Lo que podemos perder

Los primeros pasos para la reforma del Estatuto de Gernika reflejan un inquietante punto de partida después del fracaso estrepitoso del procés catalán

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Uno de los mayores errores en la historia política es la exclusión del otro, la negación sectaria del adversario. Nuestros conflictos civiles han bebido de esa cultura maniquea. Los vascos no hemos sido nunca ajenos a estas tendencias y las hemos vivido en primera persona, muchas veces desde la tragedia. El colapso de la Segunda República vino inducido por esta dinámica de división, y luego la dictadura franquista marcó a sangre y fuego un régimen de opresión que negaba la libertad. Afortunadamente, la Transición superó este cuadro tenebroso, con sus limitaciones y defectos, bajo el temor al ruido de sables y la presión de ETA, con un proceso que fue, ni más ni menos, el producto de una relación de fuezras y de debilidades, como escribió en su día Manuel Vázquez Montalbán. Ahora se observa con una mirada muy crítica aquel período pero había que entender el contexto. El tan denostado hoy espíritu de concordia de la Transición, con sus renuncias mutuas y sus miedos al abismo, fue un ejercicio inteligente de paciencia histórica que intentaba sortear precisamente algunas de las inercias y tentaciones más peligrosas de los últimos dos siglos.

Por eso resulta tan desconcertante y tan incomprensible la propuesta de reforma del Estatuto de Gernika alumbrada por el PNV y EH Bildu en las últimas semanas. El preacuerdo negociado es una demostración previa de músculo, pero encierra todos los ingredientes necesarios para hacer fracasar un entendimiento con los no nacionalistas y dejarlos fuera de un futuro consenso. En la práctica se hace del derecho de autodeterminación el tótem sagrado. Se emplea, eso sí, una terminología menos agresiva, y a partir de ahí, en lugar de proponer una reforma posibilista del Estatuto que blinde con seriedad sus aspectos más vulnerables en esta Europa de la incertidumbre, se plantea tácitamente una ruptura con el marco constitucional de consecuencias imprevisibles. De hecho, un texto fraguado con este material pone en bandeja a los no nacionalistas vascos el argumento del rechazo a una reforma. Las advertencias desde el Estado de que este camino no tiene recorrido jurídico ya son reveladoras. Pero a pesar de todo se insiste en realizar una apuesta que generará frustración y que, a la larga, sólo será rentabilizada por los sectores más rupturistas del sistema político vasco. Que haberlos haylos.

Resulta descorazonador esta deriva con el precedente fallido del plan Ibarretxe, tras una violencia terrorista que durante décadas ha fracturado la convivencia vasca -desde una negación radical de su pluralidad- y con una experiencia similar que en Cataluña ha logrado una lamentable división de la sociedad y un empantanamiento en los eslóganes y en el conflicto emocional ¿Ese es el ejemplo que se pretende?

Los responsables de haber puesto en marcha este proyecto sabrán qué es lo que realmente pretenden con semejante huida hacia adelante. Si solo marcan posiciones de salida o si están dispuestos a consumar sus pretensiones. Muy posiblemente han primado determinados intereses tácticos en relación con la hegemonía en el mundo nacionalista, aunque todo eso indique que se sigue viviendo dentro de una burbuja de voluntarismo ideológico. Lo cierto es que basta darse una vuelta por el exterior para darse cuenta, con estremecimiento pero con realismo, de que en Europa soplan vientos de extremismos populistas. Que el fascismo, aunque esta vez sin correajes, está regresando y que determinados cierres de filas van a resultar inevitables. Que, precisamente, en esta coyuntura crítica se quiera reabrir la caja de Pandora de las pulsiones patrióticas es el peor favor que se puede hacer a un debate constructivo, sereno y racional sobre el futuro de las soberanías, su carácter compartido y el ejercicio flexible del diálogo y la política democrática para encauzar los problemas nacionales. ¿No se percatan que lo que está en peligro es lo que ya tenemos? Parece una broma que pretendamos ponerlo en riesgo por esa mezcla de frivolidad y temeridad que en determinados momentos de la historia exhiben algunos dirigentes políticos. Sinceramente, la estabilidad que preconiza el lehendakari Urkullu no termina de encajar en el marco de esta aventura tan incierta, pero quienes alientan estas tesis le están complicando bastante las cosas. Y la pregunta obligada que deberían responder todos es muy sencilla y directa: ¿Somos de verdad conscientes de lo mucho que puede perder este país al que le gusta, nos gusta, vivir tan bien?

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