Puentes frente a dogmas

Miguel Herrero y Ernest Lluch ya anticiparon en 1998 el debate que propone hoy el lehendakari Urkullu #sobre el 'constitucionalismo útil'

ALBERTO SURIO

En 1998 Miguel Herrero de Miñón y Ernest Lluch dirigieron en el Palacio de Miramar un curso de verano en la UPV sobre los derechos históricos de la Constitución. Las ponencias fueron recogidas en un libro, publicado en 2000, el año del asesinato de Lluch. El exministro estaba convencido de que la última contribución de este trabajo era «la paz», aunque él pensaba en el País Vasco, no en Cataluña, en donde entonces todavía no había despertado el conflicto secesionista con la crudeza de los últimos años.

Las aportaciones de los expertos que se recibieron en aquel curso avalaron un discurso sensible y controvertido. Se denominó el 'constitucionalismo útil', que entendía que podía interpretarse la Constitución en un sentido flexible y abierto, frente a la praxis desarrollada, sobre todo, tras el golpe de Estado de 1981 y la generalización autonómica. El argumento levantó algunos sarpullidos en el constitucionalismo, en donde persistían bastantes prejuicios sobre los derechos forales. Pero tampoco entusiasmaba a quienes en el nacionalismo tradicional veían las cosas en blanco o negro.

El tono de aquel curso de verano precursor confirmó a Miguel Herrero de Miñón, ponente de la Constitución, en un ostracismo intelectual en el seno de la derecha. Y Lluch, que era heterodoxo por naturaleza, era consciente que muchas veces predicaba en el desierto. La propuesta de ambos era que la propia Constitución y el Estatuto de Gernika, utilizados con intención política como instrumentos de paz, contienen los elementos de derecho necesarios para ofrecer una salida al conflicto entre nacionalistas y constitucionalistas.

«Quienes, desde hace años, promovemos esta interpretación -decía Herrero de Miñón- somos conscientes que sólo son instrumentos para, en su caso, ser utilizados por unas voluntades políticas de negociación y paz. Sólo son herramientas, pero hasta ahora no se han ofrecido otras, porque ni el inmovilismo ni la utopía son vías de negociación y pacificación sino, como la triste experiencia demuestra, de enconamiento. Para afinar tales instrumentos desde perspectivas muy distintas sirven estos trabajos. Ernest Lluch puso tanto empeño en ellos que le costó la vida; otros la tenemos comprometida en la misma empresa».

Herrero y Lluch debatieron mucho sobre la España de los Austrias, los decretos de nueva Planta, la adaptación del régimen foral en Euskadi y en Navarra, sobre el derecho de autodeterminación no reconocido en la Constitución, sobre la soberanía compartida y sobre los territorios históricos como 'fragmentos de Estado'. En la discusión, en la que participaron otros expertos académicos, algunos constitucionalistas rebatieron la tesis de que la Carta Magna podría reconocer implícitamente el derecho a decidir en aplicación de los derechos históricos, e insistieron en que sin una reforma constitucional previa este planteamiento no tenía ningún recorrido jurídico ni político.

Dieciocho años después aquel debate vuelve al primer plano tras una primera entrevista entre el presidente Pedro Sánchez y el lehendakari Urkullu en el que este último le ha pedido la creación de una convención constitucional que examine, con juristas, las potencialidades del actual marco legal para explorar un nuevo acuerdo en trono al modelo de Estado. La crisis catalana se sitúa en el horizonte. Y es que Sánchez ha colocado como punto de partida del diálogo a la Constitución en un momento en el que el presidente de la Generalitat, Quim Torra, insiste en exigir.el reconocimiento del derecho de autodeterminación y en desbordar la legalidad de forma unilateral. Todo un dislate. A su vez, Urkullu, que sabe del difícil margen de maniobra que tiene el jefe del Ejecutivo español, le pide que medite sobre la necesidad de una reflexión sobre la estructura territorial ante la imposibilidad práctica de una reforma constitucional, que requeriría una relación de fuerzas ahora inexistente. Volvemos quizá a una segunda parte de aquel curso de verano de Herrero y Lluch a final de los 90. Aquella fue una primera Convención.

El legado de aquel libro fue una voluntad de encuentro, de renuncia y de pacto, que es lo que ahora no se vislumbra. Un espíritu de entendimiento que hizo posible la Transición, a pesar de que muchos hoy abominen del mismo desde la simplificación. Un espíritu que es ell único que puede romper el perverso bucle que alimentan el rupturismo independentista y el inmovilismo. La reforma frente a la contrarreforma y la fractura. Puentes frente a dogmas.

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