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El relato y la verdad

Todos tenemos nuestra historia personal,y no hay dos iguales, de lo que ha representado la violencia de ETA. Por eso lo que la banda vuelve a combatir no es tantoel relato, como una verdad básica, esencial: que nada le conferíael derecho a tomarse por su mano la vida de850 personas. Que su trayectoria no fue en legítima defensa de todos los vascos

Lourdes Pérez
LOURDES PÉREZ
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ETA está cosechando en su interminable final un menosprecio generalizado hacia lo que dice y cómo lo dice, ahora que ya no mata y nadie siente temor alguno a que vaya a volver a hacerlo. Es elocuente el pie en pared con que la gran mayoría de las víctimas y casi todo el arco político reaccionó el viernes, desde primera hora de la mañana, al intento de la banda de revestir de 'histórico' un reconocimiento del daño causado que tropieza con el análisis semántico. Que es dudoso desde el momento en que la organización terrorista hoy inactiva y desarmada se declara entre heredera y vengadora de quienes padecieron el bombardeo de Gernika y, en consecuencia, presuntamente autorizada por la Historia para perpetuar el terror. Y que lo es cuando distingue a las víctimas de sus «errores» tácticos de todas las demás -la mayoría- asesinadas a conciencia. Esa diferenciación resulta perversa, pero no solo porque minusvalore a las segundas hasta el punto de negarles la petición de perdón. Como si los deudos de quienes perdieron la vida fruto de la falta de pericia etarra pudieran consolarse con semejante explicación. «Lo sentimos de veras», proclaman los redactores del penúltimo comunicado, mientras desgranan un argumentario en el que se exculpan porque lo suyo fue una suerte de legítima defensa histórica. También en los 40 años de democracia, en los que el más duradero y destructivo boicot al autogobierno vasco lo ejercieron el tiro en la nuca y el coche bomba.

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La pretensión de la banda de dilatar su desaparición está teniendo un efecto contraproducente para sus intereses, en términos de desapego social y político. Un desapego hacia su suerte que no va a corregirse mientras siga expresándose sobre sus víctimas tan a beneficio de inventario, aunque algunas de las cosas que consigna en su comunicado pre-despedida no las haya escrito nunca antes; y aunque la gran mayoría del país apoye el acercamiento de los presos. Estratégicamente, lo que queda de la organización y sus aledaños han evidenciado una incapacidad manifiesta no solo para acelerar sin más la bajada de persiana, sino para interpretar un trance histórico que cambia a una velocidad desconocida y con demasiado frenesí para lo que puede digerir un mundo encapsulado durante décadas. De error de cálculo en error de cálculo, ETA creyó primero que la escenificación internacional de Aiete iba a conmover a un presidente -y exministro de Interior- como Mariano Rajoy. Después, que su pautado desarme desencadenaría movimientos que tampoco se han producido. Y ahora trata de engalanar su final con una pompa y circunstancia que llega en un momento tan tardío y a contracorriente como para que todas las encuestas estén enfilando hacia la Moncloa a Albert Rivera, el cual se siente tan interpelado generacionalmente por las demandas etarras como un pingüino en el desierto.

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Es un hecho que, una vez que ETA decretó el cese definitivo de sus atentados el 20 de octubre de 2011, la batalla que se libra es la de eso que se identifica con 'el relato' de manera genérica. Pero en realidad, lo que está en juego no es tanto ese relato que vaya a perdurar de 60 años de actividad etarra entreverada por el terrorismo de Estado y otras violencias. Lo que está en juego es la verdad. Todos podemos escribir nuestra propia historia sobre lo que han representado, individual y colectivamente, tantos años de muerte, coacción y miedo. Y esos relatos no podrán ser miméticos, porque cada uno tiene el suyo incluso coincidiendo en el hilo argumental, en su columna vertebral. Pero sí existe una verdad básica, esencial, que no es ni moldeable ni opinable: que nada, ni ningún supuesto legado histórico, confería a ETA el derecho a tomarse por la mano la vida de 850 personas, como nunca hubo una 'razón de Estado' que justificara la vileza de los GAL. Esa es la verdad, la de la iniquidad de su violencia, que lo que queda de ETA sigue empeñada en sortear, tergiversar y manipular. Por eso su penúltimo comunicado representa un ejercicio de 'fake news' más allá de admitir lo obvio, que ha hecho mucho daño. Incluida su recurrente autoidentificación como los únicos antifranquistas genuinos.

 

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