Sin ira

Vuelve el recuerdo, con ansias renovadas, inflamado por la experiencia que da el discurrir de acontecimientos

FELIPE JUARISTI

Estos primeros días de septiembre, iraila, Dies irae, que decían los latinos. La claridad se ha disipado, o quizás es que nunca se afianzó del todo; vino como a regañadientes, sin creérselo, consciente de sus límites. La duda se impone; no corrompe, porque no busca afirmarse, sino pasar levemente, sin causar daño ni hacer un estropicio en las plácidas y aquietadas conciencias, que no se mueven, por estar todavía abigarradas, llenas de sensaciones que no fueron ni se irán tan pronto como se desea. Se siente esta inesperada cabalgata hacia lo oscuro, lo sombrío, lo informe y por determinar; este ir y venir de las nubes, atolondradas; este agosto cansado y mustio que se ha retirado de la contienda de los meses. Presentó batalla en riberas, junto a arroyos que venían menguados de caudal y de ánimo; incendió campos de cereal, frutales, prados largos y suaves, como de terciopelo, colinas engalanadas de fiesta, barbechos abajo, en las hondonadas; encendió pasiones, que aún siguen, algunas, incandescentes. Fue tanta la luz, que se consumió en miradas prófugas y procaces.

Vuelve el recuerdo, con ansías renovadas, inflamado con la experiencia que da el discurrir de los acontecimientos que, como el agua, va por su cauce, sin ponerse a preguntar cuál es la dirección correcta, si la subida es igual a la bajada, si el canto que se escucha en el aire húmedo es igual que el de antaño, si las golondrinas que se han ido volverán, si el sauce llora de verdad o es un truco, una añagaza, engaño ensayado, impostura impuesta, truco aprendido de actor de segunda fila, segunda división, de segunda clase, como aquellos vagones que olían a comida y a humanidad. La naturaleza, siempre prudente, sabe a qué atenerse. Carece de piedad, porque carece de piel, de huesos, de las fibras que se tensan y se dilatan, provocando el humor, el enfado, la alegría, la risa. Vuelve el pensamiento a su rueda; volvemos a nuestra tarea, sin morriña, ni candor, sin nostalgia. Vuelve la palabra a su nudo gordiano de la garganta. No vuelve el miedo, aquel inquilino siniestro que ocupaba casas, establos, palacios, chozas; agazapado y escondido en el rincón, cantaba, desafinando y desafiante, sus historias a quienes tuvieron la desgracia de tenerlo por vecino, que no amigo. Pasó ese tiempo, asimismo. La lucidez es un don que, como las manzanas, se recoge en la temporada otoñal, cuando el viento se calma y los sentidos despiertan y el aire acaricia suavemente el semblante de los recién nacidos. Venir al mundo, hoy en día, es un acto de rebeldía.

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