Septiembre de 1918

Las regatas son una excelente metáfora del turismo como un motor de transformación social y económica; hay que coger la txampa adecuada y remar juntos parar lograr la bandera

HARKAITZ MILLÁN ETXEZARRETADirector de basquetour (agencia vasca de turismo)

Aquel domingo de septiembre de 1918 en el que Francisco Zubiaurre, 'Quirico', patrón de la trainera de San Sebastián, recibía la Bandera de la Concha, la alegría inundó la Parte Vieja. Las regatas constituyen todo un acontecimiento festivo en la ciudad desde 1879 y han servido para la promoción de la imagen donostiarra. Son un símbolo de esfuerzo, tenacidad y trabajo en equipo que los que somos donostiarras queremos con afecto. El espíritu de bogar juntos es una garantía necesaria, aunque no suficiente, de cualquier iniciativa que busque el éxito en todos los ámbitos de la vida.

La historia de la bandera de la la Concha está estrechamente unida a la del turismo. Siempre se ha celebrado la primera quincena de septiembre, cuando aún el período estival donostiarra estira sus días. Reúne un público visitante y a un público local, que se mezcla alegremente y atento al espectáculo del remo.

El turismo en Euskadi también se inspira en aquella filosofía del patrón 'Quirico', un icono en el mundo del remo al que se le atribuye ser el inventor de la ciaboga más rápida y que logró importantes banderas para la trainera donostiarra. El legado que nos dejó era sencillo pero muy útil: ser audaces y ambiciosos, tener reflejos y saber adaptarnos al estado de la mar. Incluso aprovechar el golpe de ola para hacer txampa.

Las regatas de traineras son una excelente metáfora del turismo como un motor de transformación social y económica, con un amplio potencial. Trece remeros distintos remando en la misma dirección, que con un patrón adecuado puede ganar la bandera. Así ha sido siempre y a veces la tradición condensa todo un mensaje para el presente y el futuro.

Entonces, en 1918, San Sebastián tenía más plazas hoteleras que hoy, aunque su población era considerablemente menor, y la estacionalidad de los meses de verano -sobre todo agosto- era muy pronunciada. En aquellas vacaciones de la Belle Époque, la ciudad modernizó sus infraestructuras y se dotó de importantes equipamientos que han durado un siglo y que han generado una identidad y una importante calidad de vida durante décadas.

Cuando analizamos hoy la importancia del turismo y su efecto económico no podemos obviar el contexto del que venimos, que era lógicamente bien distinto al actual, en una sociedad que ha cambiado, con una transformación económica y social evidente, con una clase media más potente, con una valiosa oferta de servicios y con unos datos, como los recientes del Eustat, que avalan una actividad económica que tiene músculo y, sobre todo, que tiene futuro. Y que puede seguir ganando muchas más banderas de la Concha si sabe remar con acierto.

El turismo es una actividad que se ha socializado de forma masiva, ya no es el monopolio exclusivo de las clases más pudientes, y se ha puesto en marcha una revolución en los hábitos de consumo que tiene una incidencia directa en el Producto Interior Bruto. Tenemos que ser conscientes de la relevancia de esta fuente de riqueza económica en aras a la necesidad de redistribuirla y también de ser exigentes en el perfil del empleo que se genera. La precariedad no solo ataca los derechos laborales más elementales y socava la dignidad de los y las trabajadores-as sino que vulgariza al extremo la oferta turística.

Nuestros retos pasan por atraer un visitante que aporta económica y socialmente, generar empleo y riqueza estable y repartir visitantes y actividades a lo largo del año por todo el territorio vasco. También que permita asentar una potente oferta cultural. Y hacerlo con personalidad. Como las regatas de Donostia, que son el símbolo de la singularidad y la singularidad es un elemento clave para atraer al turismo. Las traineras vascas son el idioma propio de la universidad del remo.

Los datos del verano en Euskadi, a falta de un balance más preciso, describen una ventana de oportunidad que no podemos desperdiciar. A pesar del descenso de visitantes extranjeros en el conjunto de España, en el País Vasco mantenemos unas cifras de crecimiento que nos hacen ser optimistas pero, a la vez, insuflan un baño de realismo. No siempre este análisis será positivo si no nos ponemos las pilas. Tenemos que saber mirar con perspectiva, viendo las tendencias de fondo y anticipando los escenarios del porvenir con un sentido de la previsión estratégica. Afortunadamente los conatos de turismofobia del año pasado han remitido. Seguramente quienes avalaban estos lamentables hechos se han percatado de lo absurdo que supone echarse piedras sobre su propio tejado, atacando nuestros propios intereses de país, con la puesta en marcha de campañas de desprestigio que resultan el colmo del absurdo. Es muy fácil desbaratar lo que ha costado muchos años reconstruir.

En definitiva, el turismo es una industria de oportunidad para nuestra sociedad. En un escenario económico en el que desperdiciar oportunidades de crecimiento y empleo es una irresponsabilidad, coger la txampa adecuadamente y conducir esta tarea al éxito es responsabilidad de todos los actores implicados.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos