Trump, la encarnación del mal

Solo hay perdedores y ganadores. La concepción 'trumpista'de la diplomacia no admite compromisos

ROSARIO MOREJÓN SABIODoctora en Psicología

Vamos comprobando que Trump no deja títere con cabeza. Lo destroza todo. Pero no habíamos previsto hasta dónde llega su crueldad. La separación de niños pequeños de sus padres y madres en la frontera con México para enjaularles es una medida abominable. Su justificación, cínica y embustera: atribuye a los demócratas la política de separación de padres e hijos que su propio fiscal general anunció el 7 de mayo y que tiene a más de 2.000 criaturas de dos a seis años en almacenes y tiendas de campaña a cargo de quién sabe. El espanto, atrocidad, dolor, sadismo que desprende este ciudadano del mundo llegado a presidente de Estados Unidos requieren algo más que contemplaciones y apretones de mano.

La producción británica 'Donald Trump: un sueño americano', de Barnaby Peel (GB, 2018) repasa el recorrido de Trump antes de su elección. Apoyándose en numerosos archivos y entrevistas con periodistas, animadores de televisión, antiguos amigos y colaboradores, esta serie documental compone el retrato de un tramposo, mintiendo constantemente, atacando en cuanto se le contradice. Desde muy pronto su divisa era: «O eres el depredador, o eres la víctima». Parece cultivarla con ahínco.

El 13 de junio los dirigentes europeos abandonaron La Malbaie, en Quebec, con el sentimiento de una fractura profunda en el seno del mundo occidental provocada por la política proteccionista y los accesos de cólera del presidente estadounidense, accesos cada vez más irracionales. El acuerdo arañado al dirigente americano se disolvía con un tuit enviado desde el Air Force One. En su mensaje Trump calificaba al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, de «débil y sinvergüenza». Habiendo llegado tarde al G-7, Trump abandonó el mismo antes de tiempo. En la rueda de prensa posterior a la cumbre, Trudeau consideró la razón esgrimida por Washington para imponer sus derechos de aduana sobre las importaciones de acero y de alumnio, esto es, que EE UU está padeciendo un atentado a «su seguridad nacional», como «un insulto». No hizo falta más para que Trump tuviese otro acceso de ira, otro golpe de sangre y desde el avión que le llevaba a Singapur retirase su firma del comunicado final del G-7, negociado a pulso.

El presidente volaba raudo para entrevistarse con el dictador norcoreano Kim Jong-un, un hombre cuya dinastía ha encerrado su país y su pueblo en una locura megalomaníaca, que el político norteamericano prefiere ignorar. A finales de 2017, Trump y Kim intercambiaban insultos y amenazas nucleares. En mayo de 2018 el estadounidense suspendía el encuentro para retomarlo con una condición: «Me basta un minuto cara a cara para saber si va en serio. Si no es así, me voy». El 12 de junio tras cinco horas de intercambio, el norcoreano superaba la prueba. Y Trump, ¿qué tienen de serio sus compromisos?

Admitamos que el presidente ha hecho historia con el diálogo de Singapur: es la primera vez que se establecen relaciones entre EE UU y el régimen comunista hereditario de Corea del Norte. El clima político de la región ha cambiado; se retoman las negociaciones de desnuclearización rotas desde 2010. Son los aliados surcoreanos los que salen perdiendo. Se suspenden las maniobras militares con EE UU según lo prometido a Kim. Ahora bien, en la lucha contra la proliferación nuclear, ¿qué lógica existe entre las concesiones de participación hechas a Corea del Norte y la ruptura del Acuerdo de Viena de 2015 con Irán? Los dirigentes de la República Islámica ven cómo se trata mejor al poseedor de la bomba atómica -Pyongyang- que a ellos que aún no la poseen. ¿Estaría el 'rey de la negociación' incitando a Teherán a retomar la fabricación del arma nuclear? El ninguneo de la teocracia iraní presentando en la escena internacional al dictador más implacable del planeta no quedará aquí.

Trump tan pronto levanta como destruye. Este patrón de comportamiento parece una constante en su semblanza personal y profesional. El documental de Peel resume su trayectoria con una frase: «Espero que haya una crisis; cuando se produce una crisis, obtengo siempre lo que yo quiero». Desbaratador de acuerdos multilaterales, Trump es un especialista en provocar crisis, conflictos de orden mundial que hacen de él un serio peligro. Arruina el acuerdo de París sobre el clima, desprecia la OTAN, denigra la UE, se burla de los aliados europeos, traslada su embajada a Jerusalén incendiando a los palestinos, rompe el G-7 además de exigir la presencia de Rusia en el grupo, la supresión de sanciones para Moscú mientras nada dice de la ocupación de Crimea. ¿Estará devolviendo ya los favores prestados por los rusos en las elecciones americanas de 2016? (Véase 'Colusión', L. Harding, 2017).

Trump provoca, se burla del derecho; le da igual. Cuando su homólogo Xi Jinping le pide respetar y otorgar garantías a un gigante chino de las telecomunicaciones, ZTE, caído bajo el yugo de la ley estadounidense por comercio ilícito con Corea de Norte e Irán, Trump negocia. Su mensaje a los europeos: el presidente estadounidense no respeta más que la fuerza. Es su divisa: solo hay perdedores y ganadores. La concepción trumpista de la diplomacia no admite compromisos. Por eso se entiende con los líderes totalitarios denigrando a los aliados tradicionales europeos, japoneses, canadienses, coreanos del Sur con los que se supone que su país comparte una comunidad de intereses y valores.

Todo es grave, todo es un 'nuevo mundo' a partir de Trump, pero nada es equiparable al dolor de los campos de concentración infantiles que ha creado este monstruo. Ahora anuncia abandonar el Consejo de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Alguna censura merece este aspirante al Nobel de la Paz. ¡Reagrupen esas familias! Del nuevo orden trumpista seguiremos hablando…