Podrá sentarse tranquilamente en una terraza, bajo el tibio sol de las mañanas de invierno; podrá pedirse un trago, quizá con una tapa, sonreír, dejar ... propina. Podrá hacerlo porque las penas con las que se castiga el delito de maltrato animal, incluso en su tipo agravado, no superan los 24 meses de prisión. Es decir, si el infractor no tiene antecedentes, se librará de entrar en la cárcel. Podrá sentarse en esa terraza, ya digo, a pesar de que el día anterior entrara a una protectora de La Palma del Condado, en Huelva, y solo o acompañado, aún no se sabe, matara a una galga con un destornillador. La perra se llamaba Jara, tenía doce años; los miembros de la protectora dicen que era muy noble, que nunca hizo daño a nadie.
Su asesino podrá tomar algo al sol, tan tranquilo, en una terraza; pero si no se siente como un monstruo será, precisamente, porque eso es lo que es: un monstruo. Y aunque no esté a la sombra, suya será siempre la oscuridad.
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