Prohibir el verano

FRANCISCO APAOLAZA

Amediodía del 6 de julio, con la vida recién anudada al cuello, ella quería que le comprara un globo. Yo le propuse algo mejor: «Vas a ver la fiesta de los grandes», le dije. A la vuelta ya compraríamos el globo. Entonces dejamos la paz relativa de aquel bar y nos adentramos en la Pamplona de la primera media hora después del Big Bang.

Mi hija de cinco años sigue viajando sobre mis hombros; considero que poder cargarla aún es un privilegio que me concede la naturaleza. Venía sobre mí agarrada a mi barbilla y así cruzamos la plaza del Castillo que en ese momento, reporteros de todo el mundo vendían como el epicentro de la barbarie, el símbolo del declive de Occidente. Mi hija daba palmas y señalaba cosas: los globos, los chavales manchados de vino, las familias del otro lado del mundo que comían sobre el césped recetas del otro lado del mundo.

El calor sobre el suelo elevaba ya los vapores del cava derramado. Estar allí era como vivir en un vaso. Entonces nos asomamos por la calle Chapitela, que subía hecha de fiesta. A los lados, gentes agarradas de los hombros, abrazos, besos, bailes, vasos de plástico. Desde los balcones caían cubos de agua que los de abajo esperaban con las manos al cielo y de pronto -¡Flás!- el escalofrío, el enjuague, el verano.

De pronto, Macarena se agarró más fuerte a la barbilla. Por entre la anchura de la calle y el gentío se venían ya las boinas rojas de los gaiteros cuesta arriba hacia nosotros, majestuosos, contundentes, decididos y estruendosos como los cuatrocientos elefantes que el rey hizo desfilar en el cuento a Margarita Debayle: «Son mis flores de las niñas que al soñar piensan en mí». Se fue abriendo la masa y nos quedamos frente a ellos de cara a la fiesta y recibimos el sonido de mil gaitas y de toda su vibración sobre el fondo rítmico de los bombos.

Y allí, saltando con miles de cuerpos al mismo compás como un latido, parecía que en realidad nosotros estábamos quietos y que lo que se movía era el mundo, las fachadas de las casas, los balcones a los que se asomaba gente sonriente. En ese momento, Macarena levantó las manos y se dejó llevar y subía en cada salto sobre mis hombros y entonces me hubiera gustado que los de la soga de las tertulias, los del escándalo continuo, todos los que escupen sobre esta maravillosa fiesta hubieran mirado en ese momento por mis ojos.

Que hubieran notado el cuerpo de mi hija elevada a la felicidad con su pañuelico y sus pantalones cortos inmaculados sin haber recibido una sola gota de vino y en ese instante, digo, que me gustaría poder haberles preguntado a los imanes de la nueva sharia moral qué puñetas hay de malo en todo esto: si es nuestra alegría, si es la envidia o es que no pueden soportar definitivamente que otra gente disfrute a la manera en la que crea conveniente, la entiendan o no. Los escucho desde allí: que si las aglomeraciones, que si el vino, que si demasiada música, que si la testosterona, el ajoarriero, los escotes... La nueva sacristía del escándalo está a un telediario de prohibir las verbenas, qué digo las verbenas... vendrán a prohibir el verano.

Y ahora te compro el globo, Macarena.

 

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