Una salida honrosa

IMANOL VILLA

Para que los gestos sean rentables hay que saber elegir muy bien a los amigos. Los de dentro y los de fuera. Es algo imprescindible. Pedro Sánchez lo debería de haber tenido en cuenta porque, a estas horas, de poco sirve pedir resistencia a sus ministros y fidelidad a sus aliados cuando, según parece, unos le han engañado 'venialmente' y otros le pasan una factura de muy difícil pago. Y es que una cosa es llegar al poder y otra muy distinta es mantenerlo. Más complicado aun cuando la llegada al trono fue producto de alianzas envenenadas por quienes tenían muy claro que treinta monedas no eran suficientes.

Llegados a este punto, los gestos de Pedro Sánchez ya no son suficientes para certificar un «no pasarán» que le conduzca plácidamente a unas elecciones calculadas y afianzadas sólidamente por las encuestas. El ridículo manifiesto en que han caído algunos de los miembros de su gabinete ha dado al traste con lo que estaba llamado a ser el marchamo distintivo de su gestión, la dictadura de la ética. Hasta él mismo ha quedado en evidencia en cuanto han rascado en su pasado más próximo.

Producto de una extraña ingenuidad, al presidente del Gobierno le han ganado la posición sus miembros más fieles. Mujeres y hombres de confianza que o no quisieron o no supieron decirle la verdad a tiempo. Los cuatro ministros golpeados, dos ya fuera de juego, conforman un bagaje negativo en muy poco tiempo de gestión. Debería habérselo pensado mejor o, al menos, haber exigido la verdad y nada más que la verdad. Claro que, a estas alturas y en este país, ¿qué es la verdad?

Tampoco las amistades le han funcionado. La paciencia de Podemos, que se agarra a las perspectivas electorales de los socialistas como un tonto a una tiza, no parece ser suficiente garantía frente al hartazgo de los nacionalistas. Desde el Norte y, sobre todo el Este, le llegan mensajes inquietantes. Los vascos ya sacan la cabeza, quizás cansados de tanta aquiescencia con Madrid, y le exigen que colme un Estatuto de autonomía de Gernika que abra las puertas a otro que se anuncia mucho más divertido.

Y los catalanes por su parte, con Quim Torra a la cabeza, han pasado a reproducir los discursos del pasado. Quieren el todo o nada y les da igual que les quemen las calles los radicales pues saben ahora que Pedro está tocado. Si a esto le añadimos el show de esa especie de Rasputín hispano apellidado Villarejo, el futuro de Pedro Sánchez se antoja bastante inestable.

Pocas salidas le quedan al presidente. De hecho, bien pensado, sólo le queda una con etiqueta de honrosa: convocar elecciones. Además, aún está a tiempo de rentabilizar algunos de los gestos adoptados. De lo contrario, por mucho que les pese a algunos, la sensación de ridículo puede hacerse insoportable.

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