Tiresias

Cada ser humano alberga en su interior un continente difícil de descubrir aun en la más clara intimidad

FELIPE JUARISTI

Hay gentes que creen que tienen respuestas a todas las interrogantes. Andan por la calle con la frente muy alta, a paso ligero, como en la mili, sin reparar en las pequeñas cosas que la ciudad o la naturaleza les va ofreciendo sin más. Eso sí, en cuanto detectan un congénere en apuros, se le acercan, y extienden la manta de su aparente cordialidad. «Yo, en tu lugar, haría esto», es su frase preferida, su talismán, su manera de entrometerse. Porque cada ser humano alberga en su interior un continente, difícil de descubrir, aún en la más clara y absoluta intimidad. Luego, una vez liberadas las palabras de su funda, cuando la perorata se va extendiendo desde los oídos hasta la parte más oculta del cerebro, pliegan velas y se van, con la cabeza más alta, y el paso más ligero y marcial, como corresponde a tamaño militante. Y el otro queda perplejo y confundido, quieto, sin saber dónde ni a qué asirse.

«Ayudar a los demás con lo que uno sabe o puede es el más dulce de los trabajos», escribió Sófocles en su tragedia Edipo, Rey. Así se traduce, al menos, en algunos textos. El héroe, sin embargo, a mi juicio no es Edipo, que bastante desgracia tiene con lo que la suerte le ha dado por dádiva, sino Tiresias, el ciego, que lee sin ojos lo que el futuro depara, y que sabe que es triste la sabiduría, cuando de poco le sirve al que sabe, porque nadie toma nota ni quiere aprender de ella. He leído en algún lugar que las personas ciegas tienen una inteligencia y una sensibilidad especiales, clarividencia, en suma, que les ayuda a entender la realidad de otra manera. Muchos de los genios que ha dado el mundo lo han sido, empezando por Homero.

No hay mayor ciego que el que, pudiendo, se niega a ver; ni hay mayor necio que el no quiere aprender, por estar seguro de que lo sabe todo; ni mayor ignorante que aquel que cree que, por saber algo, puede dar consejos a todo el mundo, sin venir a cuento, ni sea la ocasión, por el simple hecho de sacar a relucir su vanidad y primar su aparente desinterés y bonhomía. Ayudar a los demás en lo que se pueda dejó de ser una divisa de la sociedad. Hay, sin embargo, gentes que todo lo dan por los demás, y saben ponerse en el lugar del otro, o al menos lo intentan, y aconsejan a su manera, porque buscan el bien ajeno, no tan sólo el propio. Sófocles lo supo, mucho antes que nosotros. No me lo imagino, parado en la avenida y diciendo al primero que se le acerca: «Yo, en su lugar».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos