alimento, la esperanza de mejorar y la curiosidad. Un rasgo inequívocamente humano: querer conocer lo que hay al otro lado de las montañas y creer en la posibilidad de prosperar.

El ser humano nunca ha parado. De modo que, en rigor, puede decirse que todos somos inmigrantes. Hijos de inmigrantes. Y padres de inmigrantes. Tengo una definición para inmigrante: alguien que busca una vida mejor. A menudo son los más valientes. Lo detestable es siempre el instante en el que un partido político o un líder más o menos iluminado se convence de que el discurso de la xenofobia puede granjearle un puñado de votos. En fin, ojo con eso. En último término, ya digo, inmigrantes somos todos, no sólo los últimos en llegar.