Solidaridad(es) contemporáneas

Arriesgamos pero hoy podemos decir que hemos contribuido a abrir una puerta por la que deben entrar la serenidad y la actitud positiva y salir la tensión y la imposición

FELIX ARRIETA y IÑIGO CALVOProfesores de la Universidad de Deusto (Trabajo Social y Deusto Business School)

Este último mes hemos asistido al penúltimo capítulo de las crisis de personas refugiadas en la Unión Europea. A través del 'Aquarius', del Open Arms o de los autobuses llegados del sur, nuestra sociedad ha vuelto a despertar frente a un fenómeno que, a pesar de ser constante, estaba a ratos algo olvidado. Según el último DeustoBarómetro, el 57% de las personas de la CAE es partidaria de ofrecer asistencia sanitaria a las personas inmigrantes. Pero a partir de aquí, respecto al acceso al resto de servicios y prestaciones del Estado de Bienestar (educación, vivienda, ayudas sociales), existe una amplia mayoría de personas que opina que sólo deberían tener acceso a las mismas aquellas personas que tengan su situación regularizada o, dicho de otra manera, que tengan 'papeles'. ¿Por qué esta distinción? ¿Por qué existe una mirada de solidaridad inclusiva cuándo la vista se nos va a los 'casos mediáticos' del Mediterráneo, pero miramos tan distinto cuándo la cuestión nos toca al lado?

En primer lugar, la percepción que tenemos hacia las personas migrantes condiciona mucho la respuesta que podamos dar antes las mismas. Según el último barómetro de Ikuspegi-Observatorio Vasco de la Inmigración, las personas encuestadas piensa que en la sociedad vasca el porcentaje de personas migrantes se situaba en torno al 20% cuando la cifra real está muy lejos de dicho porcentaje, con un 9,5%. De la misma forma, el 50% de las personas encuestadas opina que las personas migrantes residentes en la CAE 'son bastantes o demasiadas'. Aquí tenemos un primer elemento de preocupación ante esta realidad descrita. Es cierto que no se trata de un fenómeno nuevo. Ya Camus en 'El Extranjero' advertía de la distorsión que sufrimos cuando miramos al otro, al diferente, al que no consideramos parte del 'nosotros'. La pregunta que nos surge, entonces, es la siguiente: ¿somos realmente una sociedad solidaria?

La sociedad vasca ha ido construyendo su propia imagen de comunidad en base a los elementos que durante estos casi cuarenta años de autogobierno nos hemos ido contando de nosotros mismos. Somos una sociedad abierta, empática, solidaria, plural y, si aceptamos sin mirada crítica el relato existente... hasta multicultural. Y sin embargo, tal y como acabamos de ver en los datos expuestos, alguno de estos adjetivos tendría que ser, por lo menos, cuestionado. Somos una sociedad solidaria, no cabe duda, pero poseedores de una solidaridad entendida en clave de reciprocidad, de elementos que no sólo uno aporta, sino a través de los que también espera recibir algo a cambio. Esta idea, junto con la perspectiva asimilacionista, que está mucho más extendida de lo que nos pensamos (frente a planteamientos teóricos ideales como la inter o la multiculturalidad) es la que nos permite explicar nuestra posición respecto a los fenómenos que estamos viendo estos días.

No sería exacto decir, en cualquier caso, que no somos una sociedad solidaria. Existen muchas luces respecto a la respuesta que otorgamos a fenómenos como la acogida y ayuda a las personas migrantes. La primera de las luces que destacamos es la fortaleza de la sociedad civil vasca. Desde Cruz Roja hasta Ongi Etorri Errefuxiatuak, pasando por Loiola Etxea o las comunidades de acogida, son muchas las entidades del tercer sector que no sólo sensibilizan y se implican de manera personal y directa. La segunda de las luces es la sensibilidad mayoritaria que la clase política ofrece ante estas realidades. Con excepciones poco honrosas, se puede decir que en general existe un discurso común de respuesta frente a las realidades migratorias. Aunque implementarlo es más difícil. Estos días, como en otras ocasiones, estamos viendo las dificultades de la administración pública vasca para dar una respuesta concertada a la acogida. Existe el discurso, pero la implementación es compleja. Finalmente, la tercera de las luces es la actitud de la propia ciudadanía ante estas realidades. Es cierto que existe el trasfondo comentado, pero en nuestros espacios relacionales, el estado de opinión hacia medidas de acogida es más positivo.

Estamos ante una realidad que ha venido para quedarse. Los flujos migratorios del norte de África no van a desaparecer de un día para otro, ni la UE parece, por el momento, tener la voluntad política de abordar el problema de una forma integral. Por ello tendremos que preguntarnos si la centralidad de las personas y la dignidad que les otorgamos a todas ellas se puede disociar del origen o la realidad de cada una. Sabemos y creemos que no.

Estamos en una sociedad envejecida que va a tener que acoger y recibir a personas jóvenes de diferentes lugares, miradas y con historias vitales que se alejan mucho de lo que hasta la fecha ha sido la unidireccionalidad cultural dominante. La cuestión de fondo es cómo reaccionará la sociedad vasca cuando las personas migrantes no sean ya el 9,5% de la población, sino el 12% o 18%. La pregunta es si la solidaridad vasca es realmente sólida y tiene recorrido o se irá disolviendo según veamos y vayamos interaccionando con personas de otros colores y orígenes. El enigma a resolver es conocer si se está forjando una verdadera ciudadanía vasca, abierta y plural o seguiremos anclados en el antiguo concepto del «nosotros» como pueblo vasco replegado en sí mismo.

Es el momento de hacer apuestas atrevidas tanto a nivel personal como institucional para que la futura realidad vasca sea realmente integradora. Por ello hay que empezar a sacudirse viejos mitos e intentar no caer en el postureo, además de seguir generando una conversación pública que explique los retos y ventajas sociales, económicas y políticas de dar la bienvenida a personas migrantes. Para ello puede ser de gran ayuda la vocación humanista que resuena en esta sociedad. Una vocación que puede conseguir transformar al pueblo vasco en una verdadera ciudadanía vasca plural, abierta e integradora. Encendamos las luces largas y vayamos preparando la mochila y el largo camino, que éste no ha hecho más que comenzar.

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