El Tano

MILA BELDARRAIN

El Tano tiene cara de rata resabiada y sucia. Huele mal, huele muy mal, a sudor rancio de muchos meses, a vino malo. Es menudo, fibroso, inquieto, con la inquietud del que se ha metido todo lo que ha pillado en el cuerpo y lo ha regado con el vino peleón de un tetrabrik. Me lo encuentro un viernes por la noche que llueve y hace frío. Me pide un cigarro y yo se lo doy desde la generosidad epulona de mi tripa bien saciada, llena de delicatesen y buenos caldos. Me mira con sus ojos de niño, tan dilatados que parece que me van a comer. Luego hace teatro, lloriquea, se hace humilde. Y yo compro la entrada. Después la representación se vuelve trágica y a mí se me rebelan las tripas.

Va a dormir ahí, parapetado contra la rampa del Koldo Mitxelena de San Sebastián, ovillado en un rincón como una bestia enferma que se refugia en la soledad. Le hablo de los aterpes, los alojamientos para los 'sin techo', y me mira con compasión ante mi idiota ingenuidad: le han expulsado de todos los de la ciudad. Sonríe con picardía tristona, «¡es que organizo cada una!». Entonces necesito tranquilizar mi conciencia y le suelto unos cuantos euros para que vaya a una pensión que me ha dicho que conoce. Quedo con él al día siguiente allí mismo, tengo que encontrarle un sitio donde comer y dormir. Hablaremos con los curas del Buen Pastor, ellos podrán hacer algo. Sí, voy a la cita, aunque voces amigas me dicen que no va a aparecer. Pero está esperándome. Y hablamos. Levanta la cabeza con orgullo y me dice que es gitano y tiene un oficio: albañil. Diez hermanos, padres alcohólicos, les quitaron la custodia de los hijos, ha vivido solo dando tumbos por casas de acogida. No sabe leer, le quisieron enseñar en la cárcel, pero dice que no le entra. Estuvo en Proyecto Hombre y no pudo desintoxicarse.

Le miro con miedo; yo, en sus circunstancias, podría ser como él, podría amorrarme al vino o a lo que fuera para borrar la realidad, para olvidarme de esa realidad miserable que me espera después de la desintoxicación, sin trabajo, sin casa, sin futuro, sin nada. Entramos en la parroquia, hay poco que hacer, nos señalan el papel de la puerta de entrada, ahí está la dirección de los aterpes. Llamo. El Tano está expulsado por seis meses de todos los aterpes de Donosti. Puso en peligro la vida de otros compañeros. Es verdad; él, con una sinceridad que desconcierta, me dice que sí con la cabeza. Y me acuerdo de la parroquia de Puente de Vallecas, donde el párroco José Manuel Horcajo, según cuenta un diario, «hace milagros ordinarios, que resucitan a los muertos, incluso a los muertos que dan asco», el Tano es un muerto de esos que da asco. Por fin, después de varias gestiones, le admiten en el aterpe de Rentería, tres días bajo cobijo, eso sí, ni uno más. Cruzo los dedos para que no haga una de las suyas y le expulsen. Luego, le veo irse contento.

Y yo me quedo ahí, intentando olvidarle, pero es difícil. Las imágenes de la película 'Senderos de gloria' de Kubrick se me atropellan; el Tano es uno de aquellos soldados expulsados por cobardes de las propias trincheras para que los mate el enemigo. Es verdad que el Tano no es bueno, que todos los intentos que se han hecho para rehabilitarle han sido inútiles, que es un zombi, un muerto viviente y solo hay que esperar a que un día aparezca muerto de verdad, parapetado contra una rampa o en un txoko inmundo. Pero qué motivación puede tener para salir de ese infierno, fuera no hay nada, le espera otro infierno sin esperanza.

He leído que Finlandia intenta resolver la situación de sus indigentes utilizando el principio de Housing First, es decir, vivienda primero. Según ese principio, un lugar permanente y privado es indispensable para solucionar los demás problemas de adicción, que están detrás de muchos de los sin hogar. Mientras en el resto de los países europeos el número de vagabundos aumenta, en Finlandia se ha reducido considerablemente. El programa ha permitido ahorrar al Estado unos 15.000 euros al año por vagabundo y ha disminuido el gasto en intervenciones policiales, y de asistencia médica y social. Ya sé, ya sé, que eso se puede considerar aquí una utopía, pero, por favor, que alguien haga algo. Nadie debe morir en la calle aunque sea tan malo como el Tano. Algo se podrá hacer, gastamos recursos en chorradas -perdón, perdón- mucho más grandes que esta.

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