Queremos

Ignacio Marco-Gardoqui
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

Ya dice el refrán que una cosa es predicar y otra, bien diferente, dar trigo. Y una de las cosas buenas que tiene el carecer de responsabilidades es que se puede expresar cualquier deseo y plantear cualquier exigencia sin tener que arrostrar sus consecuencias. En este país, el lema de moda es «Pedid y se os dará... porque el que pide, recibe» (Mateo 7.7.11). Nada que ver con el «Ganarás el pan con el sudor de tu frente» (Génesis 3.19), que es poco higiénico y muy cansado...

Este Gobierno dispone de grandes especialistas en la redistribución de la renta, pero muy pocos ¿alguno? en la generación de riqueza o en la creación de empleo. Por eso se atranca cada dos pasos que da y descarrila cada dos esquinas que cruza. Aquí van unos ejemplos. «Subiremos la carga impositiva del diésel porque contamina y somos un Gobierno muy ecológico». Pedro Sánchez dixit, y que su ministra negó primero y admitió después. Con independencia de que es una afirmación que requiere de grandes matizaciones -es mejor en CO2 y peor en Nox,-, se olvidan y desprecian las repercusiones que los anuncios y las contradicciones tienen sobre una actividad económica fundamental, ya que producimos más de un millón de coches empujados por este combustible y nos asustamos cuando los fabricantes empiezan a plantear reducciones de empleo ante la caída de la demanda.

Otro. Como además de ecologistas somos insuperablemente pacifistas, decidimos incumplir el contrato de suministro a Arabia Saudita de unas bombas que, evidentemente, no iban a ser utilizadas para decorar parques públicos. Perfecto, lo malo es que pone en peligro el pedido de la media docena de corbetas a construir en los astilleros gaditanos, y que daría empleo a más de 6.000 personas entre puestos directos e indirectos.

Otro. Contra todas las evidencias de que las centrales nucleares, construidas con tecnología occidental, causan menos daños que otras tecnologías cotidianas (compárenlos con las muertes ocurridas en las carreteras, y no considere abusiva la comparación hasta que no pruebe a estar una semana sin electricidad y sin coche y ver qué echa más de menos), las queremos cerrar. No nos gusta el impacto de las torres eólicas en el paisaje y nos espanta la inundación de valles para construir centrales hidroeléctricas. Por supuesto, pero también queremos tarifas de la luz baratas, sin pararnos a pensar si ambos deseos son compatibles entre sí.

Otro más. Como necesitamos dinero para acometer el ingente programa de gastos que deseamos, decidimos poner nuevos impuestos a la banca, sin calcular el impacto sobre el empleo -asistimos a un cierre masivo de oficinas y a despidos sin cuento-, sin considerar que esos impuestos terminan pagándolos los clientes y sin escuchar a los directivos que aseguran que en España no ganan dinero (José Antonio Álvarez, Consejero delegado del Banco Santander en el Congreso, la pasada semana), ¿Dónde cree usted que invertirán los bancos en el futuro?

El último..., por hoy. Abominamos de las grandes empresas y estamos encantados de que las frían a impuestos, pero olvidamos que son quienes más empleos crean, más innovan, más actividad inducen en su entorno, más impuestos pagan y mejores salarios ofrecen a sus empleados. Luego, nos asustamos cuando Vestas parece que se va de León y nos ponemos nerviosos cuando los fabricantes de automóviles empiezan a comparar costes entre todas sus fábricas situadas en variadas latitudes. ¿Entonces, es malo ser ecologista, pacifista y socialmente avanzado? No, ¡que va! Es estupendo. Lo que es malo es desconocer la realidad de las cosas, obviar las consecuencias de nuestras decisiones y quererlo todo sin pagar nada por ello.

Es decir, simplemente, lo que es malo es desconocer la realidad y ser inconsecuente con ella.

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