Semana de pasión

Uno es consciente de que la violencia ha desaparecido pero no los mismos lemas antidemocráticos que oíamos hace tiempo

IÑAKI ADÚRIZDoctor en Filosofía y Letras

L a semana que abarca la Bandera de la Concha (2-9 se setiembre) podría llamarse la de la pasión veraniega, comparándola, si se quiere, con su homónima de la Semana Santa, de marzo o abril. La diferencia estriba en que, esta última, a través de la figura de Jesucristo, expresa un fervor íntimo y religioso que poco tiene que ver con la exaltación y el apasionamiento externos que se exhiben en época de regatas. El parecido, sin embargo, es esa suerte de pasión primigenia que, en este caso, además del mundo del remo, quizás, invade, por las mismas fechas, otro tipo de fiestas y ámbitos.

Del primero resulta difícil abstraerse de los enfados provocados el primer día, por la invasión de una calle, cometida por una trainera, en plena regata. Tal hecho trasciende, desde luego, el deporte y llega a otras esferas, tras lo cual, y visto que casi siempre ocurre algo más allá de aquel, se demanda reflexión y que de una vez por todas se arreglen las cosas que se tengan que arreglar. Por lo demás, sobra hacer hincapié en algo ya conocido: la emoción que suscita la misma prueba, por parte de espectadores y aficionados de unas u otras embarcaciones, y que se concreta en la exhibición de los colores representativos, en las exclamaciones al llegar a meta y en los gritos de euforia de los vencedores.

De otro tipo de festejos y celebraciones, coincidentes con las regatas, tampoco es fácil olvidarse, más que nada por el apasionamiento que conllevan. No en vano, ahí están esas exacerbadas pasiones que suele generar el desfile del Alarde de Hondarribia, evento, como se sabe, celebrado el día anterior a la final de aquellas, cuyo vencedor fue, precisamente, la tripulación de Ama Guadalupekoa, representante de la misma localidad. Este año, acaso, como otros anteriores, desde que desfila el alarde paritario, y no solo el tradicional, la cosa no ha pintado bien. Gritos, insultos, amenazas, silbidos y plásticos negros tiñeron de negro una festividad en la que se suele enrocar una ciega pasión que, por lo que parece, debe agarrarse a la tradición, como a un clavo ardiendo, antes que a cualquier planteamiento inclusivo, igualitario e integrador, hoy deseado y perseguido en cualquier ámbito de la sociedad. Aquí, también, las llamadas a la reflexión, que busque una mínima convivencia, del alcalde, el día de autos, y del párroco, dos días más tarde, puede que encaucen el enquistado problema de aquí en adelante.

Cronológicamente situado al final de los eventos anteriores, y coincidente con la semana de la Bandera, las manifestaciones, contra la dispersión de los presos etarras y a favor de su amnistía, aparte de reivindicar sus derechos, suelen reflejar ánimos exaltados que toleran bien las pasiones experimentadas con anterioridad en el plano deportivo. Unas y otras fuerzas se acumulan y, así, con la resonancia lograda, estas concentraciones, deambulando por la ciudad, tienen la 'virtud' de perpetuarse de año en año. Igual que sus mensajes, pancartas y contenidos. Uno es consciente de que la situación ha cambiado, de que la organización etarra abandonaba la violencia en su día, entregaba sus armas y, a bombo y platillo, decía que desaparecía. Uno es consciente de todo eso, pero, aun así, en plena ciudad, al final de las regatas, en 2018, también uno fue consciente de los lemas que leía («gudariak direlako, amnistía osoa») y del coro de voces que oía («jo eta ke irabazi arte»). ¡Qué se va a decir!. Los mismos lemas retrógrados, antidemocráticos y lesivos a las víctimas habidas del terrorismo que leemos y oímos hace tiempo. Si tras cada uno de los acontecimientos del principio -deportivos y extradeportivos- se demandaba una reflexión y convivencia que vaya usted a saber cuándo se harán, en este último ni eso. No ha habido nadie hasta ahora -ningún político, quiero decir- que lo haya hecho. Mientras, eso sí, el «nuevo estatus» ha de seguir adelante. Al fin y al cabo, con que predomine la ausencia de memoria y la 'normalidad' con que nos tomamos estos episodios inevitables del año en curso, es más que suficiente. Nuevas semanas de pasión nos esperan.

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