Sobre la verdad y otras pérdidas de tiempo

PEDRO IBARRA

El ministro del Interior -antes juez de la Audiencia Nacional- Grande Marlaska dijo en una comparecencia parlamentaria que la única verdad... es la verdad judicial; o sea -entiendo-, más allá de lo que los jueces deciden qué es la verdad… no hay verdad. Hay que preguntarse qué es lo que pretendía el ministro/juez Grande Marlaska con esta afirmación. Podría ser una vía de combatir la veracidad de un informe sobre torturas recientemente realizado para el Gobierno Vasco, y en el que se relacionan detalladamente más de 4.000 casos de tortura. Como es conocido, el ministro no demostró por lo que parece excesivo interés cuando estuvo en la Audiencia Nacional en investigar determinadas denuncias de torturas.

Podría ser también una forma de defender la extrema sabiduría, virtud y excelencia del trabajo de los jueces, últimamente algo denostadas. Así, si se afirma que los jueces tienen el monopolio de la verdad, ello implica que es una élite capaz de establecer lo que es cierto y lo que no; lo que es verdadero y lo que no. Ello conduciría a convertir a los jueces en una especie de casta de filósofos/reyes al estilo que propugnaba Platón (¡qué pesadilla!). O podría ser que el ministro se calentó en el debate y sin querer nos condenó a todos los no jueces a vivir en la ignorancia e incertidumbre. También Casado, el nuevo líder de las esencias de la derecha española, decía literalmente, en campaña de primarias, que ni él ni el PP eran de derechas sino progresistas… porque defendían la vida; ponía de ejemplo el aborto y la eutanasia. Cuesta creer que Casado entienda que la derecha no defiende la vida… sino la muerte. Amando como ama a la derecha y -por lo que parece- la vida, solo debía haber dicho que la derecha es vida. Otro error provocado por los nervios electorales.

Más allá de las auténticas pretensiones del juez/ministro G. Marlaska, lo que sí parece es que su afirmación describe (me gustaría creer que no pretende legitimar) la actual extensión de la incertidumbre. Lo que ocurre no es evaluable ni criticable ni defendible porque ya no se opera con argumentos relativos a la certeza. Ésta se ha convertido en un sueño inalcanzable y, por lo que parece, indeseable. Entrar en el proceso de construcción de la verdad implica argumentar sobre hechos, por un lado, y convicciones, creencias y valoraciones, por otro. Implica hacer confluir, relacionar hechos y convicciones para poder afirmar que algo puede ser considerado como verdadero.

Para alcanzar esa seguridad se necesita poder decir que son verdaderas la descripción y calificación de determinados hechos o conjuntos de hechos o acontecimientos, utilizando argumentos, razones y conocimientos sobre los mismos. Lo mismo cuando nos refiramos a conductas individuales y colectivas. Para poder calificar como verdaderas las evaluaciones que hacemos a esas conductas, usamos razonamientos que incorporan concepciones y valoraciones tenidas como universales. Esta búsqueda de la verdad parece estar en franca retirada. Empieza a ser dominante la actitud de no otorgar sentido a operar y juzgar con la categoría de verdad. Lo que se dice sobre cualquier cosa o conducta solo es considerado como opinión. Y las opiniones no pretenden afirmar certezas ni verdades, por lo que no pueden ser evaluadas y eventualmente rechazadas, como cuando está en juego la verdad o su búsqueda. En consecuencia lo único que se puede decir de un opinión es... otra opinión. No se puede así considerar la legitimidad de esas opiniones en base a su veracidad o mendacidad. Los criterios para hacerlo se han evaporado. Por tanto todas las opiniones son legítimas y todas deben ser respetadas. Pueden ser no consideradas, pero no criticadas con la pretensión de establecer otro camino dirigido a alcanzar la verdad. No parecen existir otros caminos disponibles y mucho menos con una verdad en su horizonte.

Esta invasión de opiniones que permiten la indiferencia y que en la práctica marginan pretensiones de debates construidos en el proceso de búsqueda de la verdad, no implica la existencia de una estrategia y expresa diseñada a liquidar la verdad. Nadie con autoridad nos ha dicho y obligado a creer que solo hay opiniones, que hay que olvidarse de la verdad. Más bien parece que se ha extendido una cultura, una forma de ver el mundo, en la que se ha perdido no solo la necesidad, sino también el interés de conocer la verdad. Cansancio y desaliento en la búsqueda de la verdad; conformidad en vivir y responder en un mundo de opiniones.

Merece un análisis algo complejo ver cómo se ha producido este desplazamiento de la verdad a la opinión. En todo caso es evidente constatar que esta actitud evita plantearse la necesidad del cambio social o político o de lo que sea. Para ello es necesario establecer previamente y con certeza la existencia de una verdadera negativa e injusta situación. Pero si no tiene sentido acceder a aplicar esas categorías de certidumbre y veracidad, no es posible definir un mal que exija proponerse cambiar hacia un bien. No adquiere sentido luchar por el cambio. Antes decía que este nuevo escenario cultural no obedecía a un deliberado diseño y práctica estratégica. Sin embargo sí parecería que beneficia -y mucho- a aquellos partidarios de que nada cambie. Porque les va muy bien con lo que hay. O sea, que a lo mejor sí se lo han pensado… y tomado decisiones. A lo peor.

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