Reflexión después del 8 M

Reflexión después del 8 M
IVÁN MATA
BEGOÑA MURUAGA

Durante los últimos días han aparecido en distintos medios de comunicación y en algunas redes las valoraciones realizadas por las convocantes de la huelga general del 8 de marzo, así como de las manifestaciones que se realizaron ese día. El balance ha sido, en general, muy positivo en todos los aspectos. Por una parte, por la gran cantidad de mujeres que se sumaron a las movilizaciones, y, por otra, por la variedad de quienes acudieron. Mujeres de todas las edades y clases sociales se dieron cita en las distintas ciudades de España: desde alumnas de instituto y universitarias hasta empleadas de hogar; desde amas de casa hasta profesionales de distintos ámbitos; desde jubiladas hasta desempleadas. Abuelas, madres e hijas, a las que se unieron gran cantidad de hombres.

Para las feministas de mi generación, que llevamos tantos años conmemorando el 8 de marzo como día de lucha y reivindicación, es muy emocionante ver que tenemos relevo generacional. También nos alegra ver que la palabra 'feminista', tan denostada a lo largo de la historia, no es anatema para las generaciones más jóvenes. Pero, tras la alegría por el encuentro, es quizás el momento de hacer propuestas de cara al futuro que nos espera y a la forma de abordarlo. Por ello, me gustaría reflexionar sobre algunos de los temas más urgentes, que yo sintetizaría en tres puntos.

1. Unidad frente a la reacción. No podemos decir que la reacción contra el feminismo y las propuestas de igualdad sean algo nuevo en este país. Durante los últimos años hemos visto numerosas manifestaciones en contra del aborto, a favor de la enseñanza privada y en contra del matrimonio homosexual. Por otra parte, seguimos viendo que algunos centros de enseñanza segregada siguen recibiendo subvenciones. Pero ha sido la aparición de Vox la que ha hecho saltar todas las alarmas. Y no solo por lo que dice ese partido, sino porque está haciendo resituarse a la derecha. Claro que no debería sorprendernos. En la mayoría de los países de la Unión Europea existe un partido de ultraderecha. Así las cosas, urge estar unidas y alerta para hacer frente a esa reacción. Debemos buscar fórmulas para responder a los mensajes tergiversados que van a ir apareciendo en los próximos días, pero no debemos perder ni un minuto en defendernos de los insultos y las descalificaciones que nos dedicarán a lo largo de las campañas electorales. No caigamos en su juego.

2. Defensa de los servicios públicos. El movimiento feminista tiene que aprovechar cualquier ocasión para hacer una defensa cerrada de los servicios públicos. Desconfiemos de los partidos que se llenan la boca diciendo que van a bajar los impuestos. La rebaja de los impuestos, así como la falta de personal y recursos en esos servicios, trae consigo una peor calidad en los servicios públicos, y ese hecho siempre recae sobre las espaldas de las mujeres. Los recortes en sanidad, dependencia, educación o pensiones se compensan con el trabajo no remunerado de las mujeres. En este país hay un desequilibrio brutal entre los impuestos de las y los trabajadores asalariados y los de quienes tienen profesiones liberales; asimismo, hay un abismo entre los impuestos de los grandes y los pequeños empresarios. Por eso, si queremos unos servicios sociales de calidad, tenemos que exigir unos impuestos progresivos, que graven más a quien más tiene.

3. Feminismo sin adjetivos. Cuando se habla del movimiento feminista, suele ser muy común recurrir a adjetivos para diferenciar las distintas corrientes. Así ocurrió en el siglo XIX, cuando se hablaba de feministas radicales, moderadas, socialistas o revolucionarias. Por otra parte, en la década de los 60, frente al feminismo de la igualdad, surgió el «feminismo de la diferencia». En los últimos años, tanto en publicaciones como en congresos, se habla de «feminismo anticapitalista», «feminismo socialista», «feminismo institucional», «feminismo radical» y otros. También en un libro de artículos publicado el pasado año, 'Un feminismo del 99%', se mencionan algunas de esas corrientes. Sin embargo, una de las autoras del libro, la filósofa Clara Serra, dice que se puede hacer un feminismo profundamente anticapitalista que, sin embargo, no necesite llamarse 'anticapitalista'. Apuesta por un «feminismo sin apellidos, que prescinda de las etiquetas de la izquierda para replantear, de arriba abajo y de forma radical, nuestro sistema económico y nuestras prioridades políticas».

Comparto la tesis de Clara Serra. Creo que estamos en un momento trascendental para el movimiento feminista. Por ello, tenemos que ser capaces de luchar juntas y sin etiquetas haciendo propuestas concretas que nos hagan avanzar en el camino hacia la igualdad. La derecha de este país no desaprovechará ninguna oportunidad para confundir a la ciudadanía con mensajes antifeministas o claramente machistas. Nosotras, por nuestra parte, debemos centrarnos en aquello que nos une. Solo así podremos hacer frente a ese machismo cavernícola que prácticamente todos los días lanza algún mensaje en los medios de comunicación y las redes sociales.