El sindicato de espejos

PABLO HERNÁNDEZ CANO Donostia

Era el mejor. Se extasiaba ante el espejo, mirándose con deleite, él, el mejor político, joven y bello, inteligente y listo hasta la saciedad, pico de oro, rey de la mentira, máster en insultos, engreído en el desprecio, aniquilador de compañeros de partido, enfermo del halago y adoración, dictador de cloaca, reclutador de frases hechas, idiota de manual, imbécil enciclopédico, en fin, político estrella. El espejo le rendía pleitesía. Eres maravilloso, le espetaba a su eterna risa retorcida. Pero en cuanto desaparecía de su vista se desternillaba insultándolo como nunca lo había hecho. Y es que para un buen espejo que se precie, un personaje tan rastrero es un regalo. Se partía de risa con su inacabable estupidez. Pero le dedicaba palabras engoladas, falsedades redentoras. Y el miserable se las tragaba. Hasta que el efímero político decidió hundirlo en los sótanos de la sede del partido porque intuyó que halagaba a su responsable de campaña. Elaboró su venganza. Habló con el sindicato de espejos quien decidió castigarlo a perpetuidad. Cada vez que el estúpido se paraba delante de un espejo, se llevaba una bofetada de desprecios. Perdió elecciones, dejó de afeitarse, se quitó el traje. Ahora duerme en cajeros automáticos.