Solitude

Nadie enseña a eso que antaño se llamaba vivir la vida bien vivida

JAVIER SABADELL

Llevaba unos días mascullando la noticia del Ministerio de la Soledad en Gran Bretaña. Por motivos de salud pública se ha creado, dicen, que los episodios de soledad crónica conllevan riesgos afines al tabaquismo o la diabetes. Aunque no deja de ser incongruente que, en un país donde los políticos encuentran sobrados motivos para recortar en el bienestar de sus gentes, de repente les preocupe que los vecinos no presten la debida atención a Eleanor Rigby, quien sigue sentada con el rostro borroso en un banco de Stanley Street, en Liverpool.

Uno de mis primeros poemas de juventud llevaba por título la palabra que encabeza esta columna, más productiva que su sinónima, y un tanto cérvida, ‘loneliness’. En mi rozagante poética de inmadurez, los verdes prados y la evocación del terruño ejercían en mí notable influencia que, no obstante, nunca he satisfecho. Ni por asomo pretendía poetizar sobre los desastres que inflige la incomunicación al alma humana cuando desespera por compañía. Ahora que ya no compongo versos, ni buenos ni malos, me limito a contemplar, como espectador pasivo, cuán abrumador es el avance de la soledad en el fuero interno de las personas, no así en el externo, y en no pocas ocasiones concluyo que es la propia vida que elegimos vivir los humanos la causa última de la devastadora soledad que a tantos golpea, especialmente por no haber sabido construir herramientas intelectuales efectivas. Consejos vendo.

Ignoro en qué medida un ministerio dedicado a este asunto puede paliar los efectos de un mal que afecta a varios millones de personas en el mundo, de acuerdo a las noticias. Nadie enseña a eso que antaño se llamaba vivir la vida bien vivida y que no solo se refiere a cuanto cantaba Anacreonte en sus poemas, aunque también. En mi pueblo, los hijos abandonan a sus padres ancianos en las residencias para no tener que hacer frente a una responsabilidad que el mundo reclama con la boca pequeña y niega con la grande. Que un anciano muera sin que nadie lo sepa puede parecer dramático, pero no lo considero un riesgo para la salud pública ni tampoco un asunto de Estado. Es más bien un asunto de familia, esa entidad que va desapareciendo a marchas forzadas en nuestros países etiquetados como ‘desarrollados’.

Decía un ancestro mío que yendo uno solo y estando a gusto con su presencia es como mejor se va. Yo pienso recorrer ese camino a solas, en apartamiento y distancia, y si muero solo o no, será cuestión solo mía.

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