SCHADENFREUDE

GUILLE VIGLIONEPLAZA DE GIPUZKOA

El ser humano se debate ante la duda de tener y de ser suficiente. De la necesidad de aplacar este recelo surge una inclinación irracional por compararnos. A aceptar que nuestro valor profesional, espiritual, físico o cultural depende del contraste con otros.

Desde niños desarrollamos una tendencia dañina a medirnos con el prójimo. Digo dañina porque casi siempre lo hacemos con aquellos que aparentan más. La hierba del vecino siempre parece más verde y, hoy, las redes sociales nos hacen vecinos, puerta con puerta, con cientos de actores que interpretan en cada ocasión la mejor versión de sí mismos. A nadie le llueve, le salta una lágrima o se le quema un asado en su escaparate de Instagram.

La alegría, victoria, salud, talento, dinero del prójimo es el espejo en el que ratificamos nuestros desengaños. La envidia es hermana melliza de la virtud. Nace un minuto más tarde aunque de diferente óvulo. Virtud y envidia están tan unidas que, para expresar que algo es excelente nos gusta decir que es envidiable.

Schadenfreude es una palabra alemana que describe el placer que se siente ante el dolor o la desgracia del otro. Me cuesta entender cómo se llega a crear un término para expresar el disfrute de que a otro le vaya mal. Somos una comunidad que castiga el mérito ajeno cuando éste puede ser el mejor ejemplo para motivarnos a aprender y mejorar.

Es consustancial al ser humano medirnos con los demás pero podemos hacerlo en dos direcciones opuestas. Lo que admiramos nos fortalece. Lo que envidiamos nos destruye y nos hace más débiles.

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