La otra revolución del 68

IÑAKI ADÚRIZ Doctor en Filosofía y Letras

Este año recordamos el 50 aniversario de una revolución un tanto light, hablo de la de mayo del 68 francés, del pasado siglo XX, tampoco ha de dejarse sin evocar otra de más calado, que se produjo, entre setiembre y octubre, pero de un siglo antes, el XIX, esta vez, en suelo español. Conocida, también, como La Gloriosa, la Revolución de 1868 deviene una vez sublevado el ejército en Cádiz y huida la reina Isabel II, a Francia, desde San Sebastián, el 30 de setiembre, antes de constituirse, a principios de octubre, el gobierno provisional. Este movimiento revolucionario buscaba una monarquía democrática, la cual, no pudiéndose alcanzar, por el poder adquirido por los conservadores, con la abdicación del elegido, Amadeo de Saboya, y tras la impaciencia de los más extremistas republicanos y radicales, culmina con la proclamación de la I República (1873): separación Iglesia-Estado y distribución del país en términos federales. Después, vienen los estallidos cantonalistas y los lógicos problemas sociales. A finales de ese año, el golpe de Estado del general Pavía y la disolución de las Cortes republicanas, previos a la inmediata restauración borbónica, en 1874, concretada en la figura de Alfonso XII.

Con este bagaje, inevitable deducir que el siglo XIX fue, literalmente, de «armas traer» (levantamientos e insurrecciones, desamortizaciones, guerras carlistas, asesinatos políticos, pérdida del imperio ultramarino, etc.) en la contemporánea historia española, y que, cuando la democracia brilla, solo lo hace de manera breve, como este episodio histórico de la Gloriosa o del también llamado «sexenio revolucionario» (1868-1874). El resto de esos años se puede decir que fluctúa entre el absolutismo, lo liberal-moderado y la Restauración. En cualquier caso, tal brevedad indica a las claras la escasez de períodos democráticos vividos, reincidentes estos, durante buena parte del siguiente siglo XX. Por lo que no hay que perder la ocasión de revalorizar aún más los esfuerzos y concreciones de los últimos veinticinco años de esa centuria ni de las aproximadas dos décadas del presente siglo XXI. Semejante empeño tiene un nombre, la Constitución, que, este año de 2018, dentro de poco, cumplirá cuarenta años y que, aún hoy, no termina de convencer a algunos.

Al mismo tiempo, tal brevedad vendría refrendada por otra: el corto lapso de tiempo que se posee, para poder desarrollar como es debido las ideas progresistas - «ideales de humanidad», mejor, en línea con la concreción práctica esperada, si se sigue al Julián Sanz del Río de 1860- incubadas antes y desplegadas en aquellos años. En esa situación, la búsqueda de lo nuevo, para el progreso y la mejora, lo que conllevaba una casi obligada dependencia del exterior -Francia o Alemania-, se hace obligada para subsistir en el mundo. De ahí proviene un consolidado enclave cultural de hoy en día, la Residencia de Estudiantes (1910), surgido, entre otros, después de que se creara la Institución Libre de Enseñanza (1876), como fruto esta de la apertura, larvada en los años previos a la Revolución del 68, por los libros de E. Ahrens -que explicaba la filosofía de K. Krause y el idealismo alemán- en la Facultad de Derecho madrileña, leídos por Sanz del Río, y por el viaje de este a la universidad de Heidelberg (Alemania), así como por las posteriores lecciones del soriano en la, entonces, Universidad Central de Madrid. Sobra decir que, de 1910 a 1939, la Residencia fue un centro puntero europeo en materia científica, artística e investigadora.

El caso es que, estos días de setiembre y octubre, ha tenido el acierto de abrir un ciclo que trata este período, un tanto olvidado, pero crucial, en la historia de nuestro país. Con el título, 'Libertad y Cultura: 150 años de la Revolución de 1868' se desea, en efecto, reflejar lo que dio de sí ese escueto período democrático, que no fue sino la coincidencia de un nuevo tiempo de libertades, en un siglo, como se ha visto, de sobresaltos, y de una apuesta de la época por desterrar el atraso y embarcarse en la necesaria modernización, a través -¡quién lo diría!- de la filosofía y la educación. Si, en el XIX, Alemania exportaba textos filosóficos, como ahora lo hace mayormente con la tecnología, todo lo concerniente a estos fue aprovechado por los jóvenes estudiantes, próximos a la progresía y democracia del momento, hasta el extremo de que la política se impregnó como nunca de aquella. Al hilo de la conjunción de teoría y praxis que ofrecía entonces la filosofía, la de Krause o el krausismo, en España, muy hecha a su medida por su constante tendencia filosófica a vincular ética y conducta práctica -cosa bastante olvidada en una política actual sin apenas referentes filosóficos-, no es extraño que su programa político se vinculara con uno educativo y pedagógico, como el representado por la Institución Libre de Enseñanza. Esta se avenía bien con, entre otros, el liberalismo y la tolerancia en lo político, y su amplia zona de influencia llegaba, además, hasta el primer tercio del pasado siglo, al mismo País Vasco y a aquellas generaciones de entresiglos que hubieron de pelear contra la intolerancia y a favor de las libertades.

 

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