RUIDO ENSORDECEDOR

MIKEL G. GURPEGUIPLAZA DE GIPUZKOA

(Columna para leer escuchando 'Déjenme dormir', de Tequila).

Nos las imaginamos perfectamente, en camisón o pijama, recorriendo el convento intrigadas, alarmadas ante ese ruido del demonio que de dónde vendrá. Imaginamos a las hermanas de la congregación de Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús y María, en el paseo de la Fe (claro), a quienes las obras de perforación del Topo (o Metro) llenaron su paz de decibelios.

Les comprendemos porque, a nada que hayas vivido en varios pisos, habrás descubierto la tortura de los ruidos nocturnos. Nada provoca más zozobra que no poder descansar por estruendos intempestivos, que comienzan como una invasión sorda que no sabes identificar y terminan en un cabreo cuando compruebas que al otro lado del tabique o el suelo hay gente muy rara. Personas capaces de usar un taladro a deshoras (¿no podrán pasar una noche más sin colgar el cuadro?), que ponen alta una radio muy madrugadora, que tienen incontinencia verbal (y si se oyeran las tonterías que dicen), que convierten su local en una discoteca sin acordarse del vecindario (ni consultar sus gustos musicales, claro), que culminan sus juergas aullando y hasta con lanzamientos de banquetas.

Desde este lado del tabique o techo solo puedes imaginarles como monstruos aunque apenas sean tipejos que no piensan en los demás. Su fragor despierta tus peores sentimientos. Te arrancarías los oídos (esos mismos por los que pueden entrar sonidos tan bellos como los de María Arnal i Marcel Bagés). Que bajen el volumen, que se callen, que se paren las obras, que se rompa el mundo. ¡Necesito dormir!

 

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