un revés de alcance

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

El Tribunal de Schleswig-Holstein ha dejado claro que, a su entender, Carles Puigdemont debe ser entregado a España para ser juzgado por un supuesto delito de malversación de fondos, no de rebelión. El fallo es una falla, valga el juego del lenguaje. Una fractura que cuestiona la instrucción del juez Llarena y desestabiliza la combativa línea de dureza que representa, plasmada en una causa que mantiene en prisión preventiva a los dirigentes del procés que no se han fugado de España. El revés de Llarena supone un varapalo contundente para quienes han alentado desde un principio la teoría de un golpe de Estado practicado desde el independentismo en su estrategia de desbordamiento de la legalidad.

Los secesionistas aplaudirán la medida aunque la sentencia deja claro que España es un Estado de derecho que no tiene perseguidos políticos, que es el eje de su propaganda. Discrepar de un juez no es lo mismo que considerarlo ilegítimo o airear ante el mundo que este país es una república bananera.

Las consecuencias no van a ser inocuas. No ver una rebelión violenta en Puigdemont podría afectar al resto de los procesados e influir en la causa. Puede que, finalmente, sea juzgado en España por malversación. Pero el proceso se verá condicionado. Pedir por ello la suspensión del espacio de Schengen, como ha hecho el PP, es de un simplismo absurdo. Pero el caso da un serio giro ante la opinión pública europea. Está por ver si la decisión influirá también en el juicio ante el Supremo y habrá que estar atentos a la acusación final de la Fiscalía. Los rumores al respecto llevan días en activo.

La sentencia alemana puede alentar la nueva mirada política que propone el Gobierno Sánchez ante la crisis catalana. La operación de bajar la tensión es de largo alcance y avanzará más si se reduce el conflicto emocional. Ahora bien, si el secesionismo recurre a la desproporción en su reacción, el Gobierno de Sánchez tendrá también menos margen de maniobra para buscar a medio plazo una salida política que hoy, pese al juicio a la vista, se antoja tan inviable como absolutamente necesaria. Humillar al otro es siempre un atajo de dudosa eficacia. La peor solución.

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